Posteado por: Concha Huerta | 16/10/2009

Turtle Bay

Kilómetros de arena blanca. El océano se deshace en líneas de ondas que se precipitan sobre los corales y transforman el verde esmeralda en nubes de espuma. El aire huele a salmuera. La brisa pura y limpia transforma el aire en oro transparente. La piel hambrienta de humedad se vuelve tersa, adquiera una tonalidad dorada y se con confunde con la arena. El murmullo ondulado del océano recuerda los ritmos del ukelele hawaiano.

Nuestras pisadas se marcan la arena virgen espantando a decenas de cangrejos transparentes que se refugian en pequeños orificios. Peces de colores saltan en los vados inundados de agua. En la playa hay corales, cáscaras de coco, semillas y huevos de las tortugas centenarias que alcanzaron la costa. En el borde una selva densa y profunda. Las lianas reptan por la arena alargando sus raíces en una tierra que la marea arrebata cada ocaso. Ni rastro de hombres o máquinas.

El paisaje nos envuelve en un sueño que cambia cada segundo. El cielo ovalado y brillante se viste de formas caprichosas, descarga una lluvia templada y nos libera de sal y del calor de la mañana. Después reaparece el añil brillante que refleja rayos de un sol poderoso sobre Kai, el océano hawaiano, cuya sabiduría domina el ciclo de la vida en la isla.

Un pájaro de cuerpo delicado y cabeza encarnada sorprende con un canto semejante al jilguero pero más vivo. Agua, cielo, mar, brisa. El alma se reconcilia con la naturaleza y olvida heridas, temores y penas. Aquí, ahora, tumbada sobre la arena me doy cuenta de que ésta es la verdadera llamada de un cuerpo agotado y sediento de calma.  

Foto: M. da Silva

Turtle Bay. Noth Shore. Oahu. Hawaii

Posteado por: Concha Huerta | 14/10/2009

A Steady Rain

Sobrevolando Los Lagos. Nueve mil pies de altitud, -50 grados. El día se alarga hacia el oeste sobre cúmulos opacos. A mi lado, un cuerpo vencido por los viajes. Dos horas en una butaca. Otras ocho hasta alcanzar el destino en medio del océano. Murmullo de turbinas, contínuo, insistente. Palpo el teclado en la oscuridad de la cabina. Otras pantallas iluminan rostros crispados de cansancio.

Llueve en Chicago. Dos policías en un escenario vacío. Hugh Jackman es Denny un oficial corrupto y mujeriego. Daniel Craig es Joey, el compañero  introvertido y alcoholico que esconde un secreto. A Steady Rain. Una obra actuada con palabras. Los tonos de voz dibujan decorados, los silencios rostros de personajes ausentes, las manos caracteres de estos policías criados en la ciudad del crimen.

Un australiano y un inglés arrasan Broadway. La primera semana record de ventas. Todos quieren ver estrellas de carne y hueso. Hugh Jackman se enfrenta al público en pantalón y rebeca con el monólogo de  un cuerpo trabajado para la danza. Daniel Craig-Joey espera paciente su turno y retoma el relato cuando la voz de Denny se quiebra constreñido en un traje de chaqueta.

A Steady Rain. Dos actores, dos sillas. Una cascada de palabras que salpican sangre, cristales y pólvora. Un chico que grita en una lengua imposible. Un rostro clavado en un alma que se precipita al vacío. Una historia que surge de las entrañas de estos actores enormes con pasíon y entrega.

Y de trasfondo Chicago, ciudad de titanes, cuna de Wright y Mies van der Rohe, de Saul Below y John Dos Passos. La ciudad que acogió al Presidente Obama en su universo particular de premios Nobel. Y del dramaturgo Keith Huff que conmueve con esta historia de corrupción y violencia. A Steady Rain. Vidas marcadas por la suerte labrada. Por la suerte no, por una lluvia densa e intensa que carcome las entrañas de envidia y rencores.

A Steady Rain de Keith Huff. Dirigida por John Crowley. Con Daniel Craig y Hugh Jackman. Teatro Schoenfeld, Nueva York. Hasta el 6 de diciembre de 2.009.  

Posteado por: Concha Huerta | 11/10/2009

The Modern

Para comenzar.

Salpicado de marisco sobre espuma lila. Aromas de tormenta y brisa marina. (“Anochecer en Grandcamp” de Seurat, 1885)

Gajos de higos, limas y naranjas sobre fondo de sémola caramelizada y queso a las finas hierbas. (“Paisaje de Collioure” de Matisse, 1905)

Las verduras.

Profusión de brotes tiernos sobre lecho de compota de castañas, con repollo y coles de Bruselas. (“El parque” de Klimt,1910)

Revuelto de espárragos en aceite de oliva virgen extra aromatizado con romero y hierbas del bosque. (“L’Estaque” de Braque, 1908)

La pasta.

Lunas y estrellas de pasta en salsa de naranja y pimientos rojos aderezada con ciruelas y pasas. (“Contrastes simultáneos” de R. Delauny, 1913)

Raviolis cocidos en agua de rosas con un toque de basílico sobre pluma de ave del paraíso. Homenaje a las fuentes de Picasso. (“Composición oval con colores planos” de Piet Mondrian. 1914).

Los postres.

Manzanas al vino blanco rebajado con agua de roca. Aromas de corolas y sombras. (“Bodegón con frutero” de Cèzanne. 1880)

Tableta de chocolate puro montada en yema de avestruz sobre pan de oro. Ralladura de tomate. (“Círculo amarillo” de Moholy-Nagy, 1921)

Permanezco en la silla de The Modern enfrentada al patio ajardinado tras los cristales. Mis manos trasladan pedazos de verdura y pasta a la garganta que se abre y cierra mecánicamente. Al alcanzar el paladar las texturas se transforman en líneas, círculos y pinceladas que inundan mi mente desde la mañana. La planta quinta del MoMA. Un universo de obras perfectas. Imágenes que me acompañan en la vigilia y el sueño.

“Contrastes simultáneos: sol y luna” de R. Delauny, 1913

MoMA. The Museum of Modern Art. Nueva York. Exposición permanente de pintura y escultura. Plantas 4 y 5.

Posteado por: Concha Huerta | 08/10/2009

Julie y Julia

Entramos en Williams-Sonoma, el paraíso de la cocina. Mi hermana necesita una fuente para un pavo de siete kilos. Recorremos mostradores de sartenes y pucheros brillantes. La tienda decorada con calabazas, pasteles y confituras violetas. Todo lo necesario para la gran fiesta americana.

Un mural expone cortadores de corazones de manzanas, cuchillos para piña, pinzas para bolsitas de té. Me llevaría uno de cada a casa. Me acerco a una repisa plagada de libros de cocina. Mi hermana saca el lomo blanco de las recetas de Julia Child. Aprendi a cocinar con ella cuando llegue a Nueva York. Era fantástica. ¿Has visto la película?.  Merryl Streep habla y se mueve exactamente igual que Julia.

Meryl Streep es increíble. Me encanta su vis cómica, la fuerza y la energía desde “Mamma Mia”. En Julie & Julia será una americana empeñada en conseguir sus metas en el París de los cincuenta. ¿A tí que es lo que te gusta hacer?- pregunta el marido diplomático – Comer- contesta con la boca llena. –Y comes de maravilla. Así comenzó la historia. Ocho años transformando recetas francesas para las amas de casa americanas. “Mastering the Art of French Cooking”. Y después la televisión y la fama.

Julie Powell trabaja en un cubículo. De noche se relaja cocinando. Amy Adams da vida a esta joven insegura que comienza un blog con las 524 recetas de Julia Child, su ídolo. El juego que se transforma en el reto de un año. Cada día dos nuevas recetas. Estofados, guisos, y asados. Su marido y amigos disfrutan cada plato bañado en mantequilla, salsas y dulces. Una película deliciosa que abre el apetito.

Llevo el libro a la caja entre peladores, cuchillos y paños.  Yo también quiero probar las recetas de Julia cuando volvamos a casa.

Julie &Julia. Dirigida por Nora Ephron. Con Meryl Streep y Amy Adams. Comedia. Usa 2009. Estreno en salas el 6 de noviembre de 2009.

Posteado por: Concha Huerta | 06/10/2009

Estrellas en el Met

Noche de estreno. Atravesamos la plaza sobre las mismas baldosas que pisaron Bernstein y Eisenhower hace cincuenta años. El Lincoln Centre estrena fuente y luces. Al fondo el resplandor de los arcos transparentes que Wallace Harrison diseñó para una ópera abierta, un escaparate de ondas y murales que se abre sobre el patio de butacas. Saludos y flashes bajo el hechizo de una lámpara que se abre en cien estrellas.

La iluminación del Metropolitan. El símbolo de una nueva era. El origen del universo transformado en cincuenta mil cristales por Rath, artesano de Viena. En el interior, la luz se agrupa en pequeñas bengalas que se alzan cuando el telón se levanta. Constelaciones de cristal que arrancan ovaciones desde la primera noche en que compitieron con los brillantes y rubíes de la Whitney.

La luz se atenúa, el telón se levanta y descubre una antecámara que nos traslada al antiguo Egipto.  Aida.  La obra épica con que Verdi inauguró la Opera del Cairo en 1871. La producción del Met levanta escenarios monumentales que arrancan aplausos. Templos, palacios, palmeras, plumas de pavo real y avestruces. Lino, oro, plata. Un vestuario de leyenda.

Tres voces protagonistas. La soprano Violeta Urmana es Aida, la princesa esclavizada que añora su patria y entrega su corazón al enemigo. Su voz cristalina y potente insinúa arias delicadas y corona el centenar de voces del coro. La mezzo-soprano Dolora Zajick encarna a Amneris, la hija del faraón vencida por el orgullo. Y el tenor Johan Botha, al general cuyo amor se disputan, que se debate entre la lealtad al faraón y la pasión prohibida.

Aida nos envuelve en una música inmortal, con coros que susurran oraciones y aclaman victorias. Bailarines, caballos, guerreros, esclavos y sacerdotes. Amor y celos. Traición y patria. La más espectacular de las operas de Verdi, también la más clásica. Me pegunto cuantas veces habremos escuchado resonar esas trompetas.

En los descansos permanecemos en la butaca saboreando las notas suspendidas en el aire. La función se alarga. Los aplausos  paralizan cada aria. Alzamos las palmas hacia las voces que rozan el milagro en una noche que reluce entre cristales y estrellas.

Aida de Giuseppe Verdi. Producción de The Metropolitan Opera. Director Daniele Gatti. Nueva York. Octubre 2.009.

Posteado por: Concha Huerta | 03/10/2009

Manhattan

Desayuno entre palmeras, lámparas de latón  y mármoles. Un reloj se alza al techo paneleado en salmónes y dorados. Cruzo damas esculpidas en plata hasta las cien mil piedras brillantes de “La rueda de la vida”, el mosaico que Louis Regal diseñó para este espacio mítico. El Waldorf Astoria, un monumento a los años treinta. Mi hotel favorito en el corazón de Manhattan. 

La ciudad nos recibe engalanada.  Las aceras salpicadas de macetones rebosantes de enredaderas y begonias rosas y blancas. Homenaje del centro financiero  a la vegetación que Henry Hudson encontró hace cuatrocientos años, cuando escogió esta isla privilegiada para sus colonos.  Mannahatta,  la exuberante «isla de las colinas» en lengua delaware que se transformará en el latido del mundo moderno.

Ciervos, monos y ovejas pastan inmóviles en la medianera de Park Avenue. En el cruce con la 52 reluce una manzana dorada tan alta como un hombre, la emblemática “Pomme de New York” de Claude Lelanne.  Los Lelanne, matrimonio de escultores surrealistas cuya obra transforma el paisaje de la metrópoli en un bosque de asfalto.   

Manhattan. Un coctel de vermut y malta, un personaje de cómic, el universo compactado en una isla de Woody Allen.  Una impresionante galería de almas que transitan entre ilusiones, cultos y lenguas. Reconozco los rostros anónimos que retrató John Dos Passos en los años veinte. Manhattan Transfer, la gran novela americana, el mejor tributo a una metrópoli que exhibe con orgullo heridas y conquistas.

Atardecer sobre un cielo acristalado. Las luces encienden despachos y comercios.   Taxis amarillos arrastran halos rojos entre ciclopes de hormigón y acero. Levanto la mirada y sonrío. las cúpulas de Manhattan,  imagen añorada impresa en la retina en blanco y negro.  El Empire State  me saluda con tres bandas brillantes, roja, amarilla y roja.

Exposición Les Lelanne en Park Avenue. (entre la  52st y la 57st).  Hasta el 20 de noviembre de 2009.

Posteado por: Concha Huerta | 30/09/2009

Amores secretos

Sombras desdibujadas. Un tren arranca entre brumas calientes. Una mujer se lanza a una carrera vana y mantiene su mano un instante  junto a la del hombre que sólo puede mirarla. Después, la nada. La ciudad se desvanece en el horizonte. Dos almas desperdiciadas.

El secreto de sus ojos. Un escritor intenta capturar en palabras imágenes congeladas en su memoria. Un escritor no, un hombre en el ocaso de una vida perdida en recuerdos. Un crimen pasional. Un pasado real o imaginado por una mente agotada, que necesita arrancarse del cuerpo.

Ricardo Darín da vida a Expósito, el agente judicial que vuelve a la capital tras veinticinco años de exilio, atormentado por el caso que marcó su vida. De la mano de Irene con quién compartió investigación y sentimientos recorrerá un doloroso camino que abrirá nuevas puertas. Obsesionado por encontrar el origen de sus pesadillas. TEMO (escribe en una nota) -¿Qué temes?- le pregunta ella. –Qué sé yo. Es sólo algo que escribí mientras dormía-.

Juan José Campanela construye una película con las miradas de sus actores fetiche.  Guillermo Francella, el compañero rebosante de ingenio ahogado en alcohol, Pablo Rago, el marido marcado por la injusticia, Soledad Villamil, la secretaria del juzgado cuyos ojos inmensos atrapan a Expósito en la primera mirada. Y sobre todo Ricardo Darín, su cómplice en «El Hijo de la Novia».  

Ricardo Darín es un actor de los pies a la cabeza y Campanella lo sabe. En El secreto de sus ojos muestra una madurez y naturalidad capaces de transmitir mil matices. La cámara le rodea con planos cortos y paisajes grises que acentúan su mirada. Diálogos perfectos, drama salpicado de comedia y amores secretos empañándolo todo. Lo mejor de la película son los silencios que el espectador llena de sus propios sentimientos.

Títulos de crédito. Se ilumina la sala. Demoro unos minutos en alzarme de la butaca. No puedo hablar ni abandonar las imágenes de esta película extraordinaria. Salgo a la calle. La tarde cubre las aceras de agua. La lluvia esconde la emoción de mis lágrimas. 

 El secreto de sus ojos. Dirigida por Juan José Campanella. Con Ricardo Darín, Soledad Villamil y Guillermo Francella. Argentina-España. 2.009.

Posteado por: Concha Huerta | 28/09/2009

Polvo de estrellas

Paseo entre ramas inundadas de brisa fresca. Almuerzo con amigos. Planes, risas y recuerdos. Un taxista me acompaña por calles tranquilas, aun no han abierto los comercios. Delicias. Un estudio blanco inundado de cámaras. A las cinco aparece el nuevo Subaru de la mano de Patrick Dempsey. Abre la puerta y reparte saludos y sonrisas.   

Gritos ahogados, marabunta de flases y chasquidos metálicos. Patrick, Patrick, Patrick. Todos ansían el mejor plano. El actor de Maine posa con paciencia y cautiva con unos ojos líquidos cuya luminosidad ensombrece a los flases. Porque Patrick Dempsey irradia luz propia. Un halo de energía traslucida se extiende sobre los hombros y cabellos increíblemente oscuros y densos. El doctor “Mc Dreamy” del Hospital Grace de Seattle. 

Anatomía de Grey. Un éxito televisivo. 17 millones de almas siguieron el jueves pasado el estreno de la sexta temporada. Las tensiones entre Derek, su personaje, y Meredith, la insegura residente, tomarán un rumbo diferente por el embarazo de Ellen Pompeo. Nuevos personajes, nuevas músicas, nuevas tramas.  Una serie en su punto álgido. Pasiones y mucha química.    

Viaje relámpago a Madrid para rodar un anuncio. Los automóviles, su pasión fuera de las cámaras. Patrick Dempsey adora conducir dentro y fuera de los circuitos, el control del tiempo presente que exige el volante. Patrick afronta el futuro con optimismo. El actor esta completando un ciclo en su carrera profesional y en la familia.  Habla con igual entusiasmo de motores y de compañeros de reparto.

Acerco la grabadora a ese rostro perfecto. Siento en las yemas el calor de sus mejillas que se extiende por manos y brazos e inunda el alma de una alegría que desborda. Abandono el estudio en la conciencia de haber rozado polvo de estrellas.

patrickD

Foto: M. da Silva

Posteado por: Concha Huerta | 25/09/2009

Casta y orgullo

Listas, voces, prisas. Días consumidos en teléfonos, citas y familia. La ciudad me abruma. Madrid está envuelto en polvo, las calles abiertas en un amasijo de cables y hierros. Imposible caminar por el barrio. Grúas y remolques han tomado las aceras. Los coches serpentean entre vayas y zanjas. 

Vuelvo a casa para el almuerzo. La Castellana es una masa inmóvil de autos consumiéndose. Quince minutos en un semáforo. El sol rasga una capa de nubes altas. El cambio climático. Bochorno después de una semana de invierno. Media hora. Rigidez y nauseas. Si pudiera saltaría  del coche y correría hasta mi puerta.

Un taxista comenta que están cortando Cibeles. La selección de baloncesto llega a las siete. Una sonrisa fulmina calores, ansiedad y hambre. Nuestros campeones bien merecen una hora de espera.  Campeones. La final ante Serbia. Un partido único, tras una serie de partidos únicos. Cinco grandes de blanco se turnan bajo el aro en sincronía perfecta. Pau, Navarro, Rudi, Reyes… El equipo de España. El mejor entre los mejores. Años de práctica, ambición y esfuerzo.

Los quince años. El ansia de terminar las clases y acariciar el balón naranja. Fitas y complicidad entre compañeras. Las instrucciones de Joaquina, los nervios ante los partidos cada sábado. Sudor, rasguños, canastas.  El afán de superar cada derrota, la alegría que desborda las victorias.  Sueños de juventud, las canchas norteamericanas. Impensable hasta que un pivot de Llobregat eleva a los Lakers a la gloria.

Pau Gasol. El modelo a seguir. Un monumento de saber hacer y constancia.  Un líder que aglutina lo mejor de nuestra tierra. «Hemos conseguido este campeonato para vosotros con casta y orgullo. Ahora haced que este día sea muy especial para nosotros”. Campeones en Cibeles. Cinco mil almas coreando a jugadores y equipo. Ni tráfico ni esperas se cuelan en el recuerdo de esta tarde de fiesta.

Eurobasket 2009. La selección española de baloncesto.

 

Posteado por: Concha Huerta | 23/09/2009

Lazos de sangre

Una llamada extraña. Una voz tenue y cálida solicita una visita para documentar un crimen que hace treinta años salpicó las paredes de mi casa. Sorprendida y molesta accedo a la entrevista. Nadie me habló de muertes cuando compré el ático.

Encuentro tras la puerta. Brad Pitt con cabello corto y perilla vestido de negro. Le acompaña una rubia chillona. Me desvela el misterio de las  marcas en mi dormitorio. Pasión, traición y sangre. Extiendo la mano sobre las paredes brillantes. Siempre me ha parecido que las marcas rezumaban líquidos pardos. Le ofrezco un té rojo y se le tiñe la barba. La rubia se burla y le insulta.  Pregunta por un edificio donde su abuelo realizó transfusiones en la Guerra española. Otra sorpresa. La casa de la que salí para casarme. El destino nos une con lazos de sangre. Lástima que no podamos conocernos. Aunque hay algo en ese rostro perfecto que me inquieta.

Abro los ojos. Tres cuarenta de la mañana. Agotada preparo una manzanilla. Sobre la mesa Brad Pitt en el dominical en el estreno de Malditos bastardos. Una película que no podré ver por la obsesión de Tarantino con la violencia. No soporto ver sangre, ni real ni imaginaria. Y mi padre tampoco. Es algo de familia. Recuerdo a Uma Thurman cercenando miembros con una catana, la vista nublada, el aire escapándose del cuerpo. Tuve que esperar una hora a que saliera mi hija, enamorada de Japón y Tarantino.  

Tarantino. Un director de culto. Diálogos brillantes. Incontables referencias al séptimo arte y a la música, capaz de revivir cualquier grupo de los setenta.  Un género en sí mismo.  Dice mi hija que Malditos bastardos no es tan violenta. Quizá tome un valium y vaya a verla.

Malditos bastardos.  Director: Quentin Tarantino. Con Brad Pitt, Christoph Waltz. USA- Alemania 2009. 135 min.

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