Posteado por: Concha Huerta | 21/01/2010

Víctimas

Me he enterado de la muerte de Raúl por el periódico. He tropezado con su nombre frente a una taza de café aguado y un suizo envuelto en plástico mientras la matrona de blanco preparaba mi paseo diario. Otra víctima bajo los escombros de Puerto Príncipe. Se había incorporado en agosto a las misiones de Naciones Unidas en Haití. Tenía 47 años. Qué absurdo que haya muerto antes que yo. Deja mujer y cuatro hijos. Tan desconocidos como mi propia familia. Tanto tiempo sin saber nada de él. Toda una vida desde el accidente. 

El accidente. Mis veintisiete años cabalgando por Madrid en la Kawa brillante. Una ciudad sin coches, semáforos, ni reglas. Todo el día sobre el asfalto. De mi casa al trabajo. Del trabajo a la casa de Isabel. Dos mujeres. Dos niños invisibles. Cuatro amigos de toda la vida. Acelerando el tiempo entre unos y otros. Sexo, alcohol y rayas.

El accidente. Los segundos infinitos de vuelo. Pastillas de freno rasgando el casco blanco. Huesos  impotentes contra el acero. Un quiebro que lo tiñe todo del rojo al negro. Tímpanos diluidos en un silbido que se desvanece en ecos de voces de niños riendo, ¿de mis hijos?, ¿de cuando yo era niño? La Nada. Un segundo o una vida. La asfisia entre tubos y luces fluorescentes. Caras amordazadas en verde. Vuelta a la Nada. Ojos sin cuerpo frente a una pared blanca. No estoy ahí, no puedo escapar de ahí.

El hospital. Nacho, Raúl y Juanma. Padre, madre, tía Piluca. La Chica, Isabel. Una sucesión de rostros aguados por la impotencia desvaneciéndose en el hueco de una pierna ausente. Todos menos Raúl. Día a día insistiendo en que me esforzara un poco más, con sus bromas, con sus sonrisas. El único de los dos que confiaba en el futuro. Meses en un purgatorio de bisturíes, tornillos y máquinas. Rabia contra todo y sobre todo contra ese cuerpo desgarrado que ya no era el mío. Al final el universo de dolor en el que no cabía nada ni nadie terminó expulsando también a Raúl.    

La última vez que vi a Raúl estaba llorando. Su imagen imponente y desesperanzada visitó anoche mi insomnio. Su silueta resplandeciente diluyó al instante todos los demonios y me abrió al paraíso de la nada. A lo lejos, voces de niños riendo, ¿de mis hijos?, ¿de cuando yo era niño? Todavía me desconciertan aquellas voces inocentes.

Puerto Príncipe.  Foto: EFE.

AYUDAS a la víctimas del terremoto de Haití: SAVE THE CHILDREN 902 013 224; ACCION CONTRA EL HAMBRE: 902100882; MEDICOS SIN FRONTERAS: 902 03065

Posteado por: Concha Huerta | 19/01/2010

Historias de Paula Rego

Domingo por la mañana, otro día gris envuelto en agua. Tres semanas de mar de fondo y lluvias. A las 12.30 nos aventuramos a una calle en blanco y negro. Los pasos nos conducen a las pirámides encarnadas de la Casa de las Historias de Paula Rego. Dejamos los abrigos y el paraguas con unas manos solícitas, mientras otras nos marcan el inicio de la exposición al fondo de la sala.

Los primeros trazos en la Slade School. Una Paula Rego de diecisiete años abandona Estoril hacia las Islas Británicas. De las telas a los collages. La promesa de una obra original y fresca. O exilio (El exilio) de 1963 con sus figuras redondeadas y noticias encoladas. Tras el hueco de la esquina los grandes formatos de los ochenta. Personajes rescatados a la imaginería de las óperas a modo de tiras cómicas. Falstaff, Rigoletto, Aida. Un cocodrilo sobre a una niña entre conejos, monos y figuras deshechas.

Tras otro recodo los pasteles, textura favorita de la artista desde la Mulher Cao (Mujer perro) de 1994. Increíble la fuerza que Paula Rego alcanza en un medio tan delicado. El rostro omnipresente de Lila, su modelo a través de los años. El famoso Anjo  (Angel) de 1998,  la Amelia de O crime do Padre Amaro (El crimen del Padre Amaro), uno de sus primeros encuentros con la literatura con la que tanto comparte. Porque los cuadros de Paula Rego cuentan historias. Historias fijadas en su imaginario a través de los años. Yo no hago arte. Pero lo que hago lo hago cada vez mejor.

Algunas imágenes resaltan entre las paredes blancas. La mirada de  la Coelha gravida a contar aos país (Coneja embarazada contándoselo a los padres) de 1982, la silueta oscura del gato en A filha do policía (La hija del policía) de 1987. La textura de las telas, mantas y pieles en Branca de Neve engole a maça envenenada (Blanca nieves se traga la manzana envenenada) de 1.995, el ángel de la serie Ciclo da Vida da Virgen  de 2002. Y, sobre todas, el gravado Jane Eyre en blanco y negro.

Reconozco a esta Jane de Paula Rego, las vestiduras que cercenan un cuerpo de niña, la sumisión de alumna eterna, la revelión contenida en una falda. Esta Jane sin rostro, consciente de su baja estatura, de la pobreza de sus vestiduras, de la falta de atractivo para un mundo dominado por la soberbia. El cabello retorcido en dos trenzas de niña, anhelo de ser y sentir esa vida para la que no ha nacido. Cuanta fuerza hay es este retrato escondido.

Jane Eyre. Litografía. Serie Jane Eyre. 2002. 

Casa das Historias de Paula Rego. Av. da República 300. 2750-475.  Cascais.

Posteado por: Concha Huerta | 15/01/2010

Estrellas en Tavares

Oscuridad y silencio. La Marginal horadada en un túnel de silencio bajo un cielo sin luna. Abro la ventanilla para liberar los cristales empañados de incertidumbre. A la izquierda un pozo sin fondo de mareas. Me parece escuchar el quejido inamovible de cien mil almas atrapadas en la espuma. Un quejido que encoge el alma. El aire se inunda de salitre y se diluye en el paladar que se enciende con las esencias marinas del Tavares.

Abandonamos la lluvia de Cascáis y nos encontrarnos con la familia lusa en este espacio rescatado al Chiado, corazón de Lisboa, por la nueva cocina del Chef Jose Avilez. Las puertas de nogal del Tavares enmarcan la rúa de la Misericordia desde hace doscientos años y sus paredes doradas y espejos venecianos los momentos más relevantes de la historia de Portugal. Eça de Queiroz, Guerra Junqueiro, Ramalho Ortigao entre las mesas que ahora ocupamos. Un privilegio.

Murmullos de promesas, saludos y acuerdos vuelven al restaurante más antiguo de Portugal entre platos helicoidales que destilan aromas del mar y del campo. La imaginación de José Avilez redefiniendo sabores y texturas de la tradición lusa. Perfeccionista y osado, Avilez se hizo cargo de los fogones del Tavares hace dos años logrando con su intuición y saber hacer liderar la cocina de su tierra.

Escojo una ensalada de verduritas y pétalos en su justa medida y una lubina cocinada a baja temperatura que se deshace en el paladar entre vestigios de ondas marinas. Probablemente la mejor lubina que haya probado nunca. Pregunto a José Avilez su secreto. Sellada al vacío, veinte minutos al baño María, a 54 grados, con el «agua de mar” de cocer las algas y bivalvos que la acompañan. Elaborada siguiendo los mandamientos culinarios de este joven chef formado con Ferrán Adrià y Alain Ducasse. Supremacía del sabor,  técnica al servicio del producto más fresco y actualización de la tradición portuguesa. Un milagro de la culinaria moderna.

Cenar en Tavares es un ritual. La presentación y los vinos nos trasladan a las mesas de París o Londres. El salón reluce como la estrella Michelin que recibió en noviembre. Cada plato requiere su tiempo, un tiempo  que rescata el sosiego de las tertulias decimonónicas y permite  compartir una buena mesa.  Nosotras tuvimos suerte. Llenamos el paladar de nuevos sabores y el corazón de palabras de quien más nos admira y quiere. Todo un lujo.

Restaurante Tavares. Rúa de la Misericordia nº 35.  1200-270 Lisboa. Tel. +351 21 3421112

Posteado por: Concha Huerta | 12/01/2010

Sherlock Holmes

Lluvia y viento. Las tardes se consumen en la inmovilidad tras las ventanas. Desafiamos la climatología sobre caminos abandonados de luces hasta Beloura y nos arrebujamos en dos butacas azules ansiando imágenes que coloreen tantos grises. Las de Robert Downey Jr. y Jude Law en el estreno de Sherlock Holmes. No se si deseo volver al personaje de Conan Doyle, pero la curiosidad de ver a un actor americano en un papel tan británico me vence. Y la presencia del Jude Law, el actor que nos enamoró sobre las tablas de Hamlet, me convence.

La historia atrapa de inmediato por su ritmo, sonoridad e imagen. Escenas vibrantes entre puertos y puentes, coches de caballos, levitas, porcelanas y pastas. Guy Ritchie nos traslada al Londres victoriano apoyado en efectos digitales impecables, quizá los mejores hasta la fecha. Las historias de Conan Doyle seducen a Ritchie desde la infancia y Ritchie seduce con su imaginario de Holmes tras el éxito de RocknRolla. “Hacer películas es como una fantasía” y desde luego el resultado es fantástico. La historia funciona y desprende sintonía entre equipo. Complicidad entre Ritchie, Downey Jr. y Law que traspasará las salas.

Holmes sorprende. Robert Downey Jr. está viviendo un período formidable en su carrera, tras Iron Man y The Soloist. Nominado a los Golden Globes,  su personaje destila credibilidad y simpatía, más cercano a un héroe callejero que a la imagen del detective de novela. Un Holmes que desarrolla sus músculos, desde el cerebro hasta los gemelos y bíceps. Originales las escenas que desvelan su pensamiento ante la carga inminente de los puños, nota distintiva del director británico. El resto, caprichoso, descuidado, sagaz con un toque único.  

El Dr. Watson de Jude Law será el contrapunto.  Militar caballeroso y pulcro consciente de una amistad que le absorbe y aleja de sus propias metas, leal con el compañero que defiende y admira entre la consulta y los dados. La química entre los personajes es única. Se diría que Downey Jr. y Law hubieran compartido escenas desde niños.

Guy Ritchie dirige una historia basada en las tiras cómicas de Lionel Wigram que aúna conjuras y ocultismo, inventos y política. La conquista del poder supremo, traspasar las cadenas de la muerte,  los anhelos del hombre desde las cavernas.  De la mano de un villano de noble cuna y bajo espíritu, interpretado por un impecable Mark Strong.

Y Rachel McAdams como Irene Adler, la americana que una vez desarmó al héroe. Inteligencia, curvas de vértigo y labios de ensueño al servicio del malvado Moriarty cuya presencia entre sombras abre la puerta a una secuela cargada de rumores. ¿Será Brad Pitt el nuevo Moriarty?

Sherlock Holmes. Dirigida por Guy Ritchie.  USA 2009. Estreno en  España el 15 de enero de 2.010

Posteado por: Concha Huerta | 09/01/2010

El primer hombre

Atardecer en Cascáis. El aire se condensa entre añiles y violetas en un cielo rescatado de cúmulos sobre la costa. El viento vence tallos y hojas encendidas por un sol acechado por corrientes del  Mar del Norte.  Los azules se precipitan a la noche prematura y se reflejan en la superficie cristalina abandonada desde hace meses. Una gota emborrona su imagen pulida, luego otra y otra, hasta que el espejo se inunda de ondas. Me pregunto de donde vendrán aquellas gotas.

Como las que describe Camus en “El primer hombre”, la novela que perdió a su dueño en una carretera comarcal hace cincuenta años. “El primer hombre”, la prosa definitiva de Camus, su proyecto más personal, la clave de su inspiración y sus letras. 

Cuantas veces habré recorrido esas páginas incompletas salpicadas de esencias africanas, de coraje de una madre siempre de negro, sumergida en un mundo sin palabras, entre fregonas y la habitación que compartió con dos niños apartada de sus ilusiones y juegos.  La madre que pasaba los atardeceres frente a la ventana, perdida en un mundo que no era para ella. La madre que Camus veneraba sobre todas las cosas, mi madre es la causa más importante que conozco en el mundo (Albert Camus. «Cuadernos»), la que elevó sobre la Justicia en aquel discurso tan contestado ante el Nobel. La madre que revistió de humildad a este profeta del alma.

Y Argelia. Las mesetas brillantes, las rocas esculpidas, el mar infinito y cambiante. La sensualidad de sus arenas onduladas. La luz y el calor en su apogeo. La armonía de los elementos.  Recuerdos de infancia. La fascinación por el aprendizaje,  la nobleza del profesor de instituto que rescató sus manos de la dictadura del sustento.  El padre que nunca tuvo. Las lágrimas ante el túmulo del joven arrebatado por la brutalidad de la Gran Guerra. Tan joven, tan inútil.

Dunas de Argelia. Foto: Aetxaba

“El primer hombre”. La promesa de una obra definitiva delineada con descripciones antológicas, la luz y el calor de su tierra, la armonía entre los elementos, el ansia del abrazo absoluto entre el hombre y la naturaleza. La última conversación entre Camus y Galimard, su editor y compañero, al volante del Facel Vega. La niebla usurpando los caminos de Villeblevin, las gotas densas, el barro sobre el asfalto. Y  el tronco definitivo del plátano que truncó la vida del Nobel  a los 46 años, tan jóven, tan inútil.

Francia discute si trasladar los restos de Camus al túmulo más noble del Panteón parisino. Sus lectores veneran sus letras desde hace cincuenta años. Las páginas de “El primer hombre” me acompañan en mis viajes y ocupan un lugar de privilegio entre mis joyas más preciadas. Y cada e enero, saludo con sus palabras el Año Nuevo.

En lo alto, sobre la carreta que rodaba por un camino pedregoso, unas nubes grandes y espesas corrían hacia el este, en el crepúsculo. Tres días antes, se habían hinchado sobre el Atlántico, habían esperado el viento del oeste y se habían puesto en marcha, primero lentamente y después cada vez más rápido, habían sobrevolado las aguas fosforescentes del otoño encaminándose  directamente hacía el continente, deshilachándose en las crestas marroquíes, rehaciendo sus rebaños en las altas mesetas de Argelia, y ahora, al acercarse a la frontera tunecina, trataban de llegar al mar Tirreno para perderse en él. Después de una carrera de miles de kilómetros por encima de esta suerte de isla inmensa, defendida al norte por el mar moviente y al sur por las olas inamovibles de las arenas, pasando por encima de esos países sin nombre apenas más rápido de lo que durante milenios habían pasado los imperios y los pueblos su impulso se extenuaba y algunas se fundían ya en grandes  y escasas gotas de lluvia que empezaban a resonar en la capota de lona que cubría a los cuatro pasajeros.  (Albert Camus. «El primer hombre», pág. 1)

«El primer hombre«. Albert Camus. Colección Andanzas. Tusquets. 2003. 304 pags.

Posteado por: Concha Huerta | 05/01/2010

Bright Star

Murmullos, despedidas, crepitar de envoltorios metálicos. El ritual tras las fiestas cada año. La casa encendida de guirnaldas y bombillas intermitentes. Sobre el aparador una estrella reluce en cada punta.  Se cierra la puerta y el silencio retorna a la sala. Tras la ventana una luz brillante parpadea. Una estrella en un cielo húmedo tras otro día de lluvias.

Desearía compartir las artes de Neruda y poder rescatar en un soneto su brillo intermitente, su valentía ante lo infinito, su bagaje de recuerdos. O las de aquel que sus manos atesoraban entre lomos de piel y cajas de conchas. Bright star, would I were stedfast as thou art. Los versos que Keats dedicó a Fanny, la joven costurera que cautivó su alma.

1818. Dos jóvenes pasean en la campiña del norte de Londres.  De sus corazones inocentes nacerá una fuerza que alcanzará las más altas cotas del lirismo.  Jane Campion dibuja un delicado retrato de una pareja que pudo ser y no fue por las convenciones sociales y los celos de los que querían a Keats consagrado a sus letras.

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De la mano del director de fotografía Greig Fraser, Jane Campion recrea con la maestría que desveló en “The Piano” (1993), la vida en la Inglaterra del XIX, sus rutinas cotidianas, la exuberancia del paisaje, el murmullo de páginas y telas.  La exaltación romántica de la belleza. Con un tempo alejado de la dictadura cotidiana de lo inmediato, la tecnología, las máquinas. Un tempo que envuelve versos prendidos en el aire en el lenguaje de los enamorados. El tempo de los poemas de Keats.

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“A thing of beauty is a joy for ever/ Its loveliness increases; it will never pass into nothingness/ but still will keep a bower quiet for us, and a sleep/ Full of sweet dreams, and health, and quiet breathing.” – (Endymion, John Keats).

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Ben Whishaw, el joven actor de Bedfordshire, encarna a un Keats (Londres 1795-Roma 1821) marcado por las penurias económicas y la fragilidad que tan pronto le arrancaría de las letras, su universo privado. La australiana Abbie Cornish será Fanny, la prima rebelde que se expresa a través de  la costura, como hiciera Ada (Holly Hunter) en “The piano” con la música. El sello de la directora neozelandesa en sus protagonistas. Una Fanny que observa al joven Keats tras la ventana y que encenderá su corazón fatigado con un deseo trasmutado en rimas. Con un deseo no, con Amor, en mayúsculas. Con el sentimiento del que surge la vida, las cualidades del hombre, el reflejo de Dios en la Naturaleza.

Silencios, pespuntes, dobladillos. La belleza de la campiña inglesa, los murmullos de las visitas en las antesalas. Las cortinas mecidas por la brisa. Imágenes impresionistas. Las palabras que trascienden a los hechos, las rimas que se elevan hacia un cielo originario y brillante.

[Bright Star Tarkovski[8].png]

Bright star, would I were stedfast as thou art
Not in lone splendour hung aloft the night
And watching, with eternal lids apart
Like nature’s patient, sleepless Eremite
The moving waters at their priest-like task
Of pure ablution round earth’s human shores
Or gazing on the new soft-fallen mask
Of snow upon the mountains and the moors–
No – yet still stedfast, still unchangeable,
Pillow’d upon my fair love’s ripening breast,
To feel for ever its soft fall and swell,
Awake for ever in a sweet unrest,
Still, still to hear her tender-taken breath,
And so live ever – or else swoon to death.

Bright Star. Escrita y dirigida por Jane Campion. U.K., Australia, Francia. 2009.  Estreno en Portugal: 14 de enero de 2010. Estreno en España: 3 de septiembre de 2010.

Posteado por: Concha Huerta | 02/01/2010

Amor al mar

Tormentas, aguaceros, el cielo desplomándose sobre nuestras cabezas, el agua inundando cauces y riberas. Terminó el año dominado por una Naturaleza que quiso recordarnos su presencia. A mediodía una tregua. Recorro caminos de piedra teñidas de musgo, entre hojas vencidas por las aguas.  El cielo resplandece sin rencores y da paso a un sol de enero que calienta.

Un par de niños corretean desnudos en la playa de La Duquesa sobre el lecho húmedo rescatado a las mareas. En la orilla, restos de corales y algas arrebatados al fondo marino por las olas revueltas. Un destello sobre una superficie naranja. Me agacho y rescato una pequeña concha de la tierra húmeda.  

Como cuando de niña escogía formas brillantes y perfectas en los veranos de Mallorca y orgullosa las mostraba a mis hermanos demasiado ocupados en levantar castillos y horadar fosos en la arena. Siempre me han fascinado las conchas, su superficie pulida, su olor a salitre, las historias que escondían en sus huecos ovalados. Acaso por compartir un nombre que no es el mío pero que me gustaría que fuera.

Me parece ver la sombra de otro niño agachado removiendo la arena. Un joven que descubrió el mar a los quince años. Un hombre fascinado con la fuerza de esa musa que nunca descansa y que tanto anhelaba en sus destierros. Pablo Neruda. El poeta de los frutos marinos y las caracolas. Necesito del mar porque me enseña. No sé si aprendo música o conciencia (El mar. Memorial de isla Negra)

Pablo Neruda. El hombre que nunca perdió el gesto infantil de agacharse y atrapar entre sus dedos moluscos torneados. Una colección amasada a lo largo de una vida de poeta que legó a su universidad junto con sus recuerdos. La ola viene del fondo, con raíces hijas del firmamento sumergido. (La ola. Canto General)

Unos dedos delicados, capaces de dibujar sonetos y colocar sus preciados frutos calcáreos entre algodones sobre lechos de madera. La tinta desteñida que marca nombres y referencias. Los lugares de sus descubrimientos. Labor paciente y ordenada, afán de preservar universos acuáticos. La caracola espera el viento acostada en la luz del mar/ quiere una voz de color negro/ que llene todas las distancias/ como el piano del poderío/como la bocina de Dios/para los textos escolares:/quiere que soplen su silencio:/hasta que el mar inmovilice/su amarga insistencia de plomo. (Caracola. Maremoto)

Cuanta belleza esconden las caracolas de Neruda. Cuantas odas surgieron de sus espirales y lechos nacarados. Cuantas palabras resuenan en su canto a ese mar amado. 

Familia Cymatiidae. Género Charonia tritonis (L., 1758). Origen: Indopacífico

Amor al mar. Las caracolas de Pablo Neruda. Instituto Cervantes de Madrid. Hasta el 24 de enero de 2010.

Posteado por: Concha Huerta | 31/12/2009

Fin de año

Despido el año sobrecogida por un mar enfebrecido de olas y vientos que desborda caminos y paseos. Las olas enormes se abren en una espiral que transita entre las profundidades y las rocas impotentes ante tal estruendo. El cielo descarga aguaceros y lloviznas en sinfonía con las mareas.

El océano Atlántico. El principio y el final de un continente, la fuerza de la Naturaleza que tanto echo en falta en la vida cosmopolita. En la villa de Cascáis, las barcas permanecen amarradas a la espera de una tregua que no llega en dos semanas. Las manos ociosas reparten suertes sobre tableros de tascas. El oráculo de los que acumulan más inviernos en sus entrañas.

Recibí el 2.009 al pie de estas playas salpicadas de gaviotas bajo un cielo añil esplendido. Despido el año entre fulgores de sal y espumas que reflejan un cielo metálico hinchado de agua y viento. Entre medias, una sucesión de escenas que se deslizan en círculos hacia los abismos de la memoria.

Arenas blancas, flores exóticas, frutas y atardeceres de ensueño. Sonidos vibrantes, violines y trompetas. La maestría de unos dedos sobre el piano, las ondulaciones de una voz sobre el escenario. Intermedios, danzas y aplausos. El cuerpo exaltado en personajes y lienzos, que en mis sueños permanecerán asociados a cuatro números. Un año más, un año menos.

Cerraré los ojos en la madrugada, agotados de celebraciones y charlas con esa leve inquietud ante lo desconocido. El año nuevo, el inicio de otra década. Cofre brillante y húmedo donde coleccionar recuerdos que no han sido. Esperanza. Rostros y palabras amigas me acunarán en el silencio de este primer día con sus sonrisas y anhelos.  

Costa de Guincho. Foto: C. Huerta

Posteado por: Concha Huerta | 27/12/2009

Noche de paz

Listas, cajas, turrones,  espacios vacíos. Todo preparado para la gran noche. La familia se reúne por primera vez en veinticinco años. Las bodas. Los hermanos con nuevas familias tras los esponsales. La hija que cruzó los mares. Cinco hijos, once nietos, nueras, yernos. El hueco de los que faltan y el de los más pequeños ausentes en un matrimonio fallido.  

El padre en la lejanía de un dormitorio que ya no comparte. La madre abotonándose la camisa de seda con la mano izquierda. Voces en los pasillos. Trajín de cristales y lozas. El aroma del caldo con picadillo de jamón y huevo. A las nueve el primer timbre. La puerta se abre, una vez y otra. El hall se inunda de gentes que comparten la misma sangre. Saludos, abrigos, aperitivos. Cada uno deposita bolsas al pie del un árbol brillante. La noche más celebrada. Luces, voces y risas rescatando aquellas  noches en que la mesa permanecía casi vacía, los padres en silencio  ante la mirada de una niña que no comprendía  la enfermedad y la desidia.

Esta noche los más jóvenes comentan de estudios y trabajos. Planes de futuro. Los mayores entre copas y suspiros, qué bien te veo, estas igual que el año pasado. El paso del tiempo. Ley de vida. Entre ellos, una muchacha captura con su cámara las voces de familia que parecían lejanas.

Por favor, bajen el tono. Por el pasillo aparece Liliana tras la silueta encogida del padre con los ojos ensanchados por la sorpresa. Uno a uno los nietos se acercan, se presentan y le muestran su cariño. El mantiene los ojos perdidos en la gente que espera. Demasiados rostros. Silencio. El grupo se coloca alrededor de la mesa donde descansa el pesebre. A una señal se arrancan en un susurro.

Noche de paz, noche de amor, ha nacido el niño Dios.

Por un momento el hall se transforma en capilla.  Las voces ascienden por los paneles de madera y las escayolas doradas y envuelven la habitación en vibraciones sagradas.

Y los ángeles cantando están. Gloria a Dios gloria al rey celestial

El rostro del padre se relaja y de sus labios ajados brota un canto débil que se une a la melodía. Un canto que sorprende y sobrecoge a las generaciones entrelazadas en la sala.

Duerme el niño Jesús, duerme el niño Jesús.

La armonía se mantiene tres villancicos. Las voces se igualan en un solo cuerpo de una familia que abandona distancias y tristezas y devuelve a los padres sus caricias.

La madre declama con el brazo extendido sobre los hombros del hombre con quien compartió la vida. Al otro lado de la silla mecánica, una mujer dirige los cantos con el ritmo de sus palmas. Padre, madre e hija que transitaron entre dos vidas y consiguieron compartir este año la noche buena con la familia.

Noche de paz, noche de amor…

Le pido a Dios que no se termine nunca este canto.

Coro Fernando III de Añover de Tajo

Posteado por: Concha Huerta | 25/12/2009

Dulce navidad

Nuestros  mejores deseos para unas Navidades dulces y blancas. Para el año 2.010 que pronto estrenamos. Y para la nueva década. Esperamos que el dicho popular «Año de nieves, año de bienes» se cumpla.  Buena falta hace. Azúcar,mantequilla, huevos, harina y esencia de vainilla. Una nota dulce para acompañar las tardes de estas fiestas. Esfuerzo, ilusión y alegría. Nuestro regalo a quienes nos acompañan en el camino.

         

 Christmas  cookies  de  M. da Silva   

 

Ingredientes:

1 taza de mantequilla a temperatura ambiente

1 taza de azucar glass

1/2 cucharilla de té de sal

1 huevo grande

1 yema grande

2 cucharillas de té de estracto de vainilla

2  y 1/2  tazas de harina

 

 amasar 

     hornear  

   decorar 

 

  

 

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