Mañana de sol, mañana de golf. Recorro la avenida universitaria con asombro. Como han cambiado estos caminos desde mis días de aulas. Cruzo la calle y me adentro en una finca de árboles centenarios que bordean el Pardo. En la salida me espera Jesús con rostro risueño. Nadie diría que se levantó a las siete para coger turno. Mientras caliento los hombros alzando los brazos, Tito, mi anfitrión, golpea desde el uno y salimos.
Vados, colinas, riachuelos. Avanzamos por una espesura verde intensa. Se nota que la primavera fue de lluvia. Entre golpe y golpe, Jesús me cuenta azares de una vida dedicada al deporte. Una maravilla verle jugar con ochenta y tres años. Seguimos en silencio los vuelos de cada bola. Los de Tito y Jesús directos. Los míos saltando entre matojos y piñeros. Menos mal que Juan las encuentra. Su ojos de lince crecieron junto a estas lomas.
Tito juega de forma mecánica. Vidal le escoge el palo certero. Se coloca y realiza el mismo swing desde hace treinta años. Luego camina animado por la hierba. Me comenta que aunque este cansado tras una semana de trabajo no falta a ninguna de sus citas con los palos. Es el único modo de aliviar un cuerpo encerrado en un despacho. Antes les acompañaba Sonso, ahora comparte con Jesús anécdotas de publicaciones y viajes.
Yo me concentro en la morfología de cada hoyo. Para mí todo es nuevo. Lo que más me llama la atención son las vistas. Las calles de hierba se recortan contra el cielo coronado por la sierra madrileña. La brisa tan limpia, el silencio. Un milagro encontrar este paraíso en una ciudad en crecimiento. Algo que agradecer al club Puerta de Hierro como yo agradezco a Tito la oportunidad de conocerlo.
Real Club de la Puerta de Hierro. Hoyo 11.

Real Club de la Puerta de Hierro. Hoyo 2
Real Club de la Puerta de Hierro. Hoyo 6
Real Club de la Puerta de Hierro. Hoyo 18. Fotos: C. Huerta
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