1892. Paul Gauguin termina un lienzo en su cabaña de Papeete. Atrás quedaron hijos y esposa en las frías tierras de Dinamarca, los años dedicados a la bolsa, la decadencia parisina. Aquellos trazos que le llenaban las tardes han conquistado su mente de artista. A sus cuarenta y cuatro años vive por y para la pintura.
Amanece junto al calor de Tohotaua, su nueva wahine, se enjuaga el rostro en el arrollo cercano y admira la exuberancia de la naturaleza polinesia, un paraíso que su espíritu indomable anhelará hasta el final de sus días. El paraíso de sus propios orígenes. La vida primitiva.
Rebelde, amante de causas perdidas, Paul se siente hechizado desde su primer viaje a la Martinica por palmeras y frutas exóticas, ritos ancestrales, muchachas de tez morena y cabellera azabache, recuerdos quizá de su infancia en Lima. Verdaderas diosas de la fertilidad y la vida.
Obsesionado con los orígenes del arte, busca tonalidades nuevas sintetizando relieves y perspectivas. Una huida del impresionismo que había revolucionado el viejo continente. Danzas circulares, muchachas tocando la flauta, animales sagrados, frutas del paraíso. Trazos sensuales que tanto influirán en artistas como Matisse, Klee o Kandisnky que tenemos la suerte de poder disfrutar en el Thyssen.
Paul. Gauguin. Dos mujeres tahitianas. 1899.
Paul Gauguin. Mujeres en la ribera del río. 1892
Paul Gauguin. Parahi Te Marai. (Ahí esta el templo) 1892.
Paul Gauguin. Mata Mua. (Erase una vez) 1892
Gauguin y el viaje a lo exótico. Museo Thyssen-Bornemisza. Madrid. Hasta el 13 de enero de 2013.
































