Posteado por: Concha Huerta | 20/03/2010

Padres y gatos

Ráfagas de sol encienden azoteas de edificios octogenarios. De cuando en cuando el cristal sustituye al encofrado de columnas y escayolas. Mediodía de marzo. Unas gotas se desprenden del cielo empastado, el más húmedo de los últimos cincuenta años. Un palomo hace equilibrios en una rama estrecha frente a un nido desbaratado, el nido que construyó para otra pareja otro año. Los arboles sin hojas se mecen como fantasmas de otros tiempos.     

Una mujer ilumina la calle con un traje esmeralda. La cabellera cobriza se balancea en ondas  hasta la cintura. Camina con pasos ámplios inundando la tarde de sonidos rítmicos. La cintura estrecha, las caderas armoniosas. Tras las gafas se adivinan unos ojos turquesas. Ojos que iluminan una vida. Su presencia elegante atraviesa la calzada y se desvanece tras la esquina. Un gato atigrado surge de la nada y se ovilla sobre el capo delantero de un Mini negro recién aparcado. 

 –        Vamos a entrar Don Jaime que van a dar la una- dice Liliana con la voz edulcorada de notas peruanas.

–          No. Llame a la señora. Dígala que ya está bien de tanta calle – dice  el anciano en un suspiro que se confunde con crujido del suelo vetusto.

 –        Tengo que arreglarle que tiene visita. Viene la señorita Julia con Jaimito –  dice Liliana mientras dá la vuelta a la silla, cierra el balcón y corre las cortinas.

 –        A mi ya nadie me llama Jaimito- dice el hombre en un quejido.

–         Usted no, su nieto que estudia en Francia y está de visita.  Le voy a vestir elegante con el pantalón gris y la chaqueta de rayas- dice Liliana agachando la cabeza para ponerse a su altura.

–        Chaqueta de ninguna manera- la interrumpe el anciano.

 –       Pues la rebeca azul que tanto le gustaba a la señora Clara- le contesta Liliana sin pensarlo.

El hombre se pone rígido con las manos nudosas aferrando las rodillas y la mirada fija en la pared mientras intenta balbucear unas palabras.      

 –         Dígala, dígala que el jodido gato ha vuelto a escaparse. –

–           ¿Qué gato?-

–            Qué gato va a ser. Mi gato Miky- dice el anciano impaciente.

–          Vamos Don Jaime, tiene que componerse- dice Liliana colocando la palma sobre su hombro –No querrá que su nieto le vea malhumorado. Y menos un día tan importante. ¿Se acuerda que día es hoy?  Diecinueve de marzo, el día del padre.

Posteado por: Concha Huerta | 17/03/2010

Gris sobre fondo rojo

Hojas de periódico. Un rostro reaparece durante la semana. Un rostro gris cubierto con una boina blanca. Tras las gafas de pasta, la mirada melancólica de las tierras castellanas. La piel curtida de senderos y penas que perdió la luz una mañana de noviembre. Don Miguel Delibes. Caballero de las letras, hidalgo de valles y praderas siempre en pos de las mejores piezas, palabras sencillas y frases perfectas.

Nos dejaste veinte retales de alma repartidos por la orografía de tus recuerdos. Recostado a la sombra alargada de un ciprés, esperando a que el Mochuelo cruzara el camino tras cinco horas con Mario. Historias de la tierra, para la tierra. Sabiduría de santos inocentes en una España revuelta. Herejes, jubilados y príncipes. Profesor, cronista, paladín de la verdad que recorrió uno a uno los caminos de Castilla y de las letras.

Vecino de sus vecinos, Don Miguel escogió el lar de una casona a los brillos de la corte, la cercanía de la pluma a la quimera de honores y promesas. Aquel valle significaba mucho para Daniel, el Mochuelo. Bien mirado, significaba todo para él. En el valle había nacido y, en once años, jamás franqueó la cadena de altas montañas que lo circuían. Ni experimentó la necesidad de hacerlo siquiera. El camino de Miguel Delibes. Un hombre sencillo, aferrado a la tierra y a la familia. Un español con mayúsculas.

Observo ese rostro imponente ante la enfermedad y el destino, bendecido en su último instante por una sonrisa silenciada treinta y seis inviernos. Descansa en paz noble castellano, en el regazo de padres y ancestros, en los brazos de la novia cuyos ojos reconociste en la primera mirada. Ángeles de Castro. La mujer que con su sola presencia aligeraba la pesadumbre de vivir. La madre de sus siete hijos. La mujer de sus sueños y letras.

Mi último adiós Don Miguel Delibes, caballero de gris sobre el fondo rojo. Gris de nobleza y temple. Rojo de pedazos de España recogidos entre tapas satinadas. Rojo del corazón que le ensanchó la vida y ahora le sale al encuentro.

Señora de rojo sobre fondo gris. Miguel Delibes. Ed. Destino. Barcelona. 2.007.

Posteado por: Concha Huerta | 14/03/2010

At The Modern

(Post translated by M. da Silva from Spanish The Modern )

 

Starters

Shellfish mix over lilac foam and aromas of thunder and sea breeze. (Grandcamp, Evening. Georges Seurat.1885)

Fig, lime and orange cuts placed over caramelized grits and fine herb cheese. (Landscape at Collioure. Henri Matisse. 1905)

Greens

Tender shoots extravagance over bed of chestnut compote, cabbage and Brussels sprouts. (The Park. Gustav Klimt.1910)

Asparagus scrambled eggs in extra virgin olive oil with Rosemary and forest herbs. (L’Estaque. Georges Braque. 1906-07)

Pasta

Stars and Moons in orange and red bell pepper sauce seasoned with prunes and raisins. (Simultaneous Contrasts: Sun and Moon. Robert Delaunay.1913)

Raviolis boiled in rose water with a touch of basil over a feather from the bird of paradise. Homage to Picasso’s canvas. (Composition in Oval with Color Planes. Piet Mondrian.1914)

 Desserts

Apples cooked in white wine and rock water reduction with aromas of corollas and shadows. (Still Life With Compotier. Paul Cezanne. 1880)

Black cocoa bar mounted on ostrich egg yolk over gold leaf and grated tomato. (Yellow Circle. László Moholy-Nagy. 1921)

———

The Modern, my favorite spot in Manhattan, my favorite table placed facing the gardened patio. Bushes, flowers and sculptures. Mi hands transport bits of pasta and greens towards a floating throat that opens and closes mechanically. On reaching the pallet the textures transform into the lines, circles and brushstrokes that flood my mind since morning. The fifth floor at The MoMa, a universe of master pieces that heals my days and dreams.

Simultaneous Contrasts: Sun and Moon. Robert Delaunay.1913

  The MoMA. The Museum of Modern Art of  New York. The Collection.  Paintings and Sculpture.

Posteado por: Concha Huerta | 11/03/2010

Monet: caminos y sueños

Abro los ojos. Líneas incandescentes atraviesan las persianas. Me levanto de un salto. Vértigo. La cabeza apresada en la bruma de los sueños permanece un momento retenida sobre la almohada. Abro la ventana y descubro un cielo añil impecable. Aprovecho esta tregua de lluvia y me lanzo a la ciudad rescatada al sol de marzo.

Alcanzo las verjas del palacio de Villahermosa. En la entrada una hilera de macetas. Verdes salpicados de blanco y fucsia. Las camelias del Thyssen, diecisiete años iluminando los inviernos de la villa. En el interior una de las exposiciones más anheladas. Los cuadros de Monet, inspiración de las vanguardias inglesas y la abstracción contemporánea.

Brumas y variaciones. 1899. Monet viaja a Londres y descubre la paleta velada del último Turner. Y el estudio de Whistler, el americano que adoptó el colorido y la simplicidad de formas de la pintura japonesa. Instalado en su habitación del Savoy, Monet capta brumas sobre el Támesis salpicando con pinceladas ocres las últimas luces del ocaso. El puente de Charring Cross.

Efectos de luz. 1883. Monet invoca los verbos de la luz contrastando colores primarios y secundarios. El cénit de la óptica impresionista. El ojo digiriendo colores como carnes o frutas, a decir de Guy Maupassant.  El poeta acompañó a Monet en sus paseos por la costa, entre niños cargados de lienzos. Le observaba acechando al sol y las sombras frente a  cinco o seis lienzos, capturando destellos de vida con amarillos fugitivos. Puesta de sol en Etretat.

Reflejos y transparencias. 1904. Monet se embarca en el proyecto más ambicioso de su vida. Construir un paraíso pictórico en el jardín de Giverny. Un universo que hechizará su obra posterior y le conducirá por senderos de gloria. La sombra de los arboles daba al agua un fondo, por lo general, de verde sombrío pero que algunas veces veía yo de color azul claro y crudo tirando a violeta, tono de interior de gusto japonés. Aquí y allá, en la superficie, enrojecía como una fresa una flor de ninfea escarlata con los bordes blancos. (Marcel Proust. En busca del tiempo perdido. 1. Por el camino de Swann. 1913). El estanque de nenúfares.

Contrastes de formas. 1897. Monet contempla desde su barca el milagro del amanecer sobre el Sena. Las formas se desdibujan impregnadas de tonos violetas que evocan seres nocturnos, presencias invisibles, recuerdos de infancia. Su pintura se diluye en esencias y metáforas. La vegetación refleja su espíritu en unas aguas contagiadas por el cielo que se despierta. Amanecer en el Sena. Giverny.

Pincelada y gesto. 1918-1924. Monet se despega de figura y color para expresar sensaciones con movimientos rítmicos. La caligrafía del alma que libera el subconsciente de expresiones y sentimientos. Las vanguardias que alcanzarán su punto álgido tras la década de los cincuenta. Pollock, De KooningRichterVieira da Silva, Staël recogerán el testigo en busca de nuevas formas y destinos. Monet les mostrará el camino. El puente japonés.

Siento una punzada en el estómago, la llamada del cuerpo sin alimento. Me apresuro hacia la salida. Al abandonar la sala, las paredes se bandean en oleadas. Vértigo. Alcanzo un banco y me ovillo sobre las rodillas frente al camino de salida. La cabeza, enpapada en el universo de Monet, se resiste a abandonar su sueño.  

Claude Monet. Glicinias. 1917-1920. Museo Marmottan Monet, París.

NOTA:   Jose María Goicoechea, director de comunicación del museo Thyssen-Bornemisza, hace referencia a este texto en su post Camelias del blog «En teletipo» el 18 de marzo de 2.010. Una deferencia que me llena de alegria.

Monet y la abstracción. Museo Thyssen- Bornemisza. Madrid. Hasta el 30 de mayo de 2.010

Posteado por: Concha Huerta | 08/03/2010

Un milagro

Lluvia y frio. El paisaje de Madrid las últimas semanas. Recorremos el Paseo del Prado tras los vidrios empañados entre pilotos y humos. Al cruzar Neptuno una columna de gentes bajo un techo de paraguas. Observo sus rostros silenciados, el peso inmóvil sobre las piernas cansadas. Me pregunto que esperarán esas miles de almas en la intemperie. Doblamos por Atocha.  La fila se pierde por una calle lateral. Llegamos tarde. No contamos con el tráfico bajo la lluvia.

A las 6:26 nos apeamos en el Calderón y nos abalanzamos sobre la taquilla del Ideal. An Education comienza a las 6.25. Subimos corriendo a la sala y encontramos dos butacas entre abrigos y paraguas. Londres, 1961. La cámara sigue a Jenny, una joven de último curso entre las aulas y su casa en los suburbios. Una joven brillante con un padre obsesionado con su admisión en Oxford. El ritmo pausado de las imágenes nos permite recuperar el aliento. La vida de Jenny es una sucesión de deberes. Las clases de música, el coro, los libros. Las canciones de Juliette Greco y los Gauloise que fuma a escondidas alivian el tedio de su rutina de estudiante.

Ensayo con la orquesta del colegio. Un joven la mira ruborizado. No es para menos. La imagen de Jenny acariciando el chelo exulta belleza. A la salida espera bajo la lluvia al autobús que no llega. Un hombre la observa desde el coche. Se acerca y se ofrece a llevarla. El desconocido la embauca con palabras mágicas, como embaucará a sus padres y colegas. Entra en el coche y en una nueva vida abierta a sensaciones y miserias.

El guión se desenvuelve hacia lo inevitable, los recuerdos de la periodista Lynn Barber en los que se basa la película. A los quince minutos paseamos por el Londres de los sesenta, entre mujeres encorsetadas en tejidos estrechos y vidas planas, entre aromas de huevos cocidos y té con pastas, entre salas de conciertos y subastas. An Education nos atrapa con sus pinturas prerrafaelistas, sus campiñas británicas y sus voces quebradas.

No puedo creer la suerte que hemos tenido. Llegar a tiempo, encontrar tan buenas butacas,  presenciar este ensueño. La maestría de la directora Lone Scherfig frente al equipo y sus protagonistas. La mirada de vacua de Helen (Rosamund  Picke) ante la música clásica. La rigidez del padre (Alfred Molina), el desencanto de la madre (Cara Seymour), la independencia de la profesora (Olivia Williams), la malicia de la directora (Emma Thompson). El encanto infantil de David (Peter Sarsgaard) el treintañero que vive de sus fantasías. Y, sobre todos, la versatilidad de Carey Mulligan capaz de imprimir dramatismo y gracia infantil a una misma secuencia. Qué gran actriz de veintidós años. Qué merecido el Bafta.

Al salir comentamos escenas y diálogos en la seguridad de volver a la sala para disfrutar cada detalle. An Education se ha estrenado en pocas salas. Es una película independiente. Una pequeña gran película. Preguntamos al conductor mientras nos traslada por calles oscuras y mojadas por la fila interminable que encontramos en Atocha. Será por el Cristo de Medinaceli. El primer viernes de cada mes la gente va a besarle los pies y pedirle un milagro.

An Education. Dirigida por Lone Scherfig. Gran Bretaña. 2009. Con Carey Mulligan, Peter Sarsgaard, Alfred Molina, Olivia Williams, Emma Thomson.

Posteado por: Concha Huerta | 05/03/2010

Planta baja

Las puertas metálicas se cierran con un golpe seco tras Joaquín  mientras arrastra una maleta y una bolsa de la que escapa una manga. Empuja los bultos entre las paredes acristaladas y se apoya recobrando el aliento bajo una bombilla que titila sobre su cabeza. Unos mechones entre rubio y castaño caen desordenados sobre la frente blanca. Joaquín palpa los bolsillos de la chaqueta que tiene un desgarro lateral, extrae unas llaves y una la cartera de piel negra. Una foto sobresale entre billetes y tarjetas. La levanta con el pulgar hasta que aparecen dos coronillas doradas.  Las pupilas se dilatan y oscurecen el iris verde azulado. El ojo derecho se cierra en un espasmo violento y parpadea con ritmo ajeno al cuerpo. El ascensor desacelera. Una voz femenina y metálica anuncia el cuarto piso. Joaquín empuja la foto dentro de la cartera y la guarda apresurado en el bolsillo trasero del vaquero desgastado.

Las puertas se abren. El vecino del cuarto entra en la cabina apoyando su cuero achatado y grueso en un paraguas negro. El abrigo demasiado estrecho no le cierra. Bajo la manga gris marengo un periódico doblado con una instantánea de huesos horadados en tierra blanca bajo el titular 1850 fosas en el primer mapa de la tragedia. El viejo observa a Joaquín tras un par de cristales gruesos enmarcados en pasta y murmura para sí mientras saca un cigarrillo de una cajetilla blanca donde se lee «FUMAR MATA» en letras rojas.

– ¿De viaje con este tiempo? – dice mientras se coloca con dificultad en el espacio entre las maletas -.

– De mudanza – responde Joaquín con la voz apresada en el fondo de la garganta -.

Descienden tres pisos sin cruzar más palabras. El ascensor se llena de respiraciones pesadas, de colonia enturbiada de tabaco, de chirridos de motor desajustado. Más de 70 años después del fin de la Guerra Civil, aún quedan en España miles de fosas comunes en las que yacen decenas de miles de víctimas. El viejo estudia el reflejo de Joaquín en los cristales. Los hombros caídos, los cabellos revueltos, los ojos perdidos entre espasmos, como los de Jacinto cuando cruzó aquella última madrugada el portón de la casona. La voz metálica anuncia la planta baja. Joaquín se agacha a recoger la bolsa. El ascensor se detiene con un movimiento brusco. Pierde el equilibrio y se golpea la rodilla con el borde de la maleta. Planta baja, repite la mujer metálica.

– Lástima – dice el viejo al traspasar la puerta – Le va a resultar difícil encontrar otra casa tan buena como esta.

Foto: C. Huerta

Posteado por: Concha Huerta | 02/03/2010

Nocturno en Re bemol

Turbulencias en el vuelo. Un sinfín de vaivenes que cortan el aliento. Aterrizamos en Madrid bajo la amenaza de una tormenta perfecta. Tras las puertas, una tarde cubierta y helada. Me abandono al lecho blanco, con el cerebro suspendido entre las sienes y el estomago encogido. Bocinas, crujidos, zumbidos.  Imposible relajarse. Al levantarme los muebles giran en ondas marinas. Aferro la cabeza con el almohadón y cierro los ojos para alejar el fantasma de la nausea. Le pido a Nataliya que baje la persiana y ponga algo de música.  

Una melodía se abre paso entre una gama de acordes continuos, como una voz de soprano recorriendo libremente un aria. El sonido limpio de un piano. La sonoridad cromática de la música romántica. Chopin, sin duda. La melodía dibuja arabescos entre notas empastadas. El milagro del maestro de rescatar el arpa escondida en el piano. Luego desciende y se apoya en una nota media antes de volver a la tónica, recorriendo un vuelo lento con la calidez de una pluma dorada. El virtuosismo de Chopin interpretado por María João Pires, su gran intérprete.

El Nocturno en Re bemol. París, ciudad brillante, el segundo hogar del compositor polaco. 1836. Las clases, los conciertos, el reencuentro con la joven María en el estío. La melodía se multiplica en grupos de notas que revolotean sobre los acordes ascendiendo de escala. La vitalidad de Chopin en una tregua a la enfermedad que le arrancó el aliento. Qué bien describe el piano las sensaciones de esta tarde perdida entre sábanas. La inquietud, el ahogo en una espiral de presentimientos, la rabia. Los acordes se apresuran, el canto se realza con fuerza de martillos. Y tras el estallido, la calma. Al borde del quiebro, los acordes se reconcilian con la melodía y retornan al re bemol.  

Paso la tarde con los Nocturnos de Chopin, el niño de Zelazowa Wola que interpretaba mazurcas con tres años. Un genio destinado a engrandecer el piano, ese instrumento al que dedico una vida corta e intensa. Imagino al joven compositor vistiendo su frac avellana en el piano de la sala, rescatado del silencio de los principiantes. El  rostro marcado por una tristeza plateada, los dedos ondulando sentimientos sobre las teclas. Y en algún momento, entre compases y arpegios, reencuentro mi lugar en el espacio y el tiempo.

 James Abbot Mcneill Whistler
Nocturno azul y plata.- Chelsea 1871 © Tate 

Celebración del bicentenario del nacimiento de Fryderyk Chopin. (Zelazowa Pola, Polonia, 1 de marzo de 1810- París, 17 de octubre de 1849)

Posteado por: Concha Huerta | 28/02/2010

Aloha girls (english)

(Post translated by M. da Silva from Spanish Aloha girls )

Cinnamon hands place crowns that give off aromas of magnolias over tired shoulders. The same hands that weave, each morning, freshly cut rosy and white plumerias. Aloha, a sentiment transformed into fresh flowered leis. A unique offering for the Island wanderers.

Magical hands bathed in kukui essence travel over bodies defeated by exhaustion, liberating the contained energy after a ten hour flight. A true odyssey towards the east to reach these islands, the most isolated on the Pacific, the most sought after. Firm hands raise arms and legs to the rhythm of the lomilomi, the Island’s traditional massage.

Tender hands weave baskets from palm tree leaves and offer the sailors coconuts, pineapples and morsels of kalua, island pork wrapped in banana leaves and slowly roasted underground. And let’s not forget the sweetest corncobs in these lands. The offerings of the Luau. Fruits of paradise carefully placed over the sands. An unparalleled experience.

Winged hands that tell stories of love and promises, of mountains and valleys, of rainbows and oceans. Hands that caress the breeze between the forehead and the stars under a cascade of orchid sprinkled hair. Hands that envelop the air with echoes of ukulele and sway curvy hips to the rhythm of the tides. Hula on the beach at sunset.

Aloha Girl’s hands offer refuge to traveling souls within the pacific bosom of these primeval lands. And so, they are flooded with energy and calm and abandon themselves to the waves and the sky. Mahalo

 hawaiana[1]

Posteado por: Concha Huerta | 25/02/2010

Tormenta de hielo

JAVIER  FERNANDEZ: Iniciamos los entrenamientos a principios de verano.

Iniciamos los entrenamientos a principio de verano. El objetivo, las Olimpiadas de invierno. Vancouver, Pacific Coliseum. Por megafonía escucho mi nombre. Javier Fernández. Orgullo. Un español en la final olímpica. Notas de «Los piratas del  Caribe». Tomo la medida a la pista y me lanzo al cuádruple. El  corazón en las sienes, el cuerpo suspendido en giros diabólicos. Es una locura. El chico no está preparado. La salida me lanza al hielo. Levántate Javi, dice padre. Levántate y mira adelante. Otra curva y un triple, un doble, esto marcha. Comienza el duelo. Os voy a enseñar cómo se bate un madrileño. El hielo se transforma en tablas, los aplausos en olas sobre el casco. Frio y calor. Una sensación única. En el banquillo sin aliento. Un programa arriesgado y endemoniadamente rápido. Alegría. Javier Fernández, el décimo mejor programa largo del Olimpo.

EVAN  LYSACEK: La música que se escuchaba era Sherezade.

La música que se escuchaba era Sherezade. El norteamericano Evan Lysacek comienza su turno. Un triple, una secuencia de pasos. Patinaje equilibrado, potente, sin riesgos, el que le llevó a alcanzar el campeonato del mundo. Recorre con precisión de reloj  cada centímetro de la pista blanca. Con la seguridad de quien ha memorizado la coreografía clásica de Lory Nichol. Disciplina y entrega bajo las directrices de la bailarina Barinova y el entrenador Frank Carroll. El resultado impecable. Al final una sonrisa. Lysacek salta a la cabeza de la lista.  Ha ejecutado otro programa sin fisuras.

EVGUENI  PLUSHENKO: Hasta hace unos años mi carácter era proverbialmente apacible.

Hasta hace unos años mi carácter era proverbialmente apacible. Hasta el 2.006 en que se quebró la rodilla y tuve que retirarme. Los problemas con Mariya, la llegada de Kristian, el divorcio. En el 2009 los nuevos proyectos, la dulzura de Yana, el reencuentro con Alexei mi entrenador, mi amigo. Y el reto, defender el oro olímpico. La vuelta a la música y el hielo, mis dos pasiones. Entro el último en la pista. Lo primero la combinación cuádruple loop triple toe loop, mis saltos favoritos. Después la danza al son del violín de Marton. Un tango nuevo para un “viejo” campeón. Trece años de éxitos. Saltos, piruetas, secuencias. Plushenko salva un desequilibrio imposible tras el triple lutz. Lanzo un beso a un jurado escéptico y disfruto del baño de aplausos. Al final, la satisfacción de otra medalla.

VLADIMIR PUTIN: ¿Cómo creéis que me sentí cuando supe…?

¿Cómo creéis que me sentí cuando supeque Lysacek había ganado el oro olímpico? Vencer sin ejecutar un salto cuádruple. No tiene sentido. Cierto que realizó un programa limpio, controlado y armónico. Pero el patinaje es un deporte no un espectáculo. No se puede alcanzar el oro sin ejecutar el salto más difícil. El que bordó Evgueni al iniciar su programa. Plushenko ha ganado una plata que vale un oro.  

ROBERTO BOLAÑO: La pista de hielo.

La pista de hielo, tres versiones de un crimen que se entrelazan en un pueblo anónimo. Tres voces que giran en torno a una pista ilícita escondida en un palacio abandonado de la costa. Un chileno aspirante a escritor, un mexicano desarraigado y un promotor metido a político perdidamente enamorado de una patinadora joven y caprichosa. Una novela que contiene las claves del universo literario de Bolaño. El crimen, los amores rotos, las ilusiones perdidas. La realidad trasmutada en ficción. Los sentimientos encontrados en la final del patinaje artístico masculino de Vancouver. La pista de hielo. No se puede pactar con Dios y con el diablo al mismo tiempo.

La pista de hielo. De Roberto Bolaño. Ed: Anagrama. Colección: narrativas hispanas. Barcelona. 2009.

Posteado por: Concha Huerta | 22/02/2010

Un amor

Desayuno de domingo. Té, cruasanes con miel y fresas. Abro la puerta para recoger el periódico y descubro un paquete envuelto en papel rosa. La escalera sube y baja en silencio, las puertas permanecen cerradas. Rasgo el papel y encuentro cuatro ojos que me observan desde la tapa de un libro. Dino Buzzati. Un amor. Me pregunto quién me habrá dejado este regalo. José Manuel. No. No sabe donde vivo. Miguel. No le vi nunca con un libro. Jaime. Demasiado joven para conocer a Buzzati.

Abro las páginas con una mezcla de excitación y deseo. Excitación ante un admirador secreto. Deseo de descubrir otra historia de Buzzati, el autor del El desierto de los tártaros, una de mis novelas favoritas. Milán años sesenta. Un intelectual de clase media relata rutinas de una vida monótona. Sin familia, sin amistades, con un trabajo que no le llena, rondado por pensamientos de muerte.  Cada jueves visita una casa de citas donde le espera Leide, su único contacto con el universo femenino.

Preparo un bocadillo pensando en los personajes de la novela. Dorigo, el intelectual sensible arrastrado a una pasión irrevocable, la pasión que no había conocido en cincuenta años. Leide, la joven osada y amoral perdida entre drogas y miseria. Milán, la ciudad que se expande arrastrando un ejército de almas que malviven en armonía forzada. Un Madrid actual inundado de inmigrantes sin futuro. 

Trascurre la tarde absorbida entre líneas. Y parte de la noche. Buzzati me ha cautivado con descripciones y metáforas. Soledad, misterio, espera. El ser racional desarmado por la dictadura del cuerpo, por el anhelo de una juventud que el autor diseña con dos pares de ojos, mezcla de fascinación y vértigo.

Termino el libro y masajeo los ojos doloridos. Se ha hecho tarde. Las paredes retumban con ecos de percusiones y guitarras. Otra fiesta de la vecina. Me abandono al sueño entre voces extrañas, ojos que acechan y zumbidos metálicos. Amanezco con la cabeza presa y la sensación de haber perdido algo entre sueños. Me arrastro hasta la puerta y en el ascensor encuentro a Alexia, con aspecto de haber dormido menos que yo.

– Menuda fiesta anoche.

– ¿Qué fiesta?, estuve sola en casa.

– Me pareció escuchar música hasta tarde.

– Estaba leyendo. Siempre leo con música. 

– Pues sería un libro muy bueno.

– Era raro. De una drogata que explota a un burgués que se cree muy listo y no se entera de que sólo le busca por la pasta. Menudo perdedor.

-¿Y por qué lo leíste?

– Era un regalo. Lo encontré ayer en la puerta envuelto en corazones rosas. De algún retrasado que no sabía que San Valentín fue el domingo pasado. Y como en el fondo soy una romántica, decidí leerlo.  Al final me enrolló y lo terminé de un tirón escuchando Metallica.

– Y  ¿qué libro era?

– No creo que te suene. Un amor de un tal Dino Buzzati.   

 

Un Amor de Dino Buzzati. Traducción de Carlos Manzano. Ed. Gadir. Madrid 2.004.

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