Posteado por: Concha Huerta | 27/09/2011

Reencuentros

Una llamada. A las seis empujo con fuerza un portal de hierro forjado. Un tramo de escaleras me conduce hasta el hogar de mi infancia. Tras la puerta un abrazo. Mi torso  envuelve la silueta menuda que antaño acunó mis pasos. Saludos. Lágrimas de alegría. Qué bueno es reencontrar la familia tras unas semanas de ausencia.

Pasamos a la salita. Un toque de maquillaje y una nube de laca. Escojo un pañuelo a juego con su chaqueta. Siempre tan coqueta. Revisamos el bolso y el audífono y salimos a la calle. Admiramos rosales y castaños, las aceras nuevas, los escaparates de otoño. Cuánto disfruta paseando por el barrio. De cuando en cuando una palabra se le extravía entre los labios. Se la rescato con una sonrisa.

Transcurre la tarde en las calles de mi infancia hasta que los pasos se le quiebran. Nos sentamos en una terraza. Una joven con delantal rojo aparece con una bandeja de pasteles. Escoge dos tartaletas de limón, sus favoritas. Se acerca una a los labios y la saborea con ojos de niña. En la mesa de al lado, un hombre con la chaqueta castaña observa a una anciana que da cuenta de otro pastelillo. Cruzamos una mirada cómplice. La noche difumina voces y rostros mientras las familias se reencuentran en La Castellana.

Atardecer en La Castellana

Posteado por: Concha Huerta | 23/09/2011

Otoño

Mañana de carreras, reuniones, llamadas en espera, cuentas que no cuadran, la caldera que gotea. Cada palabra que tacho de mi lista de quehaceres es sustituida por cuatro.  Navego entre facturas y mensajes hasta que las sienes dan un toque de alarma. Salgo a la calle con pasos de zombi. Una camioneta engulle la calzada. Acelero y en vez ir a Correos me desvió y aparezco en el Retiro.

Nada más entrar un golpe de brisa húmeda. Imposible en una ciudad abandonada por la lluvia. Una fuente con un chorro de agua cristalina. Sosiego. Mi cerebro se inunda de pasillos verdes y copas doradas. La tierra blanca. Me agacho y descubro un puñado de castañas entre la hojarasca. Acaricio su superficie sorprendentemente fresca y admiro las vetas que adornan su coraza.

Más allá dos ardillas saltan entre las hojas marchitas. Se congelan frente a una joven con una cámara y se pierden en una tuya. Frente a un parterre de flores amarillas una joven se concentra en una novela. Qué buen lugar para disfrutar de la lectura. La música del móvil me sobresalta, me esperan para el almuerzo. Camino con los bolsillos cargados de tiernas promesas para decorar mi hogar con el otoño que hoy comienza.

Otoño en el Retiro

Senderos de tierra

Siesta en la pradera.

Castañas. Fotos: C. Huerta

Posteado por: Concha Huerta | 20/09/2011

Con la Selección en Cibeles

Recorro las calles del centro entre los edificios imponentes que abandoné en julio. Da la impresión de que circulan menos coches, las tiendas están más vacías y que las gentes se entretienen menos en las calles. La crisis aprieta todos los cinturones. Sin embargo Cibeles bulle a las seis y media. Una marea de almas alzando las palmas. Sobre un palco improvisado la Selección exhibe la segunda Copa de Europa.

La que conquisto el año pasado frente a Servia y defendió el domingo ante Francia. Otro partido memorable tras diez años de partidos memorables. Doce grandes se turnan bajo el aro en sincronía perfecta. Pau y Navarro, pareja imbatible, Calderón, el cerebro, Reyes, Rudy, Marc, la sangre nueva. La selección española. La ilusión de los campeones.

Recuerdo los quince años. El ansia de acariciar el balón naranja. Los regates y las fitas, la complicidad entre compañeras. Las instrucciones de Joaquina, los nervios ante los partidos del sábado. Sudor, rasguños, canastas. El afán de superar cada derrota, la emoción de las victorias.

Cibeles saluda a nuestros campeones con bocinas y confetis. Tres mil voces corean a jugadores y técnicos. Y entre ellas la mía rejuvenecida por la alegría y el orgullo.

La selección de baloncesto celebra la segunda Copa de Europa en Cibeles.

Posteado por: Concha Huerta | 17/09/2011

Despidiendo a Jesús del Pozo

IFEMA. 12 de la mañana. Un espejo partido preside la sala teñida de grises. Cuatro jovenes caminan envueltas en gasas de tonos tierras. Pañuelos austeros cubren sus tersas melenas, las túnicas flotan sobre las caderas estrechas. Estampados delicados, murmullos. Últimos trazos de un madrileño comprometido con la moda y la belleza para la próxima primavera. Una primavera de nostalgia.

Siempre he admirado la sobriedad con que Jesús del Pozo presentaba sus propuestas, ajeno a las estridencias de la moda, fiel a sus colores tornasolados y a la naturaleza. Guardo celosa una falda larga y asimétrica de un azul pavo real que utilizo en ocasiones especiales. La magia de sus sedas me transforma en un ave delicada y esbelta y me transportan a una pasarela de ensueño inundada de luces y destellos. Una maravilla.

Una joven descubre  una pierna de gacela en la brecha de una túnica negra. El cuello oculto por el nudo de la pañoleta me recuerda a los coros que llenaban de lamentos las tragedias griegas. Presagio de una gran pérdida. Entre el público compañeros y amigos, emoción y lágrimas.  Cibeles rinde homenaje a Jesús del Pozo, el diseñador de la elegancia originaria.

Jesús del Pozo. Primavera-verano 2012

Jesus del Pozo. Primavera-Verano 2012

Posteado por: Concha Huerta | 14/09/2011

Cuatro hermanas

Sol y brisa. La tarde huele a hierba recién cortada. El jardín desborda tonalidades verdes de cipreses y aligustres y pinceladas fucsias de rosales y geranios. Como el jardín de mi infancia que mi padre levantó entre rocas y maleza. Recuerdo su voz grave impartiendo tareas a un ejercito de cuato braceros, las tardes desbrozando hierbas, regando alcorques, limpiando la huerta.

Cuando eran pequeñas, Mathew Soanes era Dios y el clima para sus hijas. Era omnipotente y estaba en todas partes: en casa, en la escuela, en la iglesia. No había lugar donde fueran en el que el espíritu dominante no fuese el de su padre. Y, como la lluvia o el sol, el humor de su padre condicionaba todo lo que hacían.

Mi pequeño jardín destila tranquilidad y belleza. Como la prosa de Jetta Carleton. Tres jóvenes otean un horizonte verde con las melenas al viento y la vida por delante. Cuatro hermanas. Cada verano una visita a la granja familiar en Misuri. Por unas semanas olvidan sus rutinas y vuelven a sus raíces. Termino el verano inmersa en un viaje a otra tierra. Descubro la belleza de sus parajes y comparto secretos e inquietudes de adolescencia. Jetta Carleton solo escribió esta novela pero en sus páginas encuentro la esencia de mis propios sentimientos. Alegrías, decepciones, amores y desengaños que el tiempo acerca y aleja en esa gran escuela de vida que es la familia.

En verano la vida se expandía como los rayos del sol. Podíamos bañarnos arriba, lavar la ropa a la sombra del melogotonero y planchar bajo la brisa del porche trasero. La casa parecía más alta, más amplia, más bonita. Las estufas se guardaban en el depósito de carbón y las mesas se cubrían de flores. (Jetta Carleton. Cuatro Hermanas)

Cuatro Hermanas. Jetta Carleton. Traducción, María Teresa Gispert. Libros del Asteroide. Barcelona 2010. 412 págs.

Posteado por: Concha Huerta | 11/09/2011

11 de septiembre

Otra mañana blanca. Bocinas a lo lejos. La niebla inunda la terraza con su manto opaco. El corazón bate en mis sienes cuando me alzo de la cama. Es como si negara a que abandone  la seguridad del sueño. Me preparo un té cargado de azúcar, lo mejor para la tensión baja. Entre sorbos oteo la blancura que espesa la mañana. Y me parece estar en un cementerio.

Niebla. Cementerios. No sé por qué asimilo la niebla a la muerte. Quizá porque congela la vida bajo su manto impasible. Como en los cuentos de Poe. Nunca sabes que vas a encontrar tras las rejas de un camposanto. Abro el periódico y suspiro. Hoy hace diez años que tres mil almas se desvanecieron en una pesadilla de cenizas y cristales retorcidos. Hoy hace diez años que nuestro bienestar se desmoronó junto a las dos torres gemelas.

Recuerdo la tarde frente a la pantalla del televisor aferrando los brazos de una niña saturada de penas. La incredulidad, el desconcierto, la rabia, el miedo serpenteando entre cada suspiro. Las lágrimas de impotencia. El sentimiento que ha moldeado nuestro día a día desde que aquel once de septiembre el demonio se vistiera de fanatismo.

Hay mañanas que el cuerpo me pide que no me levante harto ya de tantos sobresaltos y miserias. De las decisiones erróneas, la locura y la intransigencia. Locuras siempre ha habido, pero ahora que vivimos en una nube sin fronteras cada locura nos arrebata un pedazo de alma. Como esta niebla espesa y blanca que ahoga hoy nuestra tierra. Cuanto me alegra que al menos tú no hayas tenido que vivir con ellas.

New York. 11 de septiembre de 2001. Foto: Det. Greg Semendinger

Posteado por: Concha Huerta | 08/09/2011

Atardecer en Sintra

Piedras de Sintra. Travesaños que esconden portales añejos. Adoquines que se precipitan en callejuelas y tabernas. Tras los balcones, manos ajadas visten paños con iniciales doradas entre suspiros que reclaman blasones y trompetas. El aire envuelto en poesía contagia paraísos románticos. La sombra de Lord Byron se refresca en una fuente azulada.

En el corazón de la villa palpita un palacio de altas chimeneas blancas. Torres gemelas que se alzan cobijando aromas de reyes. Lechones y cabritos, traveseiras y quesadas. Leyendas congeladas entre azulejos mudéjares. Al otro lado de la plaza, el valle salpicado de palacios y nobles barandas inunda la tarde de tejas encarnadas y campanarios amarillos.

Más allá el bosque derrama clorofilas sobre granitos milenarios y se viste en lo alto de murallas ansiadas por moros y cristianos. La sierra se abre al océano en un abrazo de nubes y ramas entre tesoros escondidos entre bayas. Quintas labradas, estanques, bancos de piedra. Y tras la vereda, un túmulo de musgo coronando el silencio de dioses y hombres.

Centro de la villa

Palacio de Sintra.

Castelo dos Mouros. Fotos: C.Huerta

Sintra. Portugal. Declarada patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1995.

Posteado por: Concha Huerta | 05/09/2011

Oitavos, 10 años

Mañana de nubes, tarde de fiesta. Una copa de vino frente al Atlántico. Cambiamos los palos y las viseras por vestidos y chaquetas. Rostros curtidos sobre la hierba sonríen satisfechos. El club de Oitavos cumple 10 años. Presento a mis compañeros a Diego, de visita esta semana, en un popurrí de italiano, alemán, francés, portugués y británico. Una torre de babel sobre las dunas de Guincho.

En la entrada Affonso nos hace firmar sobre el green del 14. En la pared imágenes para el recuerdo. Torneos, prácticas y premios. Reconozco a Udo, Marie France, Rox, Duncan y a los profesionales que nos ayudan con sus consejos. Mafalda y Miguel, nuestros anfitriones, comparten vinos con los socios añejos. Y pensar que hace diez años aquí solo había arena y matojos. Una visión que vale más que mil palabras.

El horizonte se tiñe de naranja con las últimas luces. Un cúmulo perfecto descarga aguas sobre el Atlántico. Qué paisaje tan bello. Refresca. Ocupamos unas mesas en un salón abierto al Hoyo 18. Compartimos aperitivos y anécdotas con las burners mis compañeras de juego. Dos años disfrutando de esta nueva familia. Un sueño cumplido. A las doce me despido con tristeza. Mañana jugamos con Betty y Jean-Philippe a las nueve y media.

Oitavos Dunes. Hoyo 7

Oitavos Dunes. Hoyo 18

Oitavos Dunes Natural Links Golf. Quinta da marinha. Cascais. Portugal.

Posteado por: Concha Huerta | 01/09/2011

Arenas de Guincho

Aguas de Guincho. Corrientes tornasoladas, arcoíris traslucido. El viento serpentea entre las dunas con silbidos zigzagueantes. La mañana bendice a la última costa europea mientras el sol se despereza. Revuelo de gaviotas, danzas suspendidas en torbellinos. La arena se enciende en cada hueco de nubes que envuelven la sierra de Sintra. El océano profundo y turquesa se abre en ramilletes blancos, paraíso de los amantes que se acercan cada mañana con sus tablas. Las mismas tablas que surcan las corrientes del paraíso.

A sotavento fortines y estacas anhelan huéspedes. Dos jóvenes recorren la orilla recuperando medusas y conchas marinas. Sus pasos se deshacen en caricias de aguas claras. El viento omnipresente entrelaza toldos y velas encendiendo mis recuerdos. Atardeceres de agosto. Pieles bendecidas por sales marinas. Saltos y carreras de quienes se aventuraron en el Atlántico. Sueños, lecturas, secretos. Las voces con las que compartí las arenas blanquísimas de Guincho. Un regalo de la naturaleza que cada verano restaura mi alma.

Playa de Guincho. Gaviotas

Playa de Guincho. Arenal

Playa de Guincho. Dunas

Playa de Guincho. Cortavientos. Fotos: C. Huerta

Playa de Guincho. Cascais. Portugal.

Posteado por: Concha Huerta | 29/08/2011

Festas do mar

Obertura. Ojos vencidos al cansancio. Cuerpo cubierto por un lienzo blanco. Ensueño, encuentros, desencuentros. El cuarto vacio. Una columna de sandalias y alpargatas abandonadas al estío.

Bourrée. Sobresalto de timbales y cornetas. Estallidos de guerra. Me acerco a la ventana. Sobre las copas negras de los cipreses se encienden estrellas rojas y blancas. Silbidos de dragones y lágrimas brillantes. Cascais clausura las Festas do Mar como cada agosto. Conciertos y bengalas. En mi mente resuenan los compases de la Música para los Reales Fuegos de Händel.

Fiestas del Mar. Cascáis. Foto: M. da Silva

Largo alla sicilianna. La última mañana juntas. El paseo entre las fachadas georgianas. Una estancia austera, apenas una cama y una chimenea. Una corriente fría atraviesa las ventanas. La misma corriente que robó el aliento al compositor de Halle hace 252 años. Un anciano comenta que los muebles son reproducciones. No hace falta. Aquellas maderas no tienen alma.

Allegro. Salimos apresuradas huyendo de sombras fatuas. Dos salas, dos clavicordios. Uno voluptuoso de doble teclado negro e incrustaciones de nácar. Recitales y cantos. Otro pequeño y estrecho donde Händel pasa las horas creando. La soledad del profeta. La música brota de sus dedos en cascadas celestes. Cantatas y arias. El Mesías. El lenguaje de Dios en tinta china.

Minuetto. Green Park. 1.749. Veinte oboes, doce fagots, nueve trompetas, seis trompas y tres pares de timbales. Una explosión que deslumbra a doce mil almas. Silencio. La noche vacía envuelta en pólvora. Los acordes de Händel resuenan en mi mente agotada. Los fuegos me acompañan toda la semana. Una sonrisa. El domingo vuelve M. a casa.

Festas do Mar. Baía de Cascáis. Artesanía, gastronomía, conciertos, fuegos artificiales. Del 19 al 28 de Agosto de 2011.

Casa-museo de Händel, 25 Brook St., Londres.

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