Posteado por: Concha Huerta | 20/05/2010

Duelo entre titanes

Domingo, cinco de la tarde. Cruzamos el Manzanares hasta la entrada de la Caja Mágica, inaugurada la primavera pasada, para asistir a la final del Madrid Masters. Llegamos pronto para recorrer el sueño cubicular de Perrault que nos sorprende con estructuras de acero y aluminio, terrazas, jardines y aguas en un complejo único consagrado al tenis en tierra batida. Madrid ya no tiene nada que envidiar a París o Londres.

A las 6.30 Rafa Nadal irrumpe en la pista central, Manolo Santana, vistiendo una camiseta  turquesa y pantalones a cuadros y dispuesto a ganar el tercer Masters 1000 de la temporada. Roger Federer aparece de blanco y gris marengo, tranquilo en su posición de número uno de la ATP.  Se inicia el juego. Los murmullos desaparecen de las gradas. Las bolas rebotan a velocidad de vértigo, comienzan a anotarse puntos.

Me confieso admiradora del juego elegante de Federer, de la aparente facilidad con que saca y resta y de su categoría como deportista y persona. Pero mi corazón está con Rafa, el joven de Manacor que tras conquistar la gloria para el tenis español se quebró en lesiones y cambios de juego. Le encuentro delgado, concentrado y decidido a pelear con todas sus fuerzas. El silencio se inunda de golpes y quejidos con que Rafa acompaña cada raquetazo como si el alma se le fuera en cada punto.

Cuando anota, un suspiro de alivio. Cuando falla un saque devastador del número uno, me rebelo, porque si hay algo que no quiero es que Rafa pierda este partido. No esta vez que puedo seguirle desde las gradas. 5/4. Cierro los ojos e intento calmarme. Repito mentalmente un mantra de energía junto a las diez mil almas que nos acompañan esta tarde soleada. Vamos Rafa, tu puedes.

Federer anota unos puntos fantásticos que aplaudimos admirados. Qué maravilla ver jugar al número uno, al mejor tenista de la historia. Nadal lucha hasta la última bola de cada set y en una hora gana por 6/4. No en balde es el mejor tenista del mundo en tierra batida. En el intervalo le veo concienciado, animado, hablando consigo mismo. A Federrer menos expresivo tiene que pesarle el ambiente de un público entregado a su adversario. En las gradas la reina de España y la infanta doña Elena.

El juego transcurre otra hora de boleas intensas en las que Nadal y Federer exhiben su mejor tenis. Las nueve y media. 6/6. Nadal en ventaja sobre el jugador suizo. Bota un par de veces la bola y saca. La bola hace un quiebro y Federer pierde el resto, mientras la grada se alza en un grito único. Rafa, Rafa. Emoción, lágrimas, alivio, alegría. Nadal se alza con la victoria y alcanza la gloria al ganar 18 Masters, uno más que el record de Agassi. Después las palabras de un Rafa Nadal emocionado: Ganar en Madrid, ganar en casa, es un sueño. Como para nosotros ha sido un sueño presenciar en directo esta final entre titanes.

Rafa Nadal  y Roger Federer tras la Final del  Madrid Masters

Posteado por: Concha Huerta | 16/05/2010

MadridFoto

Me acerco al Palacio de Deportes tras un almuerzo eterno de celebración familiar. Patricia me espera en la entrada. Juntas recorremos  laberintos de galerías que han mostrado las tendencias en fotografía contemporánea esta semana. Me sorprenden los nuevos formatos y las fotografías apaisadas. Lugares, rostros, naturalezas, geometrías, simbolismos, todo un universo captado por 350 artistas que muestran su sensibilidad en 60 galerías.

Selecciono las obras que me llevaría a casa: una imagen luminosa de Hong Kong que joven Leo Fabrizio presenta en la Fundación Hermès, una habitación con destellos verdes de Miguel Angel García en la galería Nuble, un torso masculino recorrido por líneas de fango que transforman la piel en un tronco, unos reflejos en aguas mansas,  una ciudad envuelta en niebla, unas selvas tailandesas.  

Deep Green por M. A. García

Y escondido tras un panel el rostro de Isabella Rosellini que me corta el aliento. Reconozco esa piel única envuelta en un halo etéreo por la mano del genial Mapplethorpe. No imaginaba encontrar una instantánea del genio neoyorkino en esta Feria. Saludo al canadiense Nicholas Metivier azarada ante la potencia de esta imagen antológica. Pregunto si esta a la venta. Me contesta que sí y el precio. Lo repito dos veces. Una cifra fuera de mi alcance.

Me consuela pensar que la imagen resulta demasiado bella para disfrutarla sola en casa. Debería engalanar alguna pared más noble donde un sinfín de gentes pudiera admirarla. Recuerdo los años en que estudiaba diseño, mi primer contacto con Mapplethorpe, el maestro de las flores y los desnudos en blanco y negro. Un artista genial arrasado por la enfermedad del siglo. En cuanto llego a casa, alcanzo el tomo gris de lo alto de mi librería y vuelvo a deleitarme con sus imágenes mágicas.

Robert Mapplethorpe. 1988.

MadridFoto. Palacio de Deportes de Madrid. Segunda Edición. Hasta el 16 de Mayo de 2010.

Posteado por: Concha Huerta | 13/05/2010

Zarabanda

1945. El joven Glenn Gould practica en el piano de su madre, recién levantado frente a una taza de café, envuelto en una  bata de franela.  Sus manos salpican  las teclas de voces que tararean una partita. A su lado un fiel amigo alza las orejas en una escala y posa la cabeza sobre las patas con la tónica. De vez en cuando se levanta y se asoma al ventanal abierto sobre la playa de Toronto. La música brota de cada uno de sus poros enamorados del maestro Johann Sebastian Bach.

Nunca podremos saber qué sonidos extraía Bach a su clavecín de Leipzig. Sólo queda imaginar su espíritu para acercarnos a su alma eterna. Durante generaciones sus obras se mantienen vivas,  interpretadas por cada pianista a su manera. Al observar a Glenn Gould me parece encontrarme en un mundo aparte que sólo comparte con el compositor de Turingia. Sus manos tiñendo el piano de voces barrocas, su rostro absorbiendo el aliento de las teclas.

1964. Glenn Gould decide abandonar los recitales y consagrarse a difundir la música con nuevas tecnologías. Televisión, programas de radio y  grabaciones míticas que nunca repetía. A excepción de las Variaciones Goldberg, joyas de mi discoteca, que repitió al inicio y al final de su carrera en interpretaciones únicas que marcaron un hito en los anales de la historia. Increíble la diferencia de matices, sonoridad y duración entre las dos piezas que demuestra que la música clásica es un ser vivo en evolución constante. El mejor regalo de Dios a los hombres.

Glenn Gould vive por y para el piano sobre una silla cortada a su altura, una vida intensa marcada por la controversia. Entre partituras y libros más allá de los manierismos de pastillas, mitones y bufandas. Su alma genial bordeó el límite de la locura en una perfección negada a los simples mortales, reservada a un puñado de privilegiados, los genios y los locos. Desearía rozar alguna vez esa locura.

Me habría gustado conocer a este joven eterno, escuchar sus atropelladas palabras sobre música y artes, compartir un café junto a sus discos. Observar de cerca esas manos ejemplares, purificadas en agua caliente antes de cada concierto, elevarse en espirales por un aire impregnado de ritmos invisibles. Y tararear juntos cantatas de Bach frente al piano. Del Bach que elevó el espíritu del hombre al infinito. No entiendo de religiones que batallan por las almas en la Tierra, que prometen paraísos de otros tiempos. Sólo creo en un Espíritu Supremo que orquesta la belleza de cuanto nos rodea. De un Dios que tiene a Bach como hermano y a Glenn Gould como profeta.

P. Este vídeo me lo facilitó Carmelo Gómez, músico y amigo, que me sugirió escribir un texto y al que dedico esta entrada.

NOTA: La zarabanda (del italiano sarabanda) es una danza lenta escrita en un compás ternario y se distingue en que el segundo y tercer tiempo van a menudo ligados, dando un ritmo distintivo de negra y blanca alternativamente. Las blancas corresponden a los pasos arrastrados en el baile. Parece ser que el baile se popularizó en las colonias españolas, antes de cruzar el Atlántico para llegar a España. Aunque fue prohibido en España en 1583 por su obscenidad, fue citado con frecuencia en la literatura de la época. Posteriormente, se convirtió en un movimiento tradicional en la suite durante el Barroco. 

Posteado por: Concha Huerta | 11/05/2010

Con las manos en la tierra

Terminamos el desayuno con el sol abriéndose paso entre  las nubes que ayer nos cubrieron de aguas. Salimos a escoger la planta que mi hija me prometió el día de la madre. Primera salida al vivero de dona Helena tras una semana con el pie en alto. Recorremos hileras de palmeras, abetos y cipreses que esperan pacientes nuevos parterres acunados en la brisa de la mañana. Un laberinto de ramas y copas que desprende aromas del mediterráneo.  

A los lados de la verja pasillos de naranjos y limoneros, de buganvillas y adelfas. El corazón se expande con sus colores impresionistas. No sé que tienen estos tallos que me siempre levantan el ánimo. A cada paso ramas cargadas de capullos me hacen olvidar las quejas del tobillo y los gemelos. Difícil tarea escoger una sola planta, si pudiera me llevaría una de cada.  Encontramos las macetas alienadas por familias. Claveles, begonias, margaritas y petunias. La luz enciende los rojos, amarillos y salmones sobre los brotes brillantes.

Tras un recodo unas hortensias cargadas de  rosas, azules y blancos. Me enamoro de una de seis tallos y un puñado de pompones a tono con los geranios que saludo cada mañana. Grande y esbelta como las que visten mis recuerdos del porche de mi madre. Escogemos un macetero de piedra labrada y volvemos a casa entusiasmadas con el regalo. Mi hija me ayuda a colocar tierra en el fondo de la maceta. Luego separo el cepellón de la hortensia y lo sujeto con cuidado en el centro mientras rellenamos los lados con turba. El aire se inunda de las notas alegres del genial Glenn Gould que desde el salón nos regala una Sarabanda de J.S. Bach. Terminamos entre risas con los brazos y las manos teñidas de tierra nueva.  Y de algún modo sentimos el aliento del Hacedor en nuestras venas.  

Foto: C. Huerta

Posteado por: Concha Huerta | 07/05/2010

La mecánica del corazón

Las manos expertas de Hipólito recorren mi pie derecho con movimientos circulares para liberar la presión del tobillo. Mi debilidad y la de Aquiles. Luego estiran gemelos, sueltan tendones y enderezan las vértebras torcidas tras cuatro horas en un campo azotado por el viento. De cuando en cuando la presión me arranca un quejido. No importa. Hipólito siempre consigue recomponer mi cuerpo maltrecho.

Como Madeleine recompone al  pequeño Jack insertándole en el pecho un reloj de madera para marcar el ritmo de su vida, dándole cuerda cada día hasta que pierda la inocencia. Jack, el niño con el corazón quebrado por una caída de aquel vientre infantil que le abandonó a su destino el día más frio de la historia.

Las pequeñas callejuelas de Edimburgo se metamorfosean. Las fuentes se transforman en jarrones helados que sujetan ramilletes de hielo. El viejo río se ha disfrazado de lago de azúcar glaseado y se extiende hasta el mar. Las olas resuenan como cristales rotos. La escarcha cae cubriendo de lentejuelas a los gatos.

La mecánica del corazón.  Mathias Malzieu imagina una historia a mitad de camino entre el cuento y la fábula que nos acerca a una vida marcada por la marginalidad y la intolerancia. La historia de un chico con un corazón de cuco criado por una mujer que ayuda a traer al mundo a  los niños que nadie quiere y que ella no tendrá nunca.  

Fue un día triste, un día en que no dejaba de llorar hasta que me di cuenta de que me reconfortaba beberme mis propias lágrimas. Poco después descubrí que sabían mejor si las mezclaba con un poco de licor de manzana. Pero no hay que beber nunca cuando una está en un estado normal, en ese caso ya no se logra estar contento sin beber y se forma un círculo vicioso y uno ya no para de llorar para beberse las lágrimas.  

El destino sorprenderá al joven Jack cuando al cumplir diez años baja por primera vez a la ciudad y se encuentra con una joven cantante de ojos inmensos y nariz diminuta que clavará las agujas del reloj en su frágil pecho. La joven Acacia desaparece pero su recuerdo le embarca en una aventura quijotesca desde la Inglaterra decimonónica hasta la soleada Andalucía.

Cuando tengo mucho miedo, noto que la mecánica de mi corazón patina hasta tal punto que parezco una locomotora de vapor en el momento en que sus ruedas chirrían en una curva. Viajo sobre los raíles de mi propio miedo. ¿De qué tengo miedo?. De ti, en fin, de mi sin ti.

La mecánica del corazón es un cuento para niños grandes que alguna vez sufrieron las penas de un corazón voluble. Un cuento sobre tolerancia y supervivencia que esconde un misterio. Tendida sobre la cama con el pie en alto recorro sus páginas como una niña en busca de su secreto.  

La mecánica del corazón. De Mathias Malzieu. Traducción: Vicenç Tuset. Ed: Random House Mondadori. Barcelona 2010. 174 págs.

Posteado por: Concha Huerta | 04/05/2010

La esfera blanca

Noche de insomnio. El calor espanta el sueño. Un calor seco e insólito en abril. Aparto las sábanas enredadas. Los sonidos de la calle se difuminan en montes de arena dorada. Intento una y otra vez alcanzar la cima bajo un sol que ciega. Abro los ojos con la garganta reseca. Una luz brillante se cuela bajo la puerta. Cruzo el pasillo y encuentro la cocina bañada en una luz plateada. Una esfera blanca y perfecta flota frente a la ventana.

–        ¿Qué haces en mi terraza?-.

–         Me he desprendido del firmamento-.

–        Imposible. La Luna no puede caerse.

–        Soy solo una luna de reserva. La Luna se marchó a descansar con el Sol a los trópicos-.

–        No sabía que los satélites tuvieran suplentes-.

–        Resulta muy cansado orbitar constantemente. Le advertí que no estaba preparada, que necesitaba más tiempo- La luna suplente llora y se encoge a cada lágrima.

–        Preparada para qué-.

–        Para iluminar las corrientes del firmamento-.

–        Qué tontería. Todo el mundo sabe que en el cielo no hay corrientes-.

–         Me temo que  el mundo se equivoca. El firmamento está inundado de caminos de almas perdidas- .  

–        ¿Almas perdidas?-.

–        Las almas que vagan por el espacio hasta reconciliarse con sus seres queridos-.

–        No hay nada más allá de la muerte-.

–        Puedes creer lo que quieras. Pero si no consigo iluminar pronto el camino las almas se perderán para siempre. Una verdadera tragedia y todo por mi culpa-La luna suplente del tamaño de un balón de futbol desprende lágrimas de plata.

–        Y cómo te has caído-.

–        Me acerqué demasiado al borde reclamando algún poeta entre hombres ocupados en deseos mundanos. Lo siguiente que recuerdo es encontrarme varada frente a esta estancia-.

–        ¿Y no puedes lanzarte de vuelta?-.

–        Imposible. Necesitaría mil sonetos para recuperar las fuerzas y casi no quedan poetas en la Tierra – dice sorbiendo una lágrima  con su esfera de muñeca.

–        ¿Me puedes mostrar el camino?-.

–        Esta ahí delante, donde luce la estrella más brillante-.

–        Venus, ya la veo. Creo que puedo ayudarte. Espero que un golpe no te haga daño-.

–        Solo me hiere la indiferencia-.

–        Cuando quepas en mi puño te coloco en un tee y te lanzo con un driver-.

–        Una rima sorprendente, inusual y moderna, puede que resulte-.

–        Adiós Luna, no vuelvas a caerte-.

Calculo una línea entre Venus y la terraza, tomo aire y suelto los brazos en una arco perfecto que cruza el aire con un silbido. Al impacto se desprende una estela brillante que se pierde en las alturas. La luna se crece al alejarse. Me parece ver en su rostro dibujada una sonrisa. Se me doblan las rodillas, me arrastro al cuarto y me derrumbo sobre la cama.

Suena una alarma. Las 9:30. Mi hija me trae el desayuno y se sienta a mi lado.  

–        ¿Dormiste bien? Yo con el calor no pegué ojo-.

–        He tenido un sueño extraño. Ayudaba a la Luna a volver al firmamento. Se había caído en la terraza. Pobrecilla. No hacía más que llorar y encogerse. La golpeé con un swing perfecto y se elevó sobre la ciudad y el cielo. Decía ser una luna suplente, pero a mi no me engañaba, era la Luna verdadera.

–        De lunas no sé nada. Lo que si sé es que ayer ganaste tu primer torneo, con el poco tiempo que llevas practicando. Eres la mejor, Mami.

El sol se cuela desde la terraza y enciende una esfera blanca sobre una peana donde se lee II Torneo solidario de Madrid. 1er clasificado de segunda categoría, que me arranca otra sonrisa.

Foto: C. Huerta 

Posteado por: Concha Huerta | 30/04/2010

Compartiendo aulas

Tarde de bochorno. Las temperaturas más altas en veinticinco años. Llegamos al edificio de cristal y acero que alberga los Teatros del Canal. Nuestra primera visita. En la entrada un joven saluda a Marta. Javier, uno de sus compañeros de técnica. Tomamos asiento en el anfiteatro rojo. Tres filas más adelante encuentro el rostro sonriente de Gabi. Qué alegría verla tan recuperada y entre amigas.  

Ocho campanadas. Un joven narra historias del tiempo en que compartió aulas con siete almas brillantes. Los chicos de Historia. Recuerdos teñidos de humor e ironía del dramaturgo Alan Bennet en la Inglaterra de los ochenta. Tras el rugido de una moto aparece José María Pou con el casco de Héctor, el peculiar profesor, más interesado en formar a los alumnos como hombres que como futuros dirigentes. Un humanista que se enfrenta al arribismo del profesor impuesto por el decano para asegurar su  prestigio.

Los chicos de Historia declaman poesía, representan películas, cantan y danzan alrededor de sillas y pupitres en constante movimiento. Escenas cargadas de humor, como la clase de francés donde un prostíbulo se transforma en hospital de campaña, dramatismo de lecturas sobre la guerra y tocamientos ilícitos. Crítica del sistema educativo y la intolerancia. Se palpa la química con un profesor el que idolatran cuya sabiduría abrirá puertas ocultas.

Magnifica adaptación del texto de Benet y la dirección de actores. Nada que envidiar la representación británica. Los chicos de Historia. Una obra premiada en Londres y Broadway que atrapó la vocación teatral del actor y director de Mollet del Vallés. Complicidad con los actores, sobresaliente los chicos, la puesta en escena  y el ritmo. José María Pou despide la obra en Madrid tras 20 meses en salas de toda España.

Al terminar, los aplausos. La compañía saluda ocultando la tristeza por el resultado del Barcelona ante el Inter. Esperamos en la salida de actores. La noche cálida, la luna teñida de brumas. Saludamos a Javier, que nos cuenta que participa otro montaje de Pou, Su seguro servidor de Welles, y a José María, que nos habla de su nuevo proyecto en Estambul, el montaje de La gran sultana de Cervantes y con el que compartí aulas un verano en Berkeley con la edad de estos chicos.

 Los chicos de Historia de Alan Bennet. Traducción y dirección: José María Pou. Con José María Pou en Héctor, Nacho Aldeguer, Javier Beltrán, Albert Carbó, Oriol Casals, Alberto Díaz, Xavi Francés, Ramón Pujol y Juan Vázquez como «los chicos«. Teatros del Canal de Madrid. Hasta el 9 de mayo de 2010.

Posteado por: Concha Huerta | 27/04/2010

Naturalezas pintadas

Domingo por la mañana. Madrid engalanada de tulipanes amarillos y blancos. El Paseo del Prado reluce bajo el sol de verano anticipado.  Paseo cámara en mano por las calzadas vacías de coches. Antes de la plaza de Neptuno, entro en el palacio de Villahermosa y subo a la planta tercera en busca de los lienzos de la colección Carmen Thyssen-Bornemisza que he descubierto en las conferencias que el museo organiza los sábados de esta primavera.

A la izquierda, La Piazza Navona  de Vanvitelli, holandés enamorado de la ciudad eterna. Un lienzo luminoso y panorámico, que recoge la vida cotidiana de la plaza renovada por Innozenzo X. A Vanvitelli no le interesaban las ruinas de Roma sino la vitalidad de la ciudad moderna, en palabras de Mar Borobia, conservadora del museo. Me acerco a comprobar en detalle la cúpula de Santa Inés, las verjas de los palacios, las capas de los paseantes, la majestuosa Fuente de los Cuatro Ríos de Bernini. Una instantánea que celebra con tonos cálidos y contraluces la Roma del dieciocho.

Vanvitelli. Piazza Navona, Roma. 1699

A la derecha,  La soledad de Corot, uno de mis cuadros favoritos.  Un atardecer lleno de brumas frente a un lago y en el centro un tronco centenario sobre el que se apoya una ninfa con una lira. Ninfa o campesina. La visión de Corot es imaginaria, nos desvela Juan Angel Lopez-Manzanares, la representación pastoral de un paisaje idílico. A Corot se le aparecía Italia entre las nieblas de Francia. El cuadro conmueve por su pincelada velada que esconde la tristeza de una perdida. Una pincelada guiada por el sentido que anticipa el impresionismo.

Camille Corot. La Soledad. Recuerdo de Vigen. Lemosín. 1866

Al fondo, La exclusa de Constable. Una barca espera bajo un olmo a que las aguas del rio se nivelen para seguir la corriente, cerca del molino donde el Constable niño se apasionó por la naturaleza. Una naturaleza en la que, según Guillermo Solana, director artístico del museo, el paisajista británico encuentra el sentido a la pintura. Me acerco y observo las briznas de hierba, la espuma del agua que se eleva, el detalle de las hojas y la tensión en los brazos del operario manipulando la compuerta. El lienzo transmite un sentimiento épico, el esfuerzo del hombre en mejorar la naturaleza, la utopía de Constable.

John Constable. La esclusa. 1824

A la salida me sorprende la luz en las fachadas neoclásicas del paseo del Prado. Por un momento me parece reconocer algún balcón del palacio Panfili. En el bulevar, la  fuente de Carlos III, el rey que modernizó la corte, con sus tonos ocres y brillantes. A los lados, parterres de hierba y arbustos salpican el mediodía de verdes de la campiña británica. Una pareja se funde en un abrazo bajo la sombra de un abeto. La misma sombra que anhelaba Corot en sus recuerdos. El Paseo, abandonado de coches, realza los árboles centenarios que la baronesa Thyssen rescató de un destino incierto. Como rescató estos paisajes únicos de la pinacotecas europeas para acercarlos a las gentes de su tierra.

Foto: C. Huerta

Ciclo de conferencias, Colección Carmen Thyssen-Bornemisza. Sábados abril y mayo 2010. Museo Thyssen- Bornemisza.

Posteado por: Concha Huerta | 23/04/2010

Entre reinas

Tarde de abril, de calor y nubes. Encuentro a Gema en el Auditorio entre hombres de azul marino. Me presenta a Manuel R y a Manuel  H. Sonrió. Manuel es el único nombre que nunca olvido. En el interior un murmullo in crescendo. No es para menos. Jordi Savall presenta la  Misa en si menor de Bach, obra magna testamento musical del genio de Turinga. Qué alegría que Gema me invitara a este concierto único.  

Ocupamos cuatro butacas en la izquierda del anfiteatro. En la platea un puñado de sillas relucen a la espera de los músicos del Concert des Nations, el coro La Capella Reial de Catalunya y seis solistas. Aplausos. Las cabezas giran a nuestra derecha. La reina doña Sofía saluda con una sonrisa y toma asiento en la primera fila acompañada de unas amigas. Desde mi butaca la encuentro juvenil y resplandeciente, quizá por el cabello algo más oscuro, quizá por disfrutar de la música clásica, pasión que compartimos.

La orquesta  afina los instrumentos originales que comparten sus vidas. Momento mágico. El proyecto al que el musicólogo Jordi Savall dedicó diez años. Una vida consagrada a la música antigua.  Trece vientos: flautas, oboes, fagot,  un cuerno de caza, trompetas y timbales, y  doce arcos: violines, violas, violonchelos y un contrabajo,  en torno a un pequeño órgano di legño, que marca el bajo continuo con que Bach ensalza a Dios y al Espíritu.  

A continuación el coro. Veintiuna voces que armonizan la maestría en la interpretación de la música de los siglos de Oro con los jóvenes solistas. Y al final el director y padre de este concierto, Jordi Savall, envuelto en una túnica mística. Un movimiento de muñecas y el Auditorio se transforma en una catedral del barroco. Las voces de la Capella Reial imprimen al Kyrie eleison de una fuerza trágica que rescata el sentimiento original de las partituras de Bach y la magnitud de la pieza. La genialidad del compositor de los conciertos y suites que encienden mis mañanas.

En el descanso, Gema, rodeada de una corte de amigos, comenta el concierto entre copas de cava.  Manuel H resalta la voz de la soprano Celine Scheenla, Manuel R la batuta de Jordi Savall y Gema la fuerza del tenor japonés Makoto Sakurada. Yo me confieso fascinada con el coro y los instrumentos antiguos, los giros inusitados del cuerno de caza y Pedro Estévan, el percusionista de los timbales.

Segunda parte. El Santus me traslada a otra capilla donde voces de niñas acompañan la eucaristía. El coro del colegio, los recreos ensayando, el olor a incienso, las palabras que ni Gema ni yo conocíamos. Las palabras dibujadas por un Bach obsesionado con una Misa perfecta.  Llama la atención la pureza de los tutti, los cuartetos y duetos que levantan el espíritu y la interpretación protestante de la liturgia católica. Toda una sorpresa para la época, como la que he sentido esta tarde compartiendo esta experiencia única entre amigos y reinas.

Misa en Si menor. BWV 232. Johann Sebastian Bach. Director:  Jordi Savall.  Le Concert des Nations y la Capella Reial de Catalunya. Solistas: Céline Scheen, Marianne Beate Kielland, Damien Guillon, Makoto Sakurada, Andreas Wolf y Gianluca Buratto.  Auditorio Nacional de Música.  Presentado por Juventudes Musicales de Madrid.

Posteado por: Concha Huerta | 20/04/2010

Nubes y tierras

Colas, cancelaciones, cataclismos. La Tierra se revela con mensajes incandescentes. Las nubes cubren portadas de diarios y empañan escándalos, discursos e hipocresías. El cielo se oscurece y paraliza las metrópolis. Miles de almas atrapadas en aeropuertos inertes. La fragilidad del hombre moderno frente a la fuerza incontestable de la madre naturaleza. Maletas sin destino. El hombre en su afán de abandonar tierras agotadas por ancestros.

Como los personajes de Jhumpa Lahiri, revelación de las letras norteamericanas, nacida en Londres y residente en Rhode Island. Tierra desacostumbrada. Emociones, secretos, historias de familias de origen bengalí en los Estados Unidos que van más allá de las experiencias de inmigración y se empapan de seres de carne y hueso. Padres e hijos, hermanos y hermanas, maridos y mujeres, amigos y amantes. La mirada de Jhumpa Lahiri sobria y delicada y sobrecoge y deslumbra.

Ruma recibe postales de París y  Roma. Las primeras letras en treinta y ocho años de un padre que comenzó otra vida. Celos, incomprensión, silencios, la sorpresa ante un ser desconocido, capaz de enseñar bengalí a su nieto y cultivar hortensias entre rastrojos en la trasera de la cocina. Hortensias, el tributo al amor a su madre fallecida.

Al igual que su mujer, Ruma estaba ahora sola en un lugar nuevo, abrumada, sin amigos, ocupándose de una criatura, todo lo cual le recordaba demasiado a los primeros años de su matrimonio, los años que su esposa nunca le había perdonado.

El cielo y el infierno. El deseo oculto de otra madre que se descubre ante el dolor de una hija abandonada. Sentimientos que Jhumpa Lahiri desentraña con la maestría de quien consiguió el Pulitzer con el primer libro de relatos, Interprete de emociones.  

Tenían en común todo aquello que no tenían en común ella y mi padre: el amor por la música, el cine, la política izquierdista, la poesía. Eran del mismo barrio del norte de Calcuta, las casas de sus familias a un paseo una de otra. Conocían las mismas tiendas, los mismos trayectos de autobús y tranvía…  A mi padre le gustaba el silencio y la soledad. Se había casado con mi madre para aplacar a sus padres, que estaban dispuestos a aceptar su abandono siempre y cuando tuviera esposa. Estaba casado con su trabajo con su investigación y existía en el interior de una concha que ni mi madre ni yo pudimos atravesar.

Hema y Kaushik comparten unos meses una habitación infantil. Dos vidas dispersas plagadas de actividad y parejas truncadas hasta que el destino las reúne en una terraza de Roma. Un fin de semana en la Toscana les mostrará la plenitud de la vida. Una vida que les será negada por las circunstancias y los designios de la tierra.

Todos tenemos un poco de esos seres apátridas que Jhumpa Lahiri describe en sus relatos.  Seres que se enfrentan al destino con la fuerza de la juventud y de los ideales compartidos. Con sus pieles doradas, largas cabelleras y ojos de basalto. Con los temores y deseos de quienes atesoran en el corazón el anhelo de la tierra, empañando la nube de  sus recuerdos.

Tierra desacostumbrada. Jhumpa Lahiri. Traducción de Eduardo Iriarte. Editorial: Salamandra. Barcelona 2010. 348 págs.

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