Posteado por: Concha Huerta | 02/06/2011

Manos en la tierra

Terminamos el desayuno con un sol espléndido que enciende los adoquines de la terraza y los sueños. Salimos al vivero de dona Helena, mi destino favorito en cada primavera. Recorremos palmeras y cipreses, naranjos y limoneros que esperan impacientes nuevos dueños acunados en la brisa de Guincho. Un laberinto de ramas y hojas que desprende aromas del mediterráneo.

Difícil tarea escoger entre tanta belleza. Rosas, claveles, peonías. La luz dibuja rosas y amarillos con trazos impresionistas. En una esquina una hilera de hortensias azules y fucsias. Me enamoro de una a tono con los geranios de la piscina que me recuerda a las que cada tarde mimaba mi madre en el porche de la sierra. Encontramos un macetero de piedra y volvemos a casa encantadas con nuestra nueva compañera. Coloco tierra al fondo, separo el cepellón y lo envuelvo en turba, mientras Glenn Gould nos regala una sarabanda de Bach desde la sala. Luz, música, belleza. Las manos teñidas de tierra. El mejor modo de descubrir la sintonía entre el hombre y la naturaleza.

Foto: C. Huerta

Posteado por: Concha Huerta | 30/05/2011

Leonora

Te conocí la semana pasada de la mano de Elena Poniatowska, con la que compartiste tantas tardes en tu salón de la calle Chiguaga. Elena me contó de tus recuerdos de infancia en una mansión de campiña inglesa, de tu pasión por los caballos con cuya esencia contagiaste tu alma. Las preguntas a un padre que nunca comprendió tu belleza. La rebelión y tus continuas huidas.

Me describió tu primer encuentro con Max Ernst, el maestro que te abrió las puertas del surrealismo, liberando los sueños atrapados en un cuerpo de niña. De su pasión por tus veinte años, tus ojos negros, tus relatos y tus telas únicas. De aquella casita en la campiña francesa, vuestro refugio  del mundo hasta que la guerra os arrancó de vuestro ensueño.

Ayer cené en una de las mesas que compartiste con Renato, el diplomático visionario que te salvó de un destino incierto. El Hotel Palacio mantiene el aura del Estoril que acogió a espías e intelectuales desplazados por la locura del nazismo. Me acompañaban una pareja de americanos, otra de ingleses y dos alemanes. Cuanto cambió el mundo.

Terminé ayer el relato de los años luminosos que compartiste con el pueblo mejicano. Tus días junto a Emerico, el fotógrafo poeta, padre, marido y amigo. El hogar donde te consagraste a tus tres pasiones, la creación, la cocina y tus hijos. Un hogar donde fuiste admirada y querida hasta que la luz abandonó tus mejillas.

Decirte que te incluí en mi Olimpo particular de almas libres. Te imagino paseando con la Dinesen por las  sabanas de Kenia, estudiando con Hipatía los cielos de Alejandría, compartiendo arcillas con Camile Claudel en el París del novecientos. Siempre en movimiento, entre corrientes que ondean tus cabellos como crines pardas y susurran un nombre, Leonora, la novia del viento.

Leonora.  Elena Poniatowska. Editorial Seix Barral. Méjico. 2011. Premio Biblioteca Breve. 510.pgs.

Leonora Carrington (Gran Bretaña, 6 de abril de 1917- Méjico, 26 de mayo de 2011).

Posteado por: Concha Huerta | 26/05/2011

Rebelión en la hierba

Salgo tarde, demasiado tiempo al teléfono. En la calle me tropiezo con un grupo de hombres en camiseta naranja rebelándose frente a una sucursal bancaria. En el portal vecino unos operarios martillean la fachada. Me cubro el oido izquierdo con la mano y sorteo los coches hasta el paseo. Siento una presión en el pecho. No puedo respirar hondo. Demasiado tiempo entre obras y tubos de escape. El mar me reclama. Cojo un taxi, dudo unos instantes y le pido que me deje en el Retiro.

Paseo bajo castaños centenarios en busca de un rincón tranquilo. Me desplomo sobre un banco de piedra con sentimiento de culpa. Debería de estar en la clínica. Respiro despacio intentando recuperar el aliento. A mi izquierda un oriental consulta un plano y se aleja. Yo me concentro en el cielo tamizado de ramas y en las siluetas menudas que recorren el suelo. Un palomo de pecho henchido gorgojea persiguiendo a una hembra. Un mirlo encaramado en un cerezo regala trinos, los más bellos de la primavera. En la pradera dos gorriones picotean entre las hebras nuevas hasta que les espanta una ardilla. Sus orejas puntiagudas, su lomo castaño y su vientre níveo me arrancan una sonrisa. Sus saltos se ondulan sobre la hierba en busca del almuerzo. Brisa, ramas, tierra. Sin darme cuenta estoy respirando sin problemas. Menos mas que Madrid cuenta con este pulmón de hierba fresca.

Hierba nueva

El canto del mirlo

Una ardilla saltarina.

Parque del Retiro. Fotos: C. Huerta

Posteado por: Concha Huerta | 23/05/2011

Un voto cualquiera

Salgo a cumplir con mis obligaciones ciudadanas. Obligaciones y derechos. Votar es lo único que podemos hacer en democracia. Si lo pienso mucho me desanima pensar que mi voto se pierda en un océano de cifras. Prefiero pensar que se revuelve con sus compañeros para renovar las fuerzas políticas.

Dos ancianas se acercan a la acera. La más gruesa se para frente al bordillo apoyándose en un bastón de puño negro. La otra, menuda y encogida, la sigue en silencio. La gruesa da un traspié y pierde el equilibrio. Sin pensarlo me lanzo a ayudarla, la sujeto por el hombro y la alzo. La mujer me increpa airada. La otra se lamenta.

–        Por Dios Josefina que yo ya no puedo contigo.

–        Malnacida, para esto te acogí cuando te quedaste viuda. Te di techo y comida como le prometí a Demetrio que en paz descanse y ahora me pagas con tu insolencia.

–        Ya te dijo don Anselmo que guardaras reposo.

–        Ni don Anselmo ni el mismísimo diablo dictan mis pasos. No voy aquedarme en casa mientras el barrio se ahoga en miserias, que ya viví las de la guerra. Y usted joven suélteme que me hace daño.

Murmuro una disculpa y me alejo hacia el colegio. En la ultima esquina me vuelvo y observo sus pasos trágicos. Le indico al policía de la puerta que necesitan ayuda. Me dirijo a la mesa U y me coloco detrás de dos jóvenes. Observo las paredes cubiertas de espalderas, los letreros indicando las secciones, los rostros concentrados en nombres y números. A los quince minutos meto las papeletas en la urna y me despido. Me cruzo en la entrada con el agente del brazo de Josefina. La mujer le sonríe coqueta. Su hermana me lanza una mirada resignada.

–        Si es lo que yo le digo, señor agente, que ya a nadie le importa que una sea cumplidora. Como si votar fuera tan fácil. Que yo de moza por no poder no podía ni levantarle la voz a padre. Y no crea usted que yo no era resuelta. La de enfermos que atendí tras la guerra. Y digo yo que mi voto contará como el de cualquiera.

Foto: C. Huerta

Posteado por: Concha Huerta | 19/05/2011

Rosas de mayo

Hoy me levanté cansada y eso que dormí toda la noche a pesar de la luna. El despertador me arrancó de una pelea. Un arquitecto me regañaba por comprar una casa que creí una ganga y estaba en ruinas. Tras la cortina descubrí otro día plomizo. Ya sé que a ti te gustan las nubes pero yo si no veo un día el sol me quedo mustia como los capullos que compré el sábado. Qué poco me duran las flores. Será por el calor o por el aire tan seco.

Por la tarde me acerqué al Jardín Botánico. No hay nada que me anime tanto como contemplar flores frescas. Lo encontré vacio. Los turistas hacían cola en los museos. Tras la entrada se alzaban lirios lilas y naranjas. Mas allá narcisos malvas y azulados. Y peonías que danzaban con las ráfagas que presagiaban tormenta. Al llegar a la rosaleda el corazón me dio un vuelco. Los rosales parecían despoblados y mustios.

Saque la cámara, escudriñe entre las espinas y se produjo el milagro. Durante hora y media me olvidé de la jaqueca, de mi desazón y la tormenta. Capturé los pétalos delicados de la rosa mosqueta y los exuberantes de las híbridas del diecinueve. Tras cada imagen anotaba el nombre enterrado en las raíces. Eliza Boelle, Harry Maasz, Marta Casals. Nombres que destilan histórias románticas. Las rosas silvestres sólo tienen cinco pétalos -me explicaste aquella tarde en La Granja- La mayoría de las rosas que conoces son el fruto de la comunión entre el hombre y la naturaleza. Y desde entonces cada rosa de mayo me devuelve una caricia de tus labios.

Posteado por: Concha Huerta | 16/05/2011

Medianoche en París

Llego a la sala por los pelos. Madrid atascada por las manifestaciones de nuevo. Me acomodo en mi butaca y cierro los ojos un momento. Demasiada actividad, demasiadas carreras. La oscuridad se ilumina con imágenes bellísimas. Un puente sobre un cauce ancho, una basílica sobre una colina, el palacio de la ópera, las fachadas del dieciocho. Inmediatamente me relajo y disfruto cada secuencia que Woody Allen nos regala en Medianoche en París.

Woody Allen ama los bistro’s parisinos, sus bulevares, sus luces y nos invita a dejar volar nuestros deseos. Una pareja visita la ciudad con sus padres. Gil es un guionista que escribe una novela y duda. Notablemente interpretado por Owen Wilson es el alter ego de Allen. Poco agraciado, de palabras y pasos titubeantes, agobiado por una relación con una joven superficial y pragmática. Hasta que se produce el milagro. Una soire con Zelda y Scott Fitzerald, Cole Porter al piano, musas y artistas en el París de los años veinte. La comedia está servida. Sonrisas y belleza. Qué buena combinación para una tarde de domingo.

Medianoche en París (Midnight in Paris). Dirigida por Woody Allen. Con Owen Wilson, Marion Cotillard, Rachel McAdams. Comedia. USA 2011.

Posteado por: Concha Huerta | 13/05/2011

Chardin en el Prado

8.15 de la tarde. Camino por los salones vacíos del Prado, imagen insólita en una de las pinacotecas más visitadas del planeta. Francisco Calvo Serraller, gran historiador del arte, nos presenta a Chardin, el maestro del intimismo, el pintor de la armonía. París 1720. Jean Baptiste Simeon, el hijo del ebanista, abandona los billares por la paleta, fascinado por la imagen de una liebre abatida sobre un paño. Su talento para reproducir animales y frutas le abrirá las puertas de la academia. Su intuición le elevará sobre los artistas de la época.

Observo los lienzos que adornan la sala. Una niña se dispone a jugar con una raqueta, un joven afila una pluma mientras revisa un dibujo y un niño observa una peonza en un descanso del estudio. Los niños de Chardín tienen un halo único. Interesado en retratar el mundo interior les otorga presencia con oficios y juegos. Porque Chardín dedica su obra y su larga vida a ensalzar la belleza de lo cotidiano. Y con ello le siento más cerca. Poco a poco las pinceladas azules, castañas y blancas se transforman en relatos que desvelan misterios escondidos en un bolsillo o en un cajón entreabierto.

Abandono la sala con el alma vibrando al haber descubierto a otro genio, lejano en el tiempo cercano en la mirada, contagiada por el entusiasmo y el saber hacer del profesor Calvo Serraller, el mejor maestro.

Chardin. El joven dibujante. 1737.

Chardin (1699-1779). Museo Nacional del Prado. Madrid. Hasta el 29 de mayo de 2011.

Posteado por: Concha Huerta | 10/05/2011

Cariátide

(Este es el tercer relato de una serie inspirada en obras de la exposición Heroínas que se exibe en el Museo Thyssen. El primero fué Habitación de hotel, el segundo Círculo Mágico

La verdad te digo que aunque ya estoy mucho mejor aun me siento cansada, como sin vida. Ya sé que los tratamientos son duros pero no es sólo eso. No sé cómo explicártelo. Es como si me hubiera despertado de un sueño que resultó ser mi propia vida. Me he pasado veinticinco años ocupándome de una casa y seis hijos y ahora cuando necesitaba que me cuidaran les noto distantes y fríos. Tanto trabajo, tantas noches en vela para nada. No lo entiendo. No sé si sabes que me matriculé en un máster de sicología infantil antes de casarme, hace un siglo. Ahora me siento como cuando tenía veinte años y me apetece terminarlo y abrir mi propia consulta. Por un lado me alegra haber pasado esta enfermedad. Es como si el cáncer me hubiera abierto los ojos.

Janine Antoni. Cariátide (Ánfora de terracota), 2003

Heroínas. Museo Thyssen –Bornemisza. Fundación Caja Madrid. Hasta el 5 de junio de 2011

Posteado por: Concha Huerta | 09/05/2011

Domingo en la hierba

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Amanece un día esplendido tras las lluvias del sábado. Tenemos salida a la una y media en el campo del Santander, uno de los más largos de Europa. La carreterra tranquila, el campo estallando en verdes y azules. Una tarde tranquila de brisa y buena compañía. Jugamos relajados entre liebres, pájaros carpinteros, patos y cigueñas. Algunos golpes fantásticos. Se los dedicamos a Severiano Ballesteros. Sin él no estaríamos aquí jugando. Las fotos las tomé con mi iPhone.

Posteado por: Concha Huerta | 07/05/2011

Un recuerdo para Seve

Día gris, día de tristes noticias. Severiano Ballesteros falleció ayer en su casa de Pedreña. España llora a este deportista enorme y bellísima persona que descubrió el Golf en nuestra tierra. Nuestro mejor jugador. El más querido en Inglaterra. Anoche de madrugada perdió la lucha contra el enemigo que se infiltró entre sus células. Demasiado pronto, con tan solo cincuenta y cuatro años.

Tras la ventana uno de los días más grises de esta primavera. Qué poco me gusta desayunar con luz eléctrica. Repaso las noticias y los hitos que consiguió este cántabro de pura cepa, el hijo de Baldomero, el jardinero de Predreña: Open británicos, Ryders cup, August. Una centena de trofeos y entre ellos un merecido premio príncipe de Asturias que le aseguran su lugar entre los mejores de todos los tiempos.

Veo unas imágenes del joven caddy entrenando en las playas de Pedreña, ejecutando esos golpes increíbles que marcaron su carrera, estallando alegría ante sus primeros logros. Sus paseos únicos por los greenes de medio mundo. Imágenes que iluminan esta mañana oscura con el brillo de su buen hacer y su sonrisa. Gracias Seve por tu energía, por tu entrega y por haber compartido con nosotros tu excelencia.

Severiano Ballesteros sostiene la Ryder Cup en 1997 tras ganarla.

Foto: Reuters

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