Una llamada. A las seis empujo con fuerza un portal de hierro forjado. Un tramo de escaleras me conduce hasta el hogar de mi infancia. Tras la puerta un abrazo. Mi torso envuelve la silueta menuda que antaño acunó mis pasos. Saludos. Lágrimas de alegría. Qué bueno es reencontrar la familia tras unas semanas de ausencia.
Pasamos a la salita. Un toque de maquillaje y una nube de laca. Escojo un pañuelo a juego con su chaqueta. Siempre tan coqueta. Revisamos el bolso y el audífono y salimos a la calle. Admiramos rosales y castaños, las aceras nuevas, los escaparates de otoño. Cuánto disfruta paseando por el barrio. De cuando en cuando una palabra se le extravía entre los labios. Se la rescato con una sonrisa.
Transcurre la tarde en las calles de mi infancia hasta que los pasos se le quiebran. Nos sentamos en una terraza. Una joven con delantal rojo aparece con una bandeja de pasteles. Escoge dos tartaletas de limón, sus favoritas. Se acerca una a los labios y la saborea con ojos de niña. En la mesa de al lado, un hombre con la chaqueta castaña observa a una anciana que da cuenta de otro pastelillo. Cruzamos una mirada cómplice. La noche difumina voces y rostros mientras las familias se reencuentran en La Castellana.




















