Posteado por: Concha Huerta | 15/06/2010

Amanecer en Piazza Navona

Amanecer en Piazza Navona. El sol enciende las fachadas blancas y ocres de palacios y moradas. El cielo se cubre de golondrinas que planean sobre las sombras que Bernini esculpió en marmol. La Fuente de los Cuatro Ríos, una de las tres que decoran este antiguo estadio. La calzada permanece oscura, las verjas y los balcones cerrados. Contrastes de luces y sombras que cautivaron los pinceles de Vanvitelli en el diecisiete y las letras de Stendhal en el diecinueve. Cuantos siglos atrayendo mercados y almas. Un guineano coloca una tabla sobre unas banquetas para asegurar el mejor lugar para sus tallas.

Piazza Navonna. Foto: C. Huerta

En un viale lateral, Marco trabaja una masa que espolvorea de harina e introduce en el horno inundando el aire de aromas del pasado. La brisa del Tíber recorre las callejuelas desiertas entre portales, balcones e iglesias. Calles cargadas de museos y joyas como el Inocencio X que Velázquez pintó para los Doria-Pamphili, las Sibilas de Rafaello o los San Mateos de Caravaggio que guardan el sueño de Paulina, amada eterna de Chateaubriand, en San Luis de los Franceses.

Dos hombres de negro cruzan un obelisco coronado por una cruz frente a las columnas del templo soñado por Adriano hace dos mil años. A las ocho se abren los portones del Panteón descubriendo sus secretos. La inmensidad de la cúpula, los rebajes cuadrados, la austeridad, el silencio. La luz se cuela por el ojo cenital en haces bíblicos y enciende granitos y mármoles. Un espacio que invita a la oración y al culto. La última morada de reyes italianos y de Rafaello.

Panteón. Foto: C. Huerta

A la salida otro obelisco montado sobre un elefante de Bernini. Me pregunto cuántos recuerdos tomaron los romanos de los faraones. Los bares han abierto sus puertas. Hombres de chaqueta saborean cafés y panini comentando el gol que De Rossi marcó a los guaraníes. Una fila espera frente al Caffé Sant’Eustachio envuelta en aromas de granos tostados con leña y de cafés cremosos e intensos, probablemente los mejores del mundo. La mañana se inunda de voces y sirenas que se pierden en el Corso.

Las callejuelas revestidas de sanpietrinis desembocan en una escultura monumental recordada por el celuloide y las imágenes de cuantos visitan la ciudad eterna. La Fontana di Trevi, la fuente más grande de Roma. Dos operarios aspiran las aguas bajo la mirada de Neptuno, recogiendo cientos de monedas como cada mañana. Seis japoneses esperan cámara en mano lanzar sus ofrendas. El ciclo de la vida en esta ciudad que desde hace dos mil años acoge a gentes de todos los rincones de la Tierra.

Fontana de Trevi. Foto: C. Huerta.

Café Sant’Eustachio. Desde 1938. Plaza de San Eustaquio. Roma.

Sanpietrinis: baldosines utilizados en San Pedro del Vaticano.

Lecturas recomendadas: Historias de Roma. Enric González. RBA Ediciones. Barcelona 2010. 123 págs. Paseos por Roma. Stendhal. Alianza Editorial. Madrid. 2007. 523 págs. Elegías romanas. Goethe. Ediciones Hiperión. Madrid 2.008. 99 págs. Compañeros de viaje. Henry James. Navona. Barcelona 2010. 108 págs.

Posteado por: Concha Huerta | 11/06/2010

Sombras de Caravaggio

Scuderie dei Quirinale, 1:30.  Una columna de gorros y sombrillas recorre la plaza. Nadie quiere perderse la exposición que Roma brinda a Caravaggio, venerado con fervor por los italianos desde hace cuatrocientos años. Al entrar en la sala oscura encontramos al Jóven con un cesto de frutas, su primera obra conocida, y el Cesto de frutas que le consagraron como pintor naturista. Sus higos, uvas y manzanas permanecen maduros y tiernos a través de los tiempos acercándonos a los aromas de las huertas romanas.

Cesto de frutas. Final s. XVI, principios s. XVII. 31 x 47 cm

Michelangelo Merisi da Caravaggio vivió una vida corta y tormentosa. Admirado por las gentes de su tiempo, odiado por las instituciones por su capacidad de pintar sin bocetos y sus modelos. Siempre a contra corriente, se deleitaba copiando las carnes lustrosas e imperfectas de amantes, prostitutas y bandidos con los que compartía juegos  y vinos. Como en Los jugadores de cartas, donde un grupo esconde sus trampas con malicia. Aunque Caravaggio nació en Milán, su espíritu rebelde y levantisco me recuerda a los taxistas romanos que conducen al límite entre un tráfico imposible.

El pincel de Caravaggio sobrecoge. Los cuerpos resaltados con juegos de luces y sombras nos hablan desde el Barroco. No soy muy aficionada a la pintura religiosa pero los santos de Caravaggio son diferentes, hombres y mujeres que padecen y sienten. Como la  joven Magdalena penitente, que llora sentada en el suelo. El maestro lombardo utiliza el color y las formas para esconder historias en cada una de sus telas. Una tragedia que nos dejara tan pocas.

 Jugadores de cartas. 1595-1596. 91,5×128,2

Salimos a la plaza bajo un sol de justicia y caminamos hasta el Quirinale, el hogar del primer ministro. Me acerco a uno de los carabinieri que afrontan los rigores de la tarde embutidos en un uniforme antiguo. Me parece reconocer un rostro femenino bajo el tricornio. Otra rebeldía del presidente que recuerda a las del maestro del seicento.

Al anochecer nos dirigimos al Trastevere. Queremos probar la auténtica cocina romana en la Antica Pesa, un restaurante con historia. Obrador para los que acudían a pagar impuestos sobre el grano, cantina que acogió a las tropas de Garibaldi  y restaurante desde 1922 de la mano de la nona Anita. Salchichas, fiambres, tripas, farro, una carta de vinos que parece una enciclopedia y como no, la pasta casera casi cruda. Porque a los romanos les gusta todo duro: los colchones, los pavimentos, la pasta, los bizcochos cantuccini. Terminamos con un postre de manzanas cubiertas de galletas migadas como las que deleitaban al propio Caravaggio hace cuatrocientos años. 

Crumble de Manzana verde con helado de vainilla.

Caravaggio. Scuderie dei Quirinale. Roma. Hasta el 13 de junio de 2010.

Restaurante: Antica Pesa. Via Garibaldi, 18. Roma. Tel. 06. 5809236

Posteado por: Concha Huerta | 09/06/2010

Desde la ciudad eterna

Teatro di Marcello, 20:30. Nos acomodamos frente a un piano elevado en una tarima. Dos jóvenes de negro ocupan sus banquetas frente al teclado. Comienzan los compases de la Danza eslava de Dvorak  a cuatro manos. Una brisa húmeda se cuela entre los arcos del teatro que soñó Julio César para cautivar a los romanos. Mi mente se eleva entre tres columnas blancas, restos del esplendor de otra época. El primer descanso desde que el domingo aterrizamos en Roma.

Teatro di Marcello. Foto: C. Huerta

La melodía del piano juega con las palabras de la guía describiendo los tiempos del imperio. La profusión de templos y edificios que rodeaban esta franja estrecha abierta al Tíber, arrasados por la ambición de destronar al teatro pompeyano, que abortaría una daga y terminaría Augusto en honor a su joven sobrino muerto. Y nosotras compartiendo música en este espacio, testigo de siglos de grandeza y decadencia que enciende recuerdos.

La alegría al cruzar las puertas de Nino, mi restaurante favorito del centro histórico. Cinco años sin disfrutar de sus pequeñas mesas teñidas de luz amarilla. Sin saborear su mozzarella perfecta, sus pastas caseras y su inigualable ternera al carbón de leña. Sonrío a la signora María que desde su mostrador controla cocina y cuentas y a Bruno que nos atiende solícito desde hace quince años. El tiempo no pasa por Nino. Porque el tiempo en Roma es algo relativo.

Restaurante Nino. Foto: C. Huerta

Dvorak da paso a Rachmaninov y la tarde se despide. Los mármoles se iluminan recortando capiteles corintios contra un cielo añil cruzado por gaviotas. Un coro natural a las notas del piano que resuenan entre las piedras ajadas del teatro. Me pregunto de donde saldrá tanta gaviota. Saco un cuaderno y anoto las palabras que se alzan con ellas.

La Rapsody in Blue de Gershwin inunda de alegría la noche romana. Como la que sentí al conocer la victoria de Rafa Nadal, nuestro Rafa.  Este chico tiene algo que no puedo describir con palabras, humildad, coraje, sencillez, afán de superación, que me hace sentirle como el hijo que no tengo. Recuerdo con orgullo los periódicos inundados con la imagen de Rafa celebrando sobre la tierra roja su nueva victoria. Las notas finales de la Rapsody in Blue se transforman en vítores milenarios consagrados a dioses y héroes como Rafa Nadal al que saludo desde la ciudad eterna.

Templo de Apollo. Foto: C. Huerta

Festival Musical de las Naciones en las noches romanas. Alkimia piano Duo.

Restaurante Nino desde 1934. Rua Borgognona, 11, Roma. Tel.: 06.67.95.676

Posteado por: Concha Huerta | 06/06/2010

El Paraguas de Sandro

21:15. Camino chaqueta en mano sobre los granitos relucientes de la calle Jorge Juan en un atardecer que anticipa el agosto madrileño. Me reúno con Gema y Manuel en la puerta de El Paraguas, restaurante favorito de mi familia enamorada de una cocina que acerca a Asturias.

En la entrada pucheros y hortalizas recuerdan las casonas donde las guisanderas prestaban sus artes culinarias. En la planta alta salones recuperados a otro siglo donde espera nuestra mesa. Recorremos la carta de la mano de Vicente que nos desvela las tradiciones de su tierra. Demasiado calor para unas fabes. Nos decidimos por el salpicón de marisco y la merluza a la sidra.

Damos cuenta del salpicón en cinco minutos. Gema lo encuentra tan exquisito como mi cuñada de Salas. Probamos un crianza catalán que nos decanta Francisco con aroma a ciruela y sabor cremoso y profundo. Llega la merluza coronada de compota y envuelta en salsa dorada. La textura se deshace en la boca mezclando esencias de prados y costas cantábricas. Mis invitados se deleitan y elogian cada bocado. Me alegra haberles acercado a esta mesa.

 

 Merluza a la sidra.

Sandro Silva, el alma de El Paraguas, nos saluda. Le pregunto por este plato único. Sonríe desde su metro noventa y nos desvela su secreto, la compota espesa de manzanas asturianas, ligeramente ácidas, a la que añade tomates troceados. Los lomos se asan tiernos y se rocían con una salsa verde ligera macerada en sidra. Una delicia.

El verdadero secreto de El Paraguas está en la calidad de las materias primas. Sorprenden las merluzas de pincho que El percebeiro le acerca desde los puertos de Ribadeo a Pontevedra, uno de los contactos que Sandro Silva atesora desde que se formó con su tío en el mítico Trascorrales de Oviedo. Le pregunto por los platos más solicitados. El número uno las colmenillas que descubrió de la mano de Michel Bras,  después las albóndigas de rabo de toro y los platos de cuchara. Recuerda que cuando inauguró El paraguas hace seis años con su pareja Marta, las verdinas no se conocían en las mesas madrileñas.

Terminamos compartiendo una tarta Rosita, postre imprescindible de mi madre, un dulce sencillo y cremoso que funde la suavidad del requesón con un toque de caramelo que eleva nuestros paladares al cielo. Al cielo azul y despejado que desde El Paraguas Madrid comparte con Oviedo.

 Fotos: C. Huerta.

Restaurante El Paraguas. c/ Jorge Juan, 16. 28001 Madrid. Teléfono: 91 4315950.

L’ Equilibrista 2007. Vino tinto crianza. Bodegas Ca N ‘Estruc. Cataluña. Uvas: Syrah, Cariñena y Garmacha.

Posteado por: Concha Huerta | 03/06/2010

Feria del Libro

Mañana del Corpus. Una mujer se despereza entre las sábanas. Su mano alcanza la superficie satinada del libro que la acompañó en su descanso. Desayuna frente a la ventana entre de cantos de golondrinas. La ciudad se despereza. Se ata un pañuelo a la cabeza y extrae uno a uno los volúmenes que abarrotan la estantería de haya. Recorre los lomos brillantes con un paño húmedo y los coloca sobre la cama que se va cubriendo de nombres. Faulkner, Neruda, McCullers, Camus, Baudelaire, Kawabata.

Encuentra una novela de Vargas Llosa en la trasera. En la portada, un demonio medieval pisando una cabra, alegoría del dictador Trujillo.  La fiesta del Chivo. Unas palabras y una firma rasgan la primera página. Un golpe de calor le arranca el aliento. El calor de aquel domingo. La columna interminable de cuerpos serpenteando casetas inundadas de libros. Cacofonía de voces y anuncios por megafonía. La mañana consumida en el anhelo de alcanzar una sonrisa imaginada.

Recuerda la sorpresa del autor peruano al escuchar el nombre para la dedicatoria. Su amabilidad al comentarle lo afortunado de la coincidencia. La vergüenza al intentar explicarle que era para un regalo de aniversario. El alivio cuando abandonó por fin aquella fila con el trofeo que envolvió en papel brillante para Mario.

A Mario, con la amistad el autor. MVLL

Y la tarde en la cocina cortando cebollas y friendo las albóndigas de ternera que tanto le gustaban. El hojaldre en el horno cubierto de manzanas nuevas. La ansiedad en el aeropuerto envuelta en el vestido rojo y fresa. El avión que no llega. La llamada excusándose. La ilusión de creerle trabajando en su aniversario. Las rosas marchitándose en el calor de la espera. Como los recuerdos de Mario, un nombre sin rostro.

Feria del Libro de Madrid. Paseo de Coches del Retiro. Hasta el 13 de junio de 2010.

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            Nota: Noticias de cultura. 28 de maro de 2006

Mario Vargas Llosa, el rey de la feria del Libro de Madrid

Madrid, (EFE).- Mario Vargas Llosa ha sido el rey de la Feria del Libro de Madrid en su primer fin de semana, durante el que no ha parado de firmar ejemplares de su última novela, Travesuras de la niña mala, con colas interminables que superaban a otros pesos pesados, como el Nobel portugués José Saramago.

El escritor hispano-peruano, que acaba de presentar en España su última novela (Alfaguara) y los dos primeros volúmenes de sus Obras Completas (Círculo de Lectores) no dejó de mostrar su sonrisa a todos los que se le iban acercando para que les dedicase su ejemplar.

«Para Elizabeth Mendez con afecto», escribió Vargas Llosa a una mujer venezolana que esperó pacientemente su cola bajo el sol para que le dedicase Travesuras de la niña mala, al tiempo que le pedía que escribiese más en los medios de comunicación denunciando lo que estaba haciendo Hugo Chavez en su país.

Posteado por: Concha Huerta | 31/05/2010

Amarillos y rosas

Las 12:15. Saludo a Lola y a Carmen, mis compañeras en la última conferencia del Thyssen. Tomás Llorens, anterior director de la pinacoteca, nos presenta Los segadores de Picasso, la joya de 1907 procedente del MoMa. Dos campesinos y dos bueyes en tonos amarillos y rosas. La voz experta de Llorens nos traslada al estudio parisino donde trabaja el joven Picasso tras el verano en Gósol, en el Pirineo de Lleida. Un paréntesis a su vida cosmopolita que le reconcilió con el campo y sus gentes.  

Agotada la Serie Rosa Picasso explora las líneas que Matisse plantea en Le Bonheur de vivre, expuesto en el Salón de los Independientes de 1906 y Desnudo azul en el de 1907: la pintura bidimensional de paisajes bucólicos y la escultórica de desnudos en espacios cerrados. En 1907 Picasso trabaja en dos grandes lienzos, Los segadores y Les Demoiselles d’Avignon, integrando figuras y fondos y alejandose del cromatismo impresionista. Los paisajes de L’Estaque de Braque le decantarán por Les Demoiselles y termina Los segadores en formato mediano. Un cuadro con muchos amarillos cercano a Matisse por lo que se calificó de fauve por la crítica.

Escucho fascinada las anécdotas de Llorens. El orgullo frustrado de un artista nóvel que volvió a Barcelona exhibiendo contactos y a su amante Fernande para descubrir que la vanguardia catalana les seguía los pasos. Imagino a Picasso perdido en un temperamento demasiado sanguíneo, intentando traspasar límites con la ansiedad que le convertirá en un artista único. Terminando con pinceladas rápidas Los segadores que se confunden con Les Demoiselles d’Avignon, la obra que abriría camino al cubismo.

No puedo viajar al París de principios de siglo ni participar en las tertulias de pintores y escritores de las vanguardias, pero si he podido contagiarme de un pedazo de alma del genio de Málaga con las palabras amenas y sabias de Tomás Llorens. Palabras sobre amarillos y rosas que atesoro con agradecimiento.

Los segadores. Picasso. 1907. 65 x 81,5. Colección Carmen Thyssen. Museo Thyssen-Borsnemisza.

Posteado por: Concha Huerta | 28/05/2010

Entre mareas

Recogemos nuestras cosas en dos bolsas y cargamos el coche. En recepción revisamos la cuenta y nos despedimos de esta tierra del Levante. Una pena no haber podido disfrutar de la experiencia gastronómica Manjars de cine que se celebra en Alfaz del Pi esta semana. La invitación de los amigos de Casa Enrique que colorearon nuestras cenas con gambas rojas, sepias en su tinta y lomos blanquísimos de negra recién capturados, regados con caldos frambuesas de Enrique Mendoza.Todo un lujo para los sentidos.

Decidimos volver por la Autovía del Mediterráneo hasta Valencia y desde ahí a Madrid para evitar las obras de Alicante. Alcanzamos Cullera en el corazón de la Albufera y los arrozales que intento fotografiar en vano. Las aguas encharcadas relucen con brillos plateados. Desde la ventanilla los objetos cercanos se difuminan en una mancha parda y el horizonte se oculta con cada montaña horadada por el asfalto. Hacía tiempo que no viajaba por carretera.

El paisaje cambia. Los montes desaparecen y dan paso a las llanuras castellanas teñidas de verde con las aguas de primavera. En otra hora entramos en la A3 y continuamos siempre hacia el este. El paisaje se inunda de aspas gigantes que transforman el viento en energía. Arrecia el calor tras los cristales. Fuerzo una conversación con mi compañero que bosteza peligrosamente. De vez en cuanto discute precios y tiempos con voces surgidas desde el volante. Maravillas de la tecnología. Qué lejos parecen las playas y las rocas de la Costa Blanca.

Paramos en un mesón castellano. Repostamos carburantes y un pepito de ternera que compartimos. En la tienda compramos miel de romero y unos bizcochos de soletilla para mi padre. Al volver al coche me acerco a los trigales que bordean el camino. Un océano de espigas ondulándose con la brisa del mediodía. Extiendo la mano y mis palmas acarician decenas de nuevas vidas. Mi compañero me reprende. No debería tocar cosechas plagadas de insectos que podrían picarme. Volvemos al coche en silencio. Él pensando en las reuniones de la tarde y yo en las mareas de brotes y aguas que se desvanecen en el horizonte.

Foto: C. Huerta

Restaurante Enrique. Av. Oscar Esplá, 15. El Albir. Alfaz del Pi. Alicante. Bodegas Enrique Mendoza. Alfaz del Pi. Alicante. Terceras Jornadas Gastronómicas, Manjars de Cine. Alfaz del Pi. Del 24 de mayo al 3 de junio.

Posteado por: Concha Huerta | 26/05/2010

Despidiendo a PERDIDOS

Crujidos en la selva. Un hombre camina con  pasos vacilantes con una mano en el costado teñido de rojo. El dolor le contrae el rostro. Unos pasos más y se deja caer en la hierba sobre la tierra fértil que cambió para siempre su existencia.  Cierra los ojos un segundo. Un lebrel blanco ladra y se le acerca. Vincent le lame el rostro agotado y se tumba a su lado. Sus ojos recuerdan satisfechos y se cierran bajo la intensa luz del trópico. Ojos, luces, sueños. El final de una historia, el principio del recuerdo.

Último episodio de PERDIDOS. La serie que nos acompañó seis primaveras, con sus tramas exóticas, sus traiciones y lealtades, sus escenas dramáticas y sobre todo de gentes desencantadas redimidas por la fuerza de un sentimiento único. El Amor. Amor hacia un grupo de amigos con los que compartir alegrías y penas, hacia una pareja perfecta encontrada en los confines de la selva. El misterio de la Vida condensado en una isla perdida en el Índico o mejor en el Pacífico. Hawaii, donde se rodó esta serie mítica.

Paseo con los supervivientes del Oceanic 815 por las playas que soñaron unos visionarios de la imagen. Entre ellos, Damon Lindelof y Carlton Cuse. Unas playas cubiertas de arena blanca y brillante bañadas por aguas perfectas. Los decorados, las cámaras, los directores y sobre todo, el increíble grupo de actores, abandonaron ya sus límites. No así nuestros recuerdos de estas tierras primordiales. Qué mejor lugar para levantar el Sueño de un mundo paralelo. El mundo de PERDIDOS que ahora despido entre lágrimas de añoranza y agradecimiento.

PERDIDOS. Episodios 17 y 18. Final de la Serie.

Posteado por: Concha Huerta | 26/05/2010

Aloha LOST

(Post translated by M. da Silva from Spanish Despidiendo a PERDIDOS)

Rustles in the jungle. A man walks wearily with a hand holding his crimson tainted side. His face twists in pain. A few more steps and he lets himself fall on the grass over the fertile land that changed his life forever. He closes his eyes for an instant. A golden retriever barks and approaches. Vincent licks his battered face and lies by him. His eyes remember in satisfaction and close under the intense tropical light. Eyes, lights, dreams. The End of a story, the beginning of a memory.

The last episode of LOST. The show that accompanied us during six springs, with its exotic plots, its betrayals and allegiances, its dramatic scenes and, most of all, with the story of a group of disenchanted characters redeemed through the strength of a single emotion, love. Love for a group of friends with whom to share happiness and sorrow, love for the perfect partner found in the deepest confines of the jungle. The mystery of life condensed in the form of an island lost somewhere in the Indian Ocean, or better yet, in the Pacific, in Hawaii, where this mythical show was filmed.

I stroll on beaches dreamed up by image visionaries Damon Lindelof and Carlton Cuse alongside the Oceanic 815 survivors. Beaches of sparkling white sands bathed in perfect water. Sets, cameras, directors and above all an incredible group of actors, have all left its confines. Not so our memories of these primordial lands. What better place to build the dream of a sideways world. The world of LOST. I now say goodbye to it in tears of longing and gratitude. Aloha.

LOST,  The End.

Posteado por: Concha Huerta | 23/05/2010

Saludo al sol

Una taza de té, unos copos de avena bañados en leche de arroz y unas cerezas cubren una bandeja blanca en medio de una terraza abierta a la brisa que fluye desde la sierra de Aitana. El sol se alza sobre las colinas calentando mis cabellos húmedos. Entre las mesas paños de tela blanca se mecen entre palmeras y buganvillas que se desperezan con la mañana.

Cierro los ojos y me deleito con los sonidos de la Naturaleza. Los cantos de aves acompañan las melodías zen que se expanden desde la cocina con aromas orientales. Al fondo una cortina de agua chispea desde una cascada de plata. Ni rastro de los motores y crujidos que acompañan mis desayunos en el corazón de una ciudad que me atrapa entre paredes y asfalto.

A la derecha las aguas mansas de la bahía de Altea acariciando millares de cantos rodados que la mar regaló a la playa de El Albir. Un hombre alimenta una caña y espera paciente a que las aguas le presten algún tesoro. Un par de ojos turquesas otean las ondas como cada mañana desde que abandonaron los inviernos de las tierras altas.

Desayuno en el SHA. Un oasis de paz en la ladera de una montaña bañada por el Mediterráneo. Una inmersión en la sabiduría milenaria que cura el cuerpo de sus lacras. Dieta macrobiótica, estiramientos, paseos. Un lugar para la meditación y el ejercicio, para el equilibrio y la energía.  El Ying y el Yang. Las leyes del universo. Un abrazo a la Naturaleza que nos devuelve el verdadero sentido de la vida. Saludar al sol cada mañana con una sonrisa.

SHA Wellness Clinic. El Albir. Alicante.

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