Posteado por: Concha Huerta | 17/11/2009

Naturalezas de Friedrich

Mediodía de domingo. Paseo a rostro descubierto por aceras inundadas de hojarasca. En el semáforo descubro un plátano espléndido. Su tronco dibuja aguas celestes, verdosas y pardas, marcas del pasado. El plátano conserva un follaje intenso ajeno a los vientos que presagian el invierno. Sus hojas de palmas anchas saludan a azoteas y farolas en una calle sin coches.

Árboles de ciudad. Pedazos de naturaleza entre baldosines y asfalto. Monumentos de calma entre jardines y paseos. Un poco de tierra, maderas y clorofila. Las materias con las que Caspar David Friedrich trabajó la mayor parte de su vida. 

1798. Un joven de cabello lacio y patillas rizadas camina entre hierbas humedecidas de rocío. Escoge una roca y delinea con trazos de carboncillo formas y texturas de plantas. Trascurre la mañana entre nubes y trinos. Necesito la soledad para entrar en comunión con la naturaleza. Luces y sombras, prados y valles, amaneceres y ocasos. Robles y helechos esculpidos en láminas que luego trasmutará en acuarelas y óleos

Un iris azul intenso cegado de nieblas y brumas, de alegrías y penas. Una pintura no debe inventarse, sino sentirse. La naturaleza como objeto místico, la huella de un ser supremo que rige el destino, el rostro perdido del hermano tras el hielo. Un cuerpo concentrado en el aura de los campos y acantilados de su Pomerania natal. En la sabiduría y belleza de lo que le precedió en el tiempo. 

Naturalezas. Porque Caspar David Friedrich vive por y para la naturaleza. El lápiz recorriendo la textura ocre del papel vitela, la tinta inundando hojas y campánulas. El tocón de un sauce cubierto de promesas. El aliento de un abeto. La tarea del pintor de paisajes no es la fiel representación del aire, el agua, las piedras y los árboles, sino que es su alma y su sentimiento lo que ha de reflejarse 

Acaricio la corteza irisada del plátano con ojos teñidos de melancolía y anhelo del joven Caspar David.

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Roquedo con árboles. 1799.

Caspar David Friedrich: arte de dibujar. Fundación Juan March. Hasta el 10 de enero de 2.010.

Posteado por: Concha Huerta | 13/11/2009

Sakamoto en el Price

No sabes el concierto que te perdiste anoche. Fue increíble. El teatro completo, la gente de pie en los pasillos.  Sakamoto presentaba Playing the piano y Out of Noise. Sólo estaban iluminados los teclados de los dos pianos. En uno tenía programados los acompañamientos y tocaba solo. De la oscuridad surgían imágenes y frases que vibraban al rítmo de los acordes. Muy zen, muy relajante.Y las entradas fantásticas. A Javi debió gustarle. Aguantó más de dos horas sin moverse de la butaca.  

Sakamoto nos regaló los mejores temas de sus bandas sonoras, “El último emperador,Feliz Navidad Mr. Lawrence”, “El cielo protector”, con ese estilo suyo tan calmado y brillante.  Lo que  necesitaba despúes de una semana tan liada. Los elgía al azar de una montaña de partituras, nunca repite programas. Recorría el teclado con las manos como si practicara tai-chi, con la cabeza inclinada y el pelo cubriendole la cara, completamente blanco. No imaginas la paz y armonía que irradiaba.

La primera media hora tocó piezas de Out of Noise. Unas composiciones basadas en la naturaleza, el cambio climático, los glaciares, muy cool, muy acústicos. Experimentos con ruidos. Dice Javi que Sakamoto tiene una Web ecológica para reducir co2 plantando árboles. More trees en japonés. No sé cómo se entera de esas cosas. A mí me recordaba a la música electrónica de sus inicios con la Yelow Magic Orquestra.   

Y Almodóvar en primera fila. ¿Sabías que Sakamoto compuso “Tacones Lejanos”? Cuando terminó arrancó tantos aplausos que dolían las manos. Tuvo que salir tres veces. Un concierto increíble. El primero en solitario en diez años. Te habría encantado, con lo que disfrutas del piano.

Y tú, ¿estás mejor?, ¿has podido levantarte de la cama? ¿Concha? ¿Concha? ¿Con quién hablo?

Ryuichi Sakamoto. Playing the piano. 2.009 Europe Tour. Próximos conciertos en España:   

13  Nov – Auditorio de Galicia (Santiago de Compostela)
15  Nov – Auditorio de Girona (Girona)
17  Nov – Kursaal (San Sebastian)
19  Nov – Festival Jazz Cartagena (Cartagena)
20  Nov – Teatro Infanta Leonor (Jaén)

Posteado por: Concha Huerta | 11/11/2009

El cielo de Amenábar

Siete de la tarde. La noche se cierra sobre fachadas y aceras. Entre las azoteas un pedazo azul opaco. Fijo la mirada hasta que aparecen luciérnagas. Haces de luz iridiscente, púrpura, naranja y verde. La espalda contra la hierba. La brisa salada en los brazos desnudos. Acaricio la arena con los dedos y el cosmos con las pupilas. Imagen increíble de un firmamento encendido de estrellas. Nunca imaginé tantos matices en las noches diluidas en el resplandor arrogante de las ciudades. El cielo ancestral sobre una playa de Oahu.  

El cielo de Pitágoras, Ptolomeo y Copérnico. El que envolvió cada ocaso a la Humanidad desde el origen de los tiempos. El que soñó Amenábar en su retiro de Ibiza, otra isla encantada. Alejandría, crisol de culturas, la primera ciudad moderna. Templo del pensamiento clásico. Un lugar al que desearía viajar en el tiempo. No hace falta. Amenábar reconstruye el Ágora con maestría de enamorado de la historia y los verbos. Rostros de otras épocas, mercaderes y sacerdotes, sabios y guerreros. 

Ágora, una película sin fronteras. Alejandro Amenábar dibuja un mundo perdido, dominado por la intransigencia y el fanatismo. Un esfuerzo titánico arropado en una producción excelente. Su mano experta alienta personajes moldeados por una época de convulsiones dramáticas, la debilidad del imperio de oriente, el cristianismo que contagia ideales, tan alejados de las espadas sus intérpretes. La Ciencia que se desvanece bajo un cielo encaminado a las tinieblas. 

El cielo sobre el Serapeo de Alejandría, templo del clasicismo. La complicidad entre discípulos y maestros. Y entre ellos, Hipatia una mujer única que formó lideres durante décadas. Una mujer fascinada con los cuerpos celestes y sus movimientos. Una mente consagrada al estudio y a la duda frente a un mar quimeras. Las constelaciones, la moral, la belleza. Madre, hermana, profesora, admirada y amada por sus discípulos. Un espíritu libre alumbrando un mundo de hombres. 

Rachel Weisz camina arropada en linos blancos y púrpuras con un personaje diseñado a su medida. Inunda cada plano con luz propia y aporta un rostro sereno y armónico a la ciencia. Se transforma en una Hipatia altruista, ajena a las rivalidades entre sus discípulos. Sinesio, Orestes, enamorados de un alma pura. Y se enfrenta a los duelos entre entre hombres y cultos. Envidiada por quienes no consiguieron doblegarla. 

Agradezco a Amenábar el haberme transportado al universo de Ágora. Otros, tiempos, otras gentes, las pasiones eternas,  la grandeza y las miserias del hombre, un ser inperfecto bajo un cielo inmenso y estrellado que recupera la magia de mis noches en Oahu.

Ágora de Alejandro Amenábar. Con Rachel Weisz. España. 2.009

Posteado por: Concha Huerta | 08/11/2009

50 años del Guggenheim

Madrid envuelta en nubes de polvo y nieve. Recorro calles abiertas hasta el Retiro vestido de otoño en busca de vegetación que restaure el aliento. Como los troncos centenarios de Manhattan. El último paseo por Central Park. Robles naranjas y dorados tiñen el lago de trazos impresionistas. Entre dos cuadras, un óvalo luminoso de paredes que se curvan hacia infinito. La silueta inconfundible del Museo Guggenheim de Frank Lloyd Wright cumple cincuenta años. 

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Me enamoré de Wright cuando un Gary Cooper imponente y sosegado se enfrentaba al millonario sin escrúpulos de “El Manantial”. Recuerdo el discurso del arquitecto Howard Roark defendiendo al creador frente a la sociedad de consumo. Pregunté a mi padre qué era un arquitecto. Es alguien que levanta edificios. Pues tendrá manos muy fuertes, contesté convencida. Como las de mi padre, capaz de levantarme con sus palmas anchas sin el menor esfuerzo.  

Leí la novela de Ayn Rand, incondicional del maestro de la arquitectura orgánica, y soñé terrazas en praderas abiertas como Wright, un nombre que me acompañó a través de las décadas. En imágenes de Blade Runner y Black Rain (la casa Ennis-Brown y la fábrica Johnson & Son), con la voz susurrante de Garfunkel en So Long, Frank Loyd Wright, (“Puente sobre aguas turbulentas” Simon & Garfunkel), en colecciones satinadas de hogares privilegiados  entre cascadas y desiertos (Fallinwater, Taliesin). 

Y el Museo Guggenheim cuya apertura en octubre de 1959, tras dieciséis años de bocetos, conmocionó al mundo. El sueño del coleccionista de pintura no-objetiva interpretado por el mejor arquitecto de América. El museo definitivo. Una obra de arte en sí misma que conjuga humanidad y Naturaleza con alegorías geométricas. “El círculo, el infinito; el triángulo, la unidad estructural; la forma helicoidal, la aspiración; la espiral, el progreso orgánico; el cuadrado, la integridad”. (F.Ll.Wright, 1912).

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Fotos: M. da Silva

El Guggenheim. Escenario único que envuelve las almas que traspasan sus puertas. Desde la cúpula hasta la planta baja en un movimiento fluido y elíptico que evita pasillos y aglomeraciones. Detenerse provoca un ligero mareo, el equilibrio moderno no entiende lo oblicuo. Un espacio curvo que se define por el movimiento de los cuerpos dentro de ese espacio. “Me encanta este edificio cuando está vacío, la sensación de misterio creada por vacío, luces y sombras. Me encanta el edificio cuando está ocupado, el sentimiento de celebración que genera. Una celebración de Arte y Arquitectura”. (Diana Agrest. 1994) 

Observo una foto de Frank Lloyd Wright nonagenario sentado al lado de la maqueta del museo que no vio terminado, con su sombrero de ala plana y el bastón entre las manos entrelazadas. Unas manos únicas que dibujaron puentes hacia el  infinito.

 

Frank Lloyd Wright. Museo Guggenheim-Bilbao. Hasta el 14 de febrero de 2.010.

Posteado por: Concha Huerta | 04/11/2009

Obamaland

Azul y blanco. Me dejo caer sobre una playa desierta y entierro los pies en arena bañada en susurros de arrecifes. Abro los ojos. Parpadeo en la oscuridad de la cabina. Un chorro de aire rasga los ojos cubiertos de máscaras. Al fondo una azafata dormita sobre una puerta metálica. Intento abandonarme al reflejo del sol sobre las olas, al follaje salpicado de amarillos y fucsias, a la paz de los días en Oahu. En el regazo, la foto del Presidente Obama repartiendo caramelos con una sonrisa franca y la mirada relajada. La complicidad de un Nobel en su primer año al frente de la Casa Blanca.    

Descubro sus recuerdos, los años en que Mamá Annie le recogía en el patio de palmeras de Punahou, la casa de Alexandre Gardens, los juegos en las aguas transparentes de Waikiki a hombros de Gramps Stanley, los paseos en el triciclo azul, las navidades con la abuela Tut, los compañeros de juego japoneses, polinesios, americanos. “Gracias a Tut, Gramps, Choom, Gang y Ray por todos los buenos momentos” (Dedicatoria del album de su graduación en 1979). 

4 de agosto de 1961. Un padre orgulloso recibe al hijo nacido bajo el signo de los reyes en el Hospital Kapiolani. Barack H. Obama. Un aventurero que abandonó dos años antes los pastos de Kenia por el sueño americano, para estudiar en la Universidad de Honolulu, capital del novísimo cincuenta estado de la Unión, donde conocería a Anne, una joven recién llegada de Wichita. El campus de Manoa, un valle mágico al norte de Waikiki. El resto lo haría el destino. 

Foto: Alex Brandon/Associated Press

Un chico y  una tabla. Su piel resalta sobre la espuma mientras bracea entre olas. “Me siento a gusto en mi propia piel” (Rolling Stone, 30-12-2004). Ser diferente de amigos y vecinos le enseñó a crear lazos y armonizar criterios, el germen de su ideología. Barry sale del instituto y pasa la tarde sirviendo helados en Baskin Robbins. Su primer sueldo. Jovial, tranquilo, buena cabeza dirán sus maestros. Hay algo en este joven que le hace único. “Tengo la impresión de que puedo convencer a cualquiera que hable conmigo”. (Time, 20-2-2.006) 

La isla de Oahu  le rinde homenaje en cada rincón que vió crecer al futuro presidente. El hombre de la esperanza y el cambio. Un “superhombre” reclamado por una America desencantada de la clase política, que surgió de una isla del Pacífico. La tierra que le acoge en los hitos de su vida, la boda con Michelle, el adiós a sus seres queridos, la campaña para las presidenciales. Encontramos su foto sonriente en restaurantes, playas y tiendas. Un taxista orgulloso nos señala unos techos amarillos de camino al aeropuerto. “Allí estudió el Presidente Obama cuando era niño”.

Foto: A.P.

Homenaje al Presidente Barack Obama en su primer año al frente de la Casa Blanca.

Posteado por: Concha Huerta | 30/10/2009

Waikiki

Amanecer en Waikiki. El sol se cuela entre los ventanales. La vista desde el piso catorce impresiona. Aguas turquesas de un océano dormido al pie del cráter tamizado en verde del Diamond Head. Calor seco, silencio. No llueve en el sur de la isla. Un ave sobrevuela el puñado de palmeras reales de la piscina. Torres blancas se alzan sobre la arena blanca. Atrás quedaron la selva, las montañas y las playas desiertas.

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Honolulu ciudad brillante, escaparate de marcas, lujo entre palmeras. Calles repletas de restaurantes, centros comerciales y orquídeas. Cuerpos esculpidos con tablas bajo el brazo. Ajetreo y limusinas. Japoneses, americanos. Crisol de culturas, cruce de caminos en el centro del Pacífico. Una playa privilegiada. El océano salpicado de tablas y velas.

En el centro, el Palacio´Iolani, residencia de reyes. Las columnas y escalinatas del rey Kalakaua, viajero incansable que difundió la cultura hawaiana y estableció el comercio de caña con América, marcando el destino de las islas. Las terrazas envueltas en la melodía  Ka Ipo Lei Manu,  los versos que la reina Kapi`olani ofreció al rey en su último viaje. Y en el jardín, el banyán centenario que libera la hierba del sol espléndido con su entramado de raíces y troncos.

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En la tarde visitamos la Academia de Artes, el sueño de Anne Cooke de consagrar la cultura en las islas. Asia, África, Oceanía, maestros europeos entre muros tradicionales diseñados por Goodhue en 1927. Y la exposición Treinta y seis vistas del  Monte Fuji de Hokusai (1760-1849) maestro japonés del  ukiyo-e, el grabado en planchas de madera. Una muestra de las 500 piezas que donó el púlitzer J. A. Michener, al museo en 1991. Escenas de campesinos, pescadores y cortesanos. Colores elegantes y trazos delicados de la época Edo. La imagen azul y blanca de la “Gran ola desde Kanagawa”. Espuma y aguas envolviendo la cumbre blanca, el faro del reino.  

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Volvemos al hotel y a cerrar las maletas. El patio vestido de guirnaldas blancas. Violines, flores y alianzas. Corre una brisa fresca. La ciudad se llena de luces y gentes. Sushi, mai-tais, nueces de macadamia, conos de helados arcoíris. Tiendas abiertas hasta la madrugada. Voces de terciopelo, oukaleles, guitarras. Jóvenes con tatuajes y chanclas. Honolulu. Una ciudad que palpita en la noche. Paseamos descalzos sobre la arena húmeda para absorber los últimos aromas de la isla. 

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Fotos: C Huerta y M. da Silva

  `Iolani Palace. 364 South King Street. Honolulu. Abierto de lunes a sábado. 9 a 5. Honolulu Academy of Arts. 900 South Beretania Street. Abierto de martes a domingo. 

Posteado por: Concha Huerta | 28/10/2009

Aloha girls

Manos de piel canela tienden coronas sobre hombros que desprenden aromas de magnolias. Manos delicadas tejen cada mañana plumerias rosadas y blancas de corazones amarillos recién cortadas. Aloha, un sentimiento transformado en lei de flores frescas. Hermosa ofrenda a los visitantes de la isla. 

Manos mágicas recorren cuerpos vencidos por el cansancio, bañadas en esencia de kukui, liberando la energía apresada tras diez horas de vuelo. Una odisea hacia el este para alcanzar estas islas, las más aisladas del Pacífico, las más deseadas.  Manos firmes alzan brazos y piernas al ritmo del lomilomi, el masaje tradicional de las islas. 

Manos tiernas tejen cestos de hojas de palma y ofrecen cocos, piñas y bocados de kalua, cerdo de la isla asado a fuego lento bajo la arena envuelto en hojas de plátano.Y las mazorcas más dulces de estas tierras. Ofrendas del Luau. Frutos del paraíso sobre la arena. Una experiencia única. 

Manos aladas que narran historias de amor y promesas, de montanas y valles, de arcoiris y océanos. Que acarician la brisa entre la frente y las estrellas bajo una cascada de cabellos ensartados de orquídeas. Que envuelven el aire en ecos de oukalelee  y alzan caderas onduladas con las mareas. Hula al atardecer en la playa. 

Manos de niña que acogen en el seno pacífico de estas tierras primitivas el alma viajera que se inunda de energía y calma y se abandona a las olas y el cielo. Mahalo.

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Posteado por: Concha Huerta | 25/10/2009

Finding LOST

El Royal Hawaian Theatre inundado de cámaras.  El Festival de Cine de Hawaii premia a Damon Lindelof y Carlton Cuse, creadores de PERDIDOS (LOST), por el impacto de la serie en la isla. Por la mañana, clases magistrales de director y productores. Por la noche, la gala a la que asisten Sun, Ben, Locke y Hurley entre aplausos de seguidores entusiastas. Nunca la ficción alcanzó cotas tan altas. El cine está en crisis. Hollywood ha perdido su musa. La televisión encabeza la ficción con guiones y actores de primera fila.  

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Terry O´Quinn y Jorge García

PERDIDOS una serie de éxito. Un misterio narrado entre tiempos que exige al espectador recordar cada capítulo. Una explosión de foros en la red que interpretan cada imagen. Actores que desconocen sus líneas hasta el rodaje, entregándose en cada capítulo. Personajes a medida de los intérpretes. Sun nació de una entrevista con Yunjin Kim y Hurley del propio Jorge García. Locke de la intuición de Terry O’Quinn para construir un profeta sin destino.

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El productor ejecutivo Jack Bender, Yunjin Kim y Carlton Cuse

Y Ben soñado para Michael Emerson. Sus amigos le advirtieron que PERDIDOS resultaría duro. El actor de Nueva York creyó que exageraban, rodar en Hawái parecía agradable. En la primera toma le ataron a un árbol y le torturaron. Actuación impecable que convirtió el tándem Ben/Locke en una de las claves de la serie. Ovación de la sala por el Emmy de la quinta temporada. Sorprende su carácter afable e inquieto, opuesto al rostro  frío y calculador de Ben Linus.  

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Michael Emerson y la Dra. de producción Jean Higgins

Imágenes para el recuerdo. Sun despidiéndose de Jin al embarcarse en la balsa y el perro intentando alcanzarla. El encuentro entre Kate y Jack en L.A. que descubre que salieron de la isla. Y la escena en que Ben impide el suicidio de Locke y luego le estrangula. Otra  actuación memorable de Emerson. Al final la pregunta inevitable, los planes para después de PERDIDOS. Es como si le preguntan a una parturienta si desea tener más hijos, contesta Cuse con palabras que destilan melancolía. De la nueva temporada poco o nada. Lo único seguro es que Ben recibirá otra paliza y que Vincent se salvará.

Al día siguiente encontramos los tráileres de PERDIDOS al pie de Makupuu Head, al este de Honolulu. En las puertas el nombre de Jack y Hurley. En lo alto, la trasera de un decorado, cámara, micrófono y tres figuras. Tomamos unas fotos. Quizá en el episodio final aparezcan nuestras sombras. Tendremos que esperar a enero para conocer los misterios del Oceanic 815.

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Fotos: M.da Silva

HAWAII INTERNATIONAL FILM FESTIVAL. Hasta el 25 de octubre de 2.009.

PERDIDOS (LOST ) se emite en España en CUATRO los martes a las 23:15 (Quinta temporada)

Posteado por: Concha Huerta | 23/10/2009

Parque jurásico

Selva tropical. No reconozco los troncos ni las hojas de verdes intensos. Ascendemos una ladera escarpada por cañadas estrechas. Las montañas sagradas de Koolau. Residencia de reyes, refugio y santuario. El primer asentamiento nativo hace mil años. El guía nos descubre los misterios de la naturaleza entre bandazos y verjas.

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Cae una lluvia fina. Siempre llueve al oeste de la isla. La humedad que arrastran los vientos del noreste se precipita sobre las cimas. En las laderas surgen torrentes y cascadas entre troncos entretejidos de los hau, hibiscos de corazones verdes y flores amarillas y naranjas. Bajo las copas de los kuku‘i, el árbol nacional de Hawaii, de hojas pálidas y bayas negras de los leis de la realeza, y de los hala de hojas alargadas y frutos como piñas. La humedad del aire empapa la ropa y tamiza el aire. Un puñado de vacas dormitan en el mayor rancho de reses de la isla, conservado desde 1850 por la misma familia. 

El camino sinuoso alcanza la cima y se abre al valle Hakipu‘u, una extensión fértil entre las montañas que quita el aliento y nos traslada al jurásico. Los pastos  frondosos refrescados con las sombras de las copas magestuosas de los ohai y de los mangos de brotes teñidos al tono de la fruta madura. En los márgenes papayas apiñadas en troncos estrechos bajo manojos de palmas. Al fondo una playa bañada en el océano calmo frente al islote que recuerda un sombrero chino. El cielo se abre y enciende la hierba de este paraíso grabado en la memoria por el celuloide. 

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Los dominios del gran mono blanco, el cielo inundado de cazas en su camino a Pearl Harbour, los troncos que protegieron científicos de bestias extraídas al ámbar. Y desde hace seis años el escenario de LOST la serie mas vista de la última década.  Paseos de Hurley en la furgoneta recién arreglada, caminatas de Kate, Jack, Ben y Locke entre la selva y la playa, el campamento de “Los otros” en los cincuenta. Un remanso vasto e imponente entre picos recortados en verde y playas blancas.

Un murmullo ancestral aflora desde la garganta. Un canto a la divinidad que ha hecho posible este milagro. Una explosión de lava. Unas semillas que alcanzan la tierra fértil, calor y agua. Desearía poder capturar sus tonalidades con palabras. El aire vestido de hierba fresca, frutas y mareas inunda las venas con un soplo de vida eterna.

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Fotos: M.da Silva

Kualoa Ranch. Adventure tours. Kahalu’u. Costa este de Oahu. Hawaii.

Posteado por: Concha Huerta | 19/10/2009

Dioses y hombres

En el principio…, dijo Dios: “Haya luz” y hubo luz. Dios vio que la luz era buena, y separó la luz de las tinieblas. Dios llamó a la luz “Día” y a las tinieblas “Noche”. Atardeció y amaneció: fue el día primero.

Las palabras del Génesis alcanzan mis labios mientras contemplo atónita la puesta de sol sobre el acantilado. Cada atardecer recorremos la costa en busca de lugares prohibidos donde compartir el resplandor de los días. Paraísos entre corales y  montañas cubiertas de un majestuoso manto verde.

El sol que ciega se va venciendo hacia las olas hasta que su masa incandescente es engullida por el horizonte. Al contacto con el agua, el aire se inflama de tonos encarnados y naranjas que tiñen las nubes de arcoíris. Los últimos rayos se filtran entre las nubes y lanzan haces de luz sobre el océano. El lenguaje de Dios sobre la tierra.

 La grandiosidad de las imágenes paraliza el aliento y nos muestra nuestra nimiedad frente al infinito. El océano poderoso va calmando sus ansias hasta ondular sus aguas y recoger la fuerza de las corrientes. Un joven bruñido aprovecha las últimas luces para deslizarse sobre el manto húmedo de Hina, la diosa del ocaso.

Atardecer en Kulima, Kawela, Waimea, playas que salpican la costa noroeste de la isla de Ohau.  Sentada sobre la arena blanquísima de Mokuleia, la playa escogida por J. J. Abrams  para rodar el primer episodio de LOST, siento el cuerpo ligero y la mente descargada de pensamientos. Destellos, formas, colores. Borrachera de imágenes, sonidos eternos. Me pregunto si seré capaz de encontrar el camino de vuelta  a la rutina diaria. 

Fotos: M. da Silva

 

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