Domingo, cinco de la tarde. Cruzamos el Manzanares hasta la entrada de la Caja Mágica, inaugurada la primavera pasada, para asistir a la final del Madrid Masters. Llegamos pronto para recorrer el sueño cubicular de Perrault que nos sorprende con estructuras de acero y aluminio, terrazas, jardines y aguas en un complejo único consagrado al tenis en tierra batida. Madrid ya no tiene nada que envidiar a París o Londres.
A las 6.30 Rafa Nadal irrumpe en la pista central, Manolo Santana, vistiendo una camiseta turquesa y pantalones a cuadros y dispuesto a ganar el tercer Masters 1000 de la temporada. Roger Federer aparece de blanco y gris marengo, tranquilo en su posición de número uno de la ATP. Se inicia el juego. Los murmullos desaparecen de las gradas. Las bolas rebotan a velocidad de vértigo, comienzan a anotarse puntos.
Me confieso admiradora del juego elegante de Federer, de la aparente facilidad con que saca y resta y de su categoría como deportista y persona. Pero mi corazón está con Rafa, el joven de Manacor que tras conquistar la gloria para el tenis español se quebró en lesiones y cambios de juego. Le encuentro delgado, concentrado y decidido a pelear con todas sus fuerzas. El silencio se inunda de golpes y quejidos con que Rafa acompaña cada raquetazo como si el alma se le fuera en cada punto.
Cuando anota, un suspiro de alivio. Cuando falla un saque devastador del número uno, me rebelo, porque si hay algo que no quiero es que Rafa pierda este partido. No esta vez que puedo seguirle desde las gradas. 5/4. Cierro los ojos e intento calmarme. Repito mentalmente un mantra de energía junto a las diez mil almas que nos acompañan esta tarde soleada. Vamos Rafa, tu puedes.
Federer anota unos puntos fantásticos que aplaudimos admirados. Qué maravilla ver jugar al número uno, al mejor tenista de la historia. Nadal lucha hasta la última bola de cada set y en una hora gana por 6/4. No en balde es el mejor tenista del mundo en tierra batida. En el intervalo le veo concienciado, animado, hablando consigo mismo. A Federrer menos expresivo tiene que pesarle el ambiente de un público entregado a su adversario. En las gradas la reina de España y la infanta doña Elena.
El juego transcurre otra hora de boleas intensas en las que Nadal y Federer exhiben su mejor tenis. Las nueve y media. 6/6. Nadal en ventaja sobre el jugador suizo. Bota un par de veces la bola y saca. La bola hace un quiebro y Federer pierde el resto, mientras la grada se alza en un grito único. Rafa, Rafa. Emoción, lágrimas, alivio, alegría. Nadal se alza con la victoria y alcanza la gloria al ganar 18 Masters, uno más que el record de Agassi. Después las palabras de un Rafa Nadal emocionado: Ganar en Madrid, ganar en casa, es un sueño. Como para nosotros ha sido un sueño presenciar en directo esta final entre titanes.
Rafa Nadal y Roger Federer tras la Final del Madrid Masters













