Hoy me costó levantarme. Al incorporarme me mareo. Es normal, me dicen, por las cervicales. Dos pasos hasta la mesa. Me duele el empeine. Estará cambiando el tiempo. Espero la tostada y el té con leche. El líquido caramelo se estremece en la taza. No me acostumbro a cogerla con la mano izquierda. Ojeando el periódico me tropiezo con una foto de aquel hombre alto y elegante descansando en un rodaje. Me pongo las gafas y leo que hoy se cumplen cincuenta años desde que perdimos a Frank James Cooper, mi Gary.
Cierro los ojos y vuelvo al salón de nuestra casa gaditana. A los jueves arreglándome la trenza con dedos agiles mientras esperaba a mi padre. A ocupar nuestras butacas en el Gades tras la función de la noche. Fofi ocupandose de los rollos, mi padre como siempre dormido tras los títulos de crédito. Yo fascinada con la determinación del sargento York en la Gran Guerra, de Joe el vagabundo aristócrata, del arquitecto incorruptible que me enamoró para siempre. Abro los ojos y observo mis manos agrietadas y me pregunto cómo habrán pasado ya sesenta años. Y ahora el telefono
– Mamá, ¿dormiste bien?, ¿cómo te encuentras esta mañana?

























