Llegamos a Lisboa cargadas de maletas y de ilusiones. Una multitud ávida de rostros conocidos espera a la salida. Empujamos los carritos hacia las puertas transparentes que nos separan de nuestro descanso. Atrás quedaron obligaciones y atascos, mediodías de bochorno y noches en blanco. Observo los arrabales de la capital lusitana, las verdes colinas, los campos salpicados de casas blancas en nuestro camino a la costa.
Voces de estas tierras graves y apresuradas dan cuenta de resultados desde los estadios sudafricanos. La Copa del Mundo, la noticia reina desde junio. Sonrío satisfecha al recordar los clasificados para la final del domingo, España y Holanda. Dos selecciones que nunca alcanzaron el podio. No acostumbro a seguir los partidos pero confieso que este mundial me ha contagiado el orgullo de ondear la bandera roja y gualda. Como me enorgullece ver a la Reina animando a nuestro equipo. Y a la ansiada Copa del Mundo en las manos de Casillas. España, qué gran equipo. Y el gol de Iniesta grabado en las estrellas.
Alegría de la Roja. Foto: As. com
Alegrías del deporte. Un respiro a las cifras grises que amenazan desde los periódicos. Ofrecido por un puñado de los mejores guerreros de nuestras tierras. Como Pau Gasol que ganó el segundo anillo con Los Ángeles Lakers en la todopoderosa NBA norteamericana. Los pilotos españoles en la Fórmula 1, Vallés, Alguersuari y Martínez de la Rosa junto al campeón Fernando Alonso al frente de la mítica escudería italiana. Alberto Contador midiendo su supremacía sobre las ruedas en el Tour de Francia.
Y Rafa Nadal, nuestro Rafa. Nuevo campeón sobre la hierba de Wimbledon, tras imponerse a Soderling en las arenas de Francia. Ocho títulos de Gran Slam, dieciocho Masters, oro olímpico y número uno del tenis mundial. Un espíritu rebelde que no se conforma con ganar torneos, empeñado en superar sus propios retos, mejorar un juego imbatible. La esperanza del tenis con veinticuatro años.
Alegrías y esperanzas que agradezco a estos gladiadores modernos en el comienzo de mi descanso veraniego.
Rafa Nadal en Wimbledom 2010. Foto: AFP












