Posteado por: Concha Huerta | 20/09/2009

Herzog

Rodamos hacia Madrid en un mediodía cálido. El cielo está cargado de nubes altas. Nosotras de bolsas y buenos propósitos. En el regazo un tomo verde y blanco. Cierro los ojos  y repaso los planes para la semana, el mes y el año. La aeronave se detiene. El comandante ha detectado una avería y volvemos al finger. Comienza el caos en un vuelo que nunca despega.

Desembarque, espera, ventanillas inútiles. Al Dr. de Operaciones de Iberia. Le escribo para denunciar la desinformación en caso de averías. Un simple letrero serviría. Otra hora perdida entre maletines y chasquidos de móviles. Al Dr. del Aeropuerto de Lisboa. Sugiero coloquen números de atención en venta y facturación de vuelos para aliviar esperas y permitir a los pasajeros utilizar los servicios del aeropuerto.

Redacto cartas mentales para liberar la impotencia, con el cuerpo magullado por la tensión y la espera. Como Herzog, el profesor que arrastra montañas de cartas y una vida en ruinas. Cartas de rabia y venganza que nunca verán su destino. A políticos, filósofos, familiares y muertos. Saul Bellow construye una mente al borde del abismo, un hombre obsesionado por errores y recuerdos, incapaz de afrontar otro fracaso.

Herzog vive rodeado de libros y mujeres que destilan sexo y arrogancia y le estallan el alma.  La huida a ninguna parte.  De Nueva York a Martha’s Vineyard. De la amante apasionada al refugio conocido. De la traición al exilio. De Chicago a la casa en los Berkshires, el sueño de un judío de integrarse en la América Blanca y Protestante. «Tienes problemas, ya se ve. Te supuran por la piel. Tienes alma, ¿verdad, Moses?… Uno no puede liberarse de esa cabrona, ¿verdad que no? Un estorbo espantoso, esto del alma».

Saul Bellow desgrana la sociedad americana con maestría de Nobel, con una galería de personajes secundarios, verdaderos protagonistas de esta obra culmen de su prosa. Los hermanos Herzog, prosaicos y alejados, el amigo devastado por la muerte de su mascota, las amantes deslumbradas por una inteligencia que terminará aplastándolas. Y como telón de fondo unos paisajes cargados de lirismo que restaurarán las heridas.

La noche se cierra sobre el mar cuando por fín despegamos hacia la urbe. Cierro los párpados cansados y saboreo la belleza de las letras. «En todos los lugares de la tierra el modelo de la creación natural parece ser el océano. Las montañas… lo parecen: brillantes, onduladas y con ese altivo color azul».

herzog

Herzog. De Saul Bellow. Traducción: Vicente Campos. Galaxia Gutemberg. Círculo de lectores. 2.008. 450 págs.

Posteado por: Concha Huerta | 17/09/2009

Lisboa

Los últimos rayos del crepúsculo tiñen de ámbar los azulejos de las fachadas centenarias que bordean el estuario. Testigos privilegiados de afanes de conquista, con sus puertas estrechas y balcones rasgados por manos aferradas a la espera. Tras el empedrado azul y blanco, discurren las aguas revueltas del ancho río que en primavera trasporta aromas de fresas y cerezos y en otoño briznas de alcornoques que se desvanecen en las corrientes profundas y frías del océano. 

El señor Bernardo asciende con dificultad la acera empinada. El calor y la humedad comienzan a ceder en el ocaso avivando sus pasos cortos. A los lados escaparates abigarrados de libros viejos, zapatos de salón y sastres. Mas arriba, marcas extranjeras en fachadas brillantes construidas tras el incendio. La calle desemboca en una plaza con un olmo quebrado y una terraza inundada de aromas de café y especias.

El señor Bernardo se deja caer en una silla de enea, se descubre la cabeza y retira el sudor de la coronilla con un pañuelo de lino. Un camarero le saluda con una bica y un pastel de nata.  Él bebe a sorbos buscando entre ojos desconocidos el rostro de alguno de sus compañeros ausentes. Abre un cuaderno de tapas negras y se abandona a sus memorias.

La noche se cierra sobre la ciudad y el bullicio de coches y hombres se desvanece. Una guitarra acompaña un canto desgarrado que se pierde en la brisa del mar hacia el horizonte. Las estrellas titilan sobre colinas abigarradas de sombras y se funden con millares de bombillas en la estructura de acero que une la ciudad a su destino.  El eco de un gallo solitario, perdido en un patio de vecinos, quiebra de cuando en cuando el silencio de la madrugada. 

Puente de 25 de Abril. Lisboa. Foto: D. Correia

Homenaje a Bernardo Soares, alter ego de Fernando Pessoa en el «Libro del Desasosiego» una de las obras maestras del siglo xx.

Notas:  bica, café de aroma  intenso;  pastel de nata, hojaldre reyeno de crema típico de Lisboa. 

Posteado por: Concha Huerta | 15/09/2009

Casa das Historias

Atardecer en Cascáis. Salgo a la calle huyendo de bolsas y maletas. Dejo que el cuerpo decida los pasos entre casas blancas y jardines opacos. Camino sobre piedras cuarteadas entre muros encalados y puertas pequeñas. Las suelas se tiñen de rojo al cruzar una acera abierta.

Me sorprenden dos pirámides sobre un césped verde primavera.  Un camino de sombras entre palmeras, eucaliptus y cedros. Los últimos rayos se funden con los paramentos rojizos a tono con la tierra de Cascáis. Dos hombres con azada y carreta trasiegan en la trasera que comparte con el Museo del mar. Todo a punto para la inauguración de la Casa das Historias Paula Rego, primera sede en Portugal de la artista figurativa.

Reencuentro con las raíces.  Un anhelo cumplido. Dos poliedros recortados contra un añil prístino. El diálogo entre Eduardo Souto de Moura y Paula Rego. Dentro salas claras y mármoles azulados a la espera de lienzos, obra gráfica y  diseños, que la pintora afincada en Londres ha cedido al municipio. Un espacio abierto a exposiciones y artistas.

Paula Rego no quiere un museo. La artista construye relatos con pinceladas, en un universo personal marcado por la ambigüedad y los sueños.   Amores prohibidos,  mujeres-perro, danzarinas fatídicas. Faldas abullonadas y espadas. Figuras inquietantes y espacios muertos. Y el rostro omnipresente de Lila, atrapada en las fantasías de Rego desde que llegó para cuidar a su hijo Víctor.

Al final de la semana se abrirán los pasillos y salas de esta casa mágica. Rostros agradecidos encontrarán en ella sus propias historias. Yo tendré que esperar al otoño. Vuelvo a casa con pasos dolidos. Me descalzo en el umbral de la puerta. Las sandalias desprenden tintes rojos sobre la moqueta.

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Foto: C. Huerta

Casa das Historias  Paula Rego. Av. da República 300. Cascais. Inauguración 18 de septiembre de 2009.

 

 

Posteado por: Concha Huerta | 13/09/2009

Los abrazos rotos

Una butaca rasgada, una sala pequeña, murmullos de parejas. En la pantalla un hombre maduro corteja a una joven desde la impunidad de la ceguera. El acento castellano me sorprende tras meses en tierras lusas. Pero reconozco encuadres y personajes de Volver y La mala educación. A Almodóvar le gusta trabajar con sus actrices.

LLuís Homar escribe en la oscuridad bajo seudónimo. El cabello blanco y las arrugas de su rostro esconden secretos de otra vida que Blanca Portillo, su agente y celadora, protege con el celo del amor corroído por el tiempo.  Un accidente y  el hijo adolescente rescata la historia de Mateo y Lena, el director de éxito y la mujer que le arrebató el alma. Porque Los abrazos rotos narra historias dentro de historias: la del guionista ciego, la de la pasión truncada, la del amor del director manchego por su musa.

Penélope le entregó el Oscar, Pedro le entrega la cámara. Penélope se abandona a los brazos del director y siente a través de sus palabras las emociones que Almodóvar desea y ansía. Maestría en  planos y diálogos. Escenas sublimes. La madre descubriendo la tragedia de Lena  mientras se aleja por el pasillo del hospital junto a su yugo. Lena descendiendo una escalera de crueldad y odio. El abrazo sustraido al mundo rasgado en mil pedazos. Pasión, celos  y muerte. Los temas que el director manchego sublima en su madurez a través de los ojos y la sonrisa de una Penélope Cruz en lo más alto de su carrera de artista.  

Penélope enciende la pantalla con polvo de estrellas que Almodóvar extiende con planos de maestro. Referencias al séptimo arte, el mundo que Almodóvar vive y ama. Penélope trasmutada en Audrey y Marilyn. Y  las escenas añoradas de Mujeres al borde de un ataque de nervios subrayadas de frases portuguesas. No hace falta. La sala irrumpe en carcajadas sin necesidad de leer leyendas.

 

Los abrazos rotos. Una película de Pedro Almodovar. Con Penélope Cruz, Blanca Portillo, José Luis Gómez y Lluís Homar. Producción de El Deseo. 2009.

 

Posteado por: Concha Huerta | 10/09/2009

Cuatro estaciones

Abro las cortinas con manos entumecidas por el sueño. Ante mí, un manto rosa brillante. Las buganvillas han estallado con el calor y la tormenta. Sus guías onduladas se enroscan sobre las tejas. Las hojas tiernas teñidas de magenta esconden florecillas blancas. El fin del estío. La llamada de la naturaleza.

Royal Festival Hall. Londres, 5 de mayo. Una ninfa envuelta en fucsia ilumina la sobriedad de la sala. Sarah Chang sujeta sobre el hombro desnudo un Guarneri, herencia de su mentor Isaac Stern, que destila entre barnices brotes de primavera. Sus ojos rasgados y su tez pálida resaltan con la espesura azabache que se ondula en cada acorde.

Hortojardim. Hogar de plantas y tierras. Tengo que renovar los colores del porche. Un camino de setos  y frutales. Petunias, claveles y margaritas. El estío atrapado en la exuberancia de copas y ramas. Explosión de color y música. Los brazos blancos de Sarah se pierden en corrientes púrpuras y salpican las cuerdas con estallidos de tormenta.

Ramas enroscadas contra el muro, hojas multiformes, campánulas. En la sombra, ocres y promesas de hiedra. La silueta inquieta de Sarah se refleja en las tablas y se envuelve en el calor de violas y chelos. La música fluye entre las cuerdas y el viento en el adagio de otoño. El sueño de Vivaldi. Acordes de caza y esencias de castañas.

Ternura y lirismo. Los dedos de Sarah Chang se deshacen sobre las cuerdas en copos blancos. Sin partituras, ni descanso. Cuanta disciplina, cuanto amor, cuanta práctica. Tenacidad y destino. A los seis años ingresa en Juilliard. A los ocho, los primeros conciertos con Mentha y Muti. A los veintiocho, el virtuosismo y la expresividad transforman su cuerpo en una caja de música.

“La más maravillosa, la más perfecta, la violinista más ideal que he escuchado”. Yehudi Menuhin

 

Posteado por: Concha Huerta | 06/09/2009

Un día perfecto

4 de septiembre. Círculo verde. Deslizo el palo sobre el borde metálico. El roce se mezcla con el murmullo del atlántico. Zaas, zas, zaas, zas. Olor a tierra húmeda. Músculos en movimiento. Los brazos se balancean con un golpe de caderas. El cuerpo fluye. La precisión del instructor. Palabras que dibujan danzas sobre la hierba. El ritual del juego. Un giro abierto y la bola levanta el vuelo hacia la mañana cubierta.

Medio día. Círculo amarillo. El arroz incrustado de rojo, verde y blanco cuece lentamente sobre la rejilla. Lo cubro con un ramillete de gambas  y conchas azuladas.  Chop, chop. Olor a azafrán y caldos marinos. La reunión alrededor de la mesa. El porche inundado de flores y  risas. Voces que han recorrido cuatro mundos. Ofrendas. Sales y licores de Francia, mouse de maracuyá y cacao de la pampa. Anécdotas. Juegos, recetas y familia. Calidez de voces amigas.

Atardecer. Círculo blanco. Alcanzamos el mar con nuestras cámaras. Gaviotas sobre las olas, espuma en las rocas. Click, click. Una luna henchida y perfecta se alza desde la costa. Su tamaño sobrecoge y absorbe. El alma se eleva hasta los pliegues de su rostro y enciende el cielo abandonado por el sol de septiembre. La madre naturaleza. El mar se viste de plata. La tierra se oscurece y el horizonte se tiñe en tonos cálidos.

Verde, amarillo, blanco. Tres círculos que se abrazan en un día perfecto. Recuerdos de un 4 de septiembre con una sonrisa.

 Luna

Bahía de Cascais. Foto: M. da Silva

Posteado por: Concha Huerta | 04/09/2009

Resplandor en la hierba

Costa de Guincho. Grupos de nubes bajas sobre el mar como una balsa. Dunas recorridas de brisa fresca. Las 9.30. Palos de hierro en bolsas blancas, azules y negras  repiquetean por el camino de grava. Saludos atenuados por cantos de aves. Manos afables. Las Burners salen a jugar como cada martes.

La mañana transcurre entre golpes y pasos. El campo se abre con el esplendor de la primavera. Acaricio la bola. Fijo la mirada en un tronco solitario al fondo de la calle.  Pinos añejos enmarcan los trescientos cincuenta metros hasta el hoyo 17. El destino del juego. Respiro hondo. Suelto los brazos en un balanceo y el palo silba contra el viento. La esfera se eleva en un vuelo amplio sobre las copas anchas y se funde con el cielo.

Observo su trayectoria con los brazos enroscados en la espalda y  el cuerpo tenso y flexible. Atrás quedaron temores y resentimientos. Los meses entre paredes blancas. La mente perdida en químicos. La soledad ante las máquinas. El cuerpo congelado por goteos y plásticos. Los miembros quebrados en cada paso. El dolor resonando en el silencio.

La bola desciende y se esconde tras unas lomas. Emprendo el camino entre palos y anécdotas de mi nueva compañera. Complicidad y sonrisas. La calidez de la acogida. Recorremos al sol un mar de hierba fresca hasta alcanzar su bola.  Otro golpe certero. Más adelante descubro un destello blanco incrustado en verde. Al borde de la calle, una estaca cruzada por dos líneas amarillas. Un milagro. El vuelo más largo.

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Foto: C. Huerta

 

Campo de golf Oitavos Dunes. Quinta da Marinha Original. Cascais. Arquitecto: Arthur Hills. 2001.

Posteado por: Concha Huerta | 01/09/2009

Manos de niña

Otra despedida. Una sonrisa tímida, un rostro iluminado de piel canela. Manos de niña aferrando un bolso blanco. Dentro un billete y una promesa de futuro. Atrás quedaron miradas oscuras y lágrimas. La fragilidad de un cuerpo que no puede esconder secretos. Vergüenza. Otra legión de muchachas  castigadas por el deseo.

1941. Río de Janeiro. Clarice Lispector visita La ciudad de las niñas de la primera dama y la inclusa de la fundación Duarte, sus primeros reportajes para la Agencia Nacional. La joven periodista construye con palabras blancas imágenes de esperanza, un homenaje a los despojados de abrazos y nanas. La ciudad donde se enseñará a ser feliz a cinco mil almas.

Cuentos, artículos, piezas de teatro. Una niña fascinada por el autor escondido tras las páginas. Clarice guardará en el fondo de un cajón personajes y anécdotas que germinarán en novelas. Mujeres que ansían libertad en un mundo de hombres. Mujeres que encuentran a Dios en el cuarto vacío de una criada. Una visión intimista y sensible de una vida arrastrando maletas.

El exilio de la pobreza, el desarraigo por el marido diplomático. Siempre anhelando Brasil, la tierra y las gentes que ama. Como ama las letras y las fábulas. La autora de Cerca del corazón salvaje, envuelve en una prosa transparente sus historias de almas. “Me gusta de una manera cariñosa lo inacabado, lo mal hecho, aquello que torpemente intenta un pequeño vuelo y cae sin gracia al suelo”.

Donde se enseñará a ser feliz y otros escritos. Clarice Lispector. Traducción: Elena Losada. Ed. Siruela. 2.009. 214 págs.

Posteado por: Concha Huerta | 28/08/2009

Flores de Fantin

Me dejo caer en una tumbona en la pereza de la sobremesa. Las cortinas se mecen con la caricia de una brisa tibia. El jardín languidece tras el mediodía de agosto. Las petunias desbordan las macetas sobre la hierba. Exuberancia de verdes y fucsias. Las flores. El universo privado de Fantin.

París. 8, rue des Beaux-arts. Dos caballetes, dos artistas. Henri Fantin-Latour sostiene una paleta en el regazo frente a una jarra envuelta en rosas. Recorre con pinceladas tenues caminos sobre la tela empapada de naturaleza. A su lado, Victoria, su compañera de viaje, realza con toques blancos crisantemos sobre una tabla. Silencio. Olor a trementina.  Un mundo creado a medida del artista. Recuerdos de infancia. Los colores de los Fantini en los lienzos de su padre, Théodore y de su tío Víctor.

1877. Las paredes del estudio cubiertas de damas, flores y libros. Encajes y pieles blancas. Intimidad y poesía. La elegancia de su madre rusa.  Encuentro de amigos frente al lienzo. Manet, Renoir, Monet, Zola. Cabellos rizados y trajes de etiqueta. Austeridad y genio. Y los autorretratos. Los estudios en ocre y negro. Una mirada alejada de discusiones y corrientes. La mirada serena y paciente del espejo, su mejor modelo.

Armonía de memoria y sentimientos. Naturalismo francés y la sangre italiana y rusa. Los viajes a una Gran Bretaña rendida ante la luz de sus pétalos.  Madurez de un espíritu consagrado a las flores, ramos y frutas. Las flores de Fantin desprenden aromas delicados y texturas tiernas y envuelven el alma en una tenue brisa fresca.

 

Henri Fantin-Latour (1836-1904). Museo Gulbenkian. Lisboa. Hasta el 6-9-2009.  Museo Thyssen-Bornemisza y Fundación Caja Madrid. Del 29 de septiembre al 10 de enero de 2.010.

Posteado por: Concha Huerta | 25/08/2009

Cinco movimientos.

Obertura. Ojos vencidos al cansancio. Cuerpo cubierto por un lienzo blanco. Ensueño, encuentros, desencuentros. El cuarto vacio. Una columna de sandalias y hawaianas abandonadas al verano.

Bourrée. Sobresalto de timbales y cornetas. Estallidos de guerra. Me acerco a la ventana. Sobre las copas negras de los cipreses se abren estrellas verdes, rojas y blancas. Silbidos de dragones y lágrimas. Las fiestas del mar. Música y bengalas. La  Música para los reales fuegos de Händel.

La paz. Largo alla sicilianna. La última mañana juntas. El paseo entre fachadas georgianas hasta el 25 de Brook Street. Escaleras estrechas hacia la recámara. Una estancia austera, apenas una cama y una chimenea. Una corriente fría atraviesa las ventanas. La misma corriente que robó el aliento al compositor de Halle hace 250 años. Un anciano explica que los muebles son reproducciones. No hace falta. Aquellas maderas no tienen alma.

El júbilo. Allegro. Salimos apresuradas huyendo de sombras fatuas.  Dos salas, dos clavicordios.  Uno voluptuoso de doble teclado negro e incrustaciones de nácar. Recitales y cantos. Otro pequeño y estrecho donde Georg Friedrich pasa las horas creando.  La soledad del profeta. La música brota de sus dedos en cascadas celestes. Cantatas y arias. El Mesías. El lenguaje de Dios en tinta negra.

Minuetto. Green Park. 1.749. Veinte oboes, doce fagots, nueve trompetas, seis trompas y tres pares de timbales. Una explosión única que deslumbra a doce mil almas. Silencio. La noche vacía envuelta en pólvora. Los acordes de Händel  resuenan en mi mente agotada. Los fuegos  me acompañarán toda la semana. Una sonrisa.  El viernes vuelve M. a casa.

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Foto: M. da Silva

Music for the Royal Fireworks. Händel. Clausura  de los BBC PROM’s. (Prom 76). 12 de septiembre de 2009. Royal Albert Hall. Londres.

Exhibición: Händel Reveal. Casa-museo de Händel, 25 Brook St., Londres. Hasta el 25 de octubre de 2009.

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