Terminamos el desayuno con un sol espléndido que enciende los adoquines de la terraza y los sueños. Salimos al vivero de dona Helena, mi destino favorito en cada primavera. Recorremos palmeras y cipreses, naranjos y limoneros que esperan impacientes nuevos dueños acunados en la brisa de Guincho. Un laberinto de ramas y hojas que desprende aromas del mediterráneo.
Difícil tarea escoger entre tanta belleza. Rosas, claveles, peonías. La luz dibuja rosas y amarillos con trazos impresionistas. En una esquina una hilera de hortensias azules y fucsias. Me enamoro de una a tono con los geranios de la piscina que me recuerda a las que cada tarde mimaba mi madre en el porche de la sierra. Encontramos un macetero de piedra y volvemos a casa encantadas con nuestra nueva compañera. Coloco tierra al fondo, separo el cepellón y lo envuelvo en turba, mientras Glenn Gould nos regala una sarabanda de Bach desde la sala. Luz, música, belleza. Las manos teñidas de tierra. El mejor modo de descubrir la sintonía entre el hombre y la naturaleza.
Foto: C. Huerta


















